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Álvaro Diego Gómez Campuzano recorrió e investigó el convento colonial y buscó en los archivos su historia para adentrarse en la piel del claustro, cuya construcción se inició a finales del siglo XVI y tomó dos siglos para concluir.
Para realizar la muestra, Gómez Campuzano se trasladó unos meses a la ciudad de piedra, auscultó el claustro desde su formación como arquitecto. Realizó dibujos, planos y una maqueta, con los cuales se enfatiza el gran patio, que cuenta con un jardín y la galería porticada con arcos, que se sostiene por columnas que resaltan la solemnidad del convento. Al estudiar el edificio, el interés de Gómez Campuzano fue instalar su trabajo permitiendo una asociación entre el espacio arquitectónico, las narrativas del lugar y su obra. “Dentro de mi obra siempre me ha interesado la simbiosis del pasado y del presente y a raíz de que este monumento reunía todas estas características, resolví a hacer una instalación basilical teniendo en cuenta las memorias y los momentos históricos por los que había ya transmutado el claustro”.
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Se interesó por la orden Dominica, que lo construyó y estuvo emparentada con Cartagena desde los primeros días de la fundación de la ciudad. En 1534 arribó el obispo dominico fray Tomás de Toro, quien tuvo la misión de erigir la primera iglesia y el primer claustro. Aproximadamente tres siglos después, por conflictos políticos, se cerró el convento y los dominicos fueron trasladados a la diócesis de Santa Marta en 1833. Más adelante, el claustro también sirvió como un cementerio infantil, ya que era costumbre enterrar a los muertos en el interior, lo cual fue demostrado en la restauración del edificio en las excavaciones que se hicieron. Además de las funciones evangelizadoras de los dominicos, cabe recordar el peso tan grande que llevan a sus espaldas, al ser una de las órdenes más activas en el funcionamiento del Santo Oficio de la Inquisición, instaurado en Cartagena en 1610.
Mediante sus investigaciones, Gómez Campuzano explora los palimpsestos, esas huellas que van quedando de las etapas de un lugar, que se borran, se olvidan o mutan. Su obra atraviesa la memoria del claustro y se instaló en una de sus salas, interfiriendo y creando un capítulo más en su historia. En la actualidad, el convento es un espacio del trabajo cultural que fue restaurado a comienzos del 2000 con el patrocinio de la Agencia Internacional de Cooperación Española, por medio de un convenio con la Arquidiócesis de Cartagena. La exposición mostró una serie de pinturas y de esculturas tejidas que tienen como referentes las fachadas, las columnas y los basamentos de la construcción.
De manera original, Gómez Campuzano utiliza pigmentos no tradicionales en su pintura, como los óxidos, reafirmando su interés por el paso del tiempo. Sus pinturas son una especie de gráfica expandida, ya que son impresas con cultivos ferrosos sobre superficies sintéticas y luego son expuestas a ambientes húmedos para que se produzcan reacciones químicas de corrosión, similares a las que ocurren en los edificios del centro histórico. Este procedimiento da como resultado una gama de colores que van desde el negro hasta los terracotas y amarillos. Son procesos largos que requieren líquidos y óxidos con los cuales fija las imágenes de sus pinturas. En este caso, en la arquitectura del claustro, el óxido funciona como una metáfora de la historia, que capa tras capa revela o insinúa lo que ha acontecido dentro de sus muros.
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El artista está ligado a la tradición del arte textil desde su formación, en la que se interesó por las fibras. De ahí se generarán sus primeras obras, como los Aéreos, telas tensadas como si fueran velas de barco, realizadas a partir de tejidos realizados en telar, presentados en el Salón Atenas del Museo de Arte Moderno de Bogotá en 1984. Luego vendrán los grandes nudos similares a los quipus, nudos de cuerdas que se han podido leer como escritura incaica y una forma de contabilidad. En su obra tridimensional ha utilizado diversas fibras sintéticas, naturales y resinas, bandas industriales, piedras, metales y materiales reciclados. De sus grandes nudos pasará a un trabajo en láminas oxidadas en las que por medio de cortes de rayo láser dibujará figuras geométricas y las intercalará con siluetas de animales que se repitieran como series. A su vez ya explorará los planos arquitectónicos que hoy se ven en sus pinturas, en estas esculturas realizará cortes de plantas arquitectónicos, puntos y rayas, que se asociarán con la numerología maya, los hexagramas del I Ching y las primeras tarjetas perforadas de programación de computador. Lo anterior le ha valido el reconocimiento internacional en las bienales de textil más importantes, como la Trienal, en Lödz, la Bienal de Lausanne y la Bienal de Budapest, entre otras.
Para las esculturas que presentó en esta exposición escogió pequeñas argollas de acero que son tejidas con filigrana, precisión, y poseen una evocación a las cotas de malla, los tejidos de dragón, los tejidos de sapo, como los que eran utilizados en las armaduras en el medioevo. En su búsqueda constante, quiebra lo establecido del material y logra que sus esculturas en metal sean flexibles, con movimiento y aparentemente livianas. Con estos tejidos construye columnas, redes, mesas y telas que nos podrían recordar los tejidos prehispánicos, subvirtiendo lo colonial. Para el artista el tejido es un concepto universal que nos construye como seres humanos, tanto en términos físicos mediante nuestro cuerpo, como intelectuales por medio de nuestras ideas. Cada punto se relaciona con el cosmos, es una red que se representa a partir del cruce de ejes que crean un espacio de unión donde se entrelazan estructuras y conceptos.