¿Mejor Vargas Lleras?

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Se sulfura Vargas Lleras por la cantidad de tiempo que está tomando la aprobación de la explotación de hidrocarburos mediante la tecnología de fraccionamiento. “Llevamos en este debate más de diez años desde que el Conpes autorizó el fracking en 2008”: así se lamenta el otrora vicepresidente de Infraestructura. Además de urgir al Gobierno actual para que haga uso de “todos los recursos a su alcance” para acelerar el proceso, reniega de tener en la nueva comisión de expertos a profesionales que considera extravagantes. “Dos politólogos y una antropóloga”.

Nos advierte sobre todo que, de no adoptarse la tecnología, sucumbiríamos inevitablemente ante el atraso: “Diez años (llevamos) esperando una decisión que puede cambiar dramáticamente las finanzas nacionales y el desarrollo integral de nuestro país”. Para Vargas Lleras, como para tantísimos otros, en el fraccionamiento yacen el bienestar y el futuro. No es exageración comparar sus deseos con los que, en el pasado, guiaron a tantos hombres en busca del tesoro de El Dorado que abriría la puerta a un mañana mucho mejor. De trenzar sus opiniones con las de antropólogos, historiadores o politólogos, Vargas Lleras aprendería quizá sobre otras gestas de masculinidad e hidrocarburos que, pese a las grandes expectativas, significaron no solo la destrucción de tantos y tantas, sino también el beneficio de pocos. Aprendería también que estigmatizar a los que resisten, como él hace en su columna con la Alianza Colombia Libre de Fracking, siempre ha producido resultados previsibles de persecución y silencios.

En su columna de El Tiempo, Vargas Lleras sostiene que, de no aprobarse el fracking, “las más afectadas serían las regiones que dejarían de recibir regalías”. Al respecto, cabe visitar tanto el presente de desigualdad y descontento como el pasado lejano del Magdalena Medio santandereano, una de estas “regiones” y epicentro de nuestras ansiedades petroleras. Los profesores Rafael Velásquez y Víctor Castillo nos invitan a reconocer, por ejemplo, cómo las hegemonías liberal y conservadora de los siglos XIX y XX coincidieron en el tratamiento que le dieron al pueblo yariguí, en lo que hoy conocemos como el Magdalena Medio.

A mediados del XIX, la Compañía de Agricultura y Comercio del Opón se ocupó de consolidar la vía desde la provincia del Socorro al río Magdalena, en territorio indígena, a través de una comisión oficial liderada por un cura acompañado por “24 hombres armados, dos canoas con sus bogas y diez arrieros”. Las comunidades, que vivían de la caza, la pesca y los cultivos de maíz, caña de azúcar, batata, ñame y yuca, se resistieron a las incursiones de colonos. Consecutivos gobiernos hicieron concesiones de “baldíos” y aprobaron leyes “sobre reducción y civilización de indígenas”. Sin las tardanzas que embravecen a Vargas Lleras, se le adjudicó en 1905 la “Concesión de Mares” a Roberto de Mares para explotar petróleo en la región. Y esto significó el exterminio final de los yariguíes. Velásquez y Castillo recuerdