
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
El 20 de noviembre de 1993 llamaron al teléfono de la casa de la familia Nieto Meneses. Bibiana*, una de las hijas mayores, contestó. Del otro lado del teléfono alguien, ya no recuerda quién, le dijo que a Toño, su hermano, lo habían encontrado muerto en el anfiteatro de la Universidad de Antioquia con tres balazos.
El día del velorio de Antonio, ella se quedó de pie en frente del ataúd y solo reaccionó con un golpe al cajón, al que le siguieron unos gritos de reproche hacia su padre, que para ella había sido el culpable de la muerte de su hermano. Nadie en la sala era responsable de ese asesinato, pero ella necesitaba ponerle cara, ver al culpable, reclamarle, castigarlo: vengarse. Después del velorio, Bibiana no ha parado de buscar cómo conectarse con Toño, o cómo desconectarse. Además de la religión, le ha abierto la mente a acciones simbólicas que le han ayudado a reemplazar su presencia con la Tierra, los libros, la música. Actos pequeños que le han dado soporte para soltar y seguir. “Es que yo sentí que me quemaron viva ese día”, dice, y se muerde las mejillas, y se aprieta la blusa y se soba la sien. Ya no llora.
No le dieron justicia, no le mostraron la cara del criminal y no le respondieron las preguntas. Ella, en su afán por aferrarse a la vida, ha buscado desesperadamente cómo aceptar las cicatrices que le dejó la tragedia más amarga, la más dolorosa.
***
El tío de Santiago Escobar-Jaramillo murió. Su ausencia no se le debe a un cáncer inclemente, ni a un desastre natural, ni a un accidente automovilístico. No fue una falla humana la que lo mató. No fue por azar, no fue accidental. Su ausencia se le debe a la guerra. Cuando Escobar-Jaramillo era un niño, comenzó a tener pesadillas a causa de esta pérdida. Se levantaba alterado temiendo que lo atacaran. Después de muchas noches de pánico y en uno de esos sueños, se protegió de las amenazas imaginando que tenía un cubo de hielo que le servía de escudo contra las balas y los miedos. Ese día su creatividad lo sacó del peligro, apartó la amenaza y le iluminó la mente: acciones simbólicas para más colombianos que también perdieron familiares o raíces.
Colombia, tierra de luz es un libro que contiene el registro de doce acciones simbólicas en distintas zonas del país a las que Escobar-Jaramillo, fotógrafo y arquitecto, llegó con una propuesta: convertir el fuego con el que quisieron extinguirlos en llamas de impulso. El terrorismo, tan hábil y despiadado, ha buscado acortar camino hacia el poder a costa de los más frágiles. En este proyecto son ellos: las víctimas, quienes decidieron trabajar para sanarse. En cada lugar, dependiendo de los hechos que ocurrieron en la zona, se realizaron actos de conmemoración y reparación que transformaron su forma de pararse sobre ese suelo que fue testigo de los vejámenes a los que fueron sometidos. Con la luz, elemento que fue usado como herramienta material y narrativa, el objetivo siempre fue el de iluminar la oscuridad causada por el horror.
Una de las acciones fue en el Morro de Sancancio, Manizales. Sobre la loma construyeron junto con estudiantes de arquitectura, fotógrafos y artistas, un barrio de invasión simulado. Eran viviendas piramidales monolíticas, asentadas perpendicularmente a la pendiente de una cara del Morro (un cerro tutelar despoblado). Las casas fueron iluminadas en la noches y Paula, una mujer desplazada del Quindío que se sostenía trabajando como estatua, participó en la acción imitando la pose de alguien que estuviese batiendo una bandera que ella misma confeccionó. En las fotos quedó registrada la acción que, desde los contrastes de la oscuridad de la montaña y las luces de las casas, detona las voces de los desplazados que quisieron simbolizar: aquí estamos, aunque parezca que estuviéramos cayendo. Aunque parezca que nos quebráramos. Desde aquí vemos la ciudad. Los vemos a ustedes, a los que nos miran desde la distancia y creen saber qué implica ser desplazado. Aquí seguimos porque estamos vivos, y aunque aislados y olvidados, permanecemos. Nos sacaron de nuestros hogares, nos cortaron las raíces y ahora, desde estas casas que improvisadamente construimos, contamos cada luz urbana que ustedes prenden, los que creen que ahora somos invasores, los que prefieren no mirarnos, los que desde aquí también se ven frágiles.
Santiago Escobar-Jaramillo, autor de las fotografías reunidas en el proyecto y gestor de las acciones llevadas a cabo en los territorios, habló para El Espectador sobre Colombia, tierra de Luz.
