Elección popular, frustración democratera

Mario Méndez
14 de octubre de 2019 – 02:04 p. m.

Antes de la promulgación de la Constitución de 1991, el presidente de la República o su ministro de Gobierno (ahora del Interior) no se atrevían a designar como gobernador a un pícaro más o menos visible. Había que salvar las apariencias…, digamos, pues ¡qué vergüenza con la indiada! Con criterio parecido, el gobernador se cuidaba al nombrar alcaldes. Es cierto que entonces tales designaciones estaban reservadas a miembros de las castas políticas imperantes, pero en general no había quejas sobre su comportamiento en el manejo de la cosa pública.

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