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Nosotras le dimos posada a la hermana Adriana en Bogotá pa que viniera a defender nuestro caudillo. El plan era que mientras ella aturdía con el megáfono, Tola y yo nos colábamos en la indagatoria.
Uribe estaba algo nerviosillo pues era la primera vez que se enfrentaba a ese cuestionario, pero le embutimos dos aguardientes dobles y le pusimos valeriana intravenosa.
Antes de Álvaro pasar al estrado, Tola sacó una chuspa y le entregó un poncho y un sombrero guadeño, pero un magistrao le dijo que se quitara eso, que todavía no era Jalogüín.
La idea que teníamos con el disfraz de arriero era que el presidente Uribe le diera la vuelta a la indagatoria y la volviera un Consejo Comunitario y le echara la policía a esos “hachepés”.
La primera pregunta que le hicieron esos hijuemadres fue quién le recomendó al abogánster. Álvaro tastabilló, pidió permiso pa ir “al cuartico” y nos mató el ojo pa que lo siguiéramos.
En el baño nos dijo: Hijitas, ¿qué respondo? Tola propuso: Dígales que no sean metidos soperos… Pero se opuso el abomónster Granados, que le decimos así cariñosamente por ser tan acuerpao.
No tía —dijo Granados—, sumercé como que aprendió diplomacia con Pachito Santos… El dotor Uribe debe contestar que el abogánster se lo recomendó el fiscal anticorrución, el mismo que le recomendaron a Néstor Humberto.
La segunda pregunta fue por qué contrató a un abogao tan bajo perfil, pero Álvaro la contestó muy bien: Pues porque supe que tenía avión privao y carros Lamboryini, y así me ahorraba el sucidio de trasporte. Punto pa Uribe.
¿Y no le pareció sospechoso un joven tan rico? —preguntó el berriondo magistrao—. Pues, qué le dijera —balbució Álvaro—, ahora los vergajos muchachos consiguen plata ligerito, por eso estamos proponiendo que los jóvenes ganen menos del mínimo.
Siguió la pregunta más maluca: ¿Sabía que su abogao le pagó millones a testigos? Álvaro puso una cara de ator natural y esclamó: ¿En serio? Vean pues a este zumbambico, tan amplio con la plata ajena.
Pero el cansón magistrao insistió: Su abogao Cadena dice que no estaba comprando testigos sino dándoles un “sucidio”. ¿De veras? —dijo Álvaro—. Pues me estraña araña porque yo odio los sucidios, que son puro comunismo.
Dotor Uribe, su abogao se autodefinió como “abogánster”, pero ahora resultó con que dijo fue “abohámster”, ¿qué nos puede decir? Álvaro pidió volver al baño y nos fuimos detrás.
¿Qué digo, dotor Granados? —preguntó Álvaro visiblemente preocupao—. Diga que Cadena es un poco medialengua y se le entendió mal —aconsejó Granados. No —propuso Tola—, mejor diga que es boquinche.
Dotor Uribe, ¿por qué cuando la Corte intercetó el teléfono de un delincuente resultó hablando usté? —volvió a la carga el maldingo magistrao. Pero Álvaro no se agallinó: Vea, pa evitar que me chucen yo salgo a llamar donde los vendedores de minutos.
Al magistrao sirirí se le notaban las ganas de joder y preguntó: Cuando se enteró de que su abogao le había dao plata a los testigos, ¿por qué no lo despidió? Álvaro arrancó corriendo pal baño.
Entonces Tola metió la cucharada: Su señoría, mire cómo lo aflojó del estómago su pregunta malintencionada. Ovio que Álvaro no lo despidió por físico culillo. ¿Quién despide a un abogao tan mal relacionao?
Cuando salimos de la Corte nos topamos con la monja uribista y estaba radiante porque le ofrecieron el consulao del Vaticano.