Los que no hemos visto la guerra en primer plano no sabremos las implicaciones reales de lo que significa ser víctima de ese conflicto, pero con su trabajo el lector puede sentirse intervenido y retratado. ¿Esta empatía es el objetivo de su trabajo con el lector?
Anhelaría yo que eso ocurra con todas las personas que leen y experimentan el libro: llamar a una conciencia colectiva acerca de nuestra historia y pagar tributo a la memoria de las víctimas del conflicto armado en Colombia. Sin embargo, sabemos que por lo menos la mitad del país se siente apático al problema.
El caso de Bibiana*, que perdió a su hermano en medio de la guerra, se repite mucho en Colombia: víctimas de la violencia queriendo conectarse. ¿Cómo llegó a descubrir que podía ser artífice de estos gestos y cómo llegó a concluir que las personas los necesitaban?
Mientras viajaba por Colombia haciendo fotos para los libros de Villegas Editores, pude conocer la realidad del país de primera mano y ver que nuestra historia está cruzada por la violencia, el desplazamiento forzoso y el dolor. No solo eso, sino la negación del gobierno de turno acerca del conflicto y la ausencia de leyes a favor de las víctimas. En ese momento recordé lo que un acto simbólico y creativo —como el que había tenido a los 12 años— pudo hacer por mí como hecho reparativo y sanador. Me di a la tarea de visitar treinta lugares del país para realizar estos actos simbólicos de reparación. Fui aprendiendo en el camino.
¿Dónde o cómo nacieron las ideas para cada una de las acciones?
Cada una dependía de la historia de la familia, el grupo étnico al que pertenecían, las tradiciones culturales y celebraciones, los mitos y leyendas, la geografía del lugar, los actores armados que afectaron la zona, la fuente lumínica y las formas de la acción o intervención, las cuales se decidían entre los participantes, en los encuentros previos llamados “talleres de memoria, poesía y luz”.
En el libro se explica el por qué del fuego como eje central de este proyecto, pero ¿en qué momento se cruza en su vida? ¿Cómo terminó eligiéndolo para luego convertirlo en el gran protagonista?
No solo el fuego. Es la luz el elemento mediador en todo el proyecto: se utilizó la luz como elemento material y narrativo en la reconfiguración de la noción de reparación. Como elemento material, la luz se presentó como un recurso visual que evidencia el espacio, las texturas y las formas del paisaje, los cuerpos y la arquitectura. Como elemento narrativo, se tomó provecho de su valor simbólico asociado a la tranquilidad y a la esperanza, así como a la unión y a la espiritualidad.
¿Cómo se repara (sobre todo después de pérdidas tan dolorosas y trágicas) por medio de lo simbólico?
Lo simbólico sintetiza y explica lo que lo racional no alcanza. El acto simbólico puede mostrar otras caras y formas de un problema a través de la belleza, del amor, de la risa. En este caso, el arte y la fotografía tienen la posibilidad de conectarnos desde los gestos, las formas y las temperaturas de una manera en la que la lógica se queda corta.
“Ser colombiano y ser víctima del conflicto son conceptos equivalentes”, decía un texto que escribió José Luis Falconi. Este es un proyecto para hacer reaccionar a cada colombiano y decirle con fotografías: “Aquí también está usted. El dolor de él también es suyo…»
Definitivamente. El proyecto es un llamado a todos a reconocer un problema y, al mismo tiempo, aprender que es posible mirar al frente e imaginar nuevos escenarios de perdón, reconciliación y encuentro de nación. El libro, por ejemplo, contiene una clave: cada uno de los 12 cuadernillos presenta uno de los actos realizados en diferentes lugares. Cada uno es una familia o comunidad que sufrió situaciones de violencia o desplazamiento. Sin embargo, en cada cuadernillo hay un fragmento de imagen que, si se arma como un rompecabezas, da como resultado una foto completa: el lugar en donde mataron a mi tío y en donde realizamos el acto simbólico con mi familia y la comunidad de la zona, la cual, para nuestra sorpresa, todavía lo recordaba y extrañaba.
Vuelvo a citar a José Luis Falconi: “Cualquier derrumbe en esta zona del mundo es siempre solo parcial”, y esta frase para preguntarle: ¿podríamos entonces excusar o justificar a los colombianos por este “inmovilismo desbordado” o esta nociva apatía de la que parece que cada vez estamos más enfermos por cuenta del paisaje en el que se nos convirtió la violencia en el país?
La inacción también nos hace cómplices. No podemos hacernos los de la vista gorda y dejar que el ciclo de violencia vuelva a reinar en estas tierras. Es momento de exigirles a nuestros líderes que construyan un país en donde quepamos todos. En donde el dolor de uno sea el dolor de todos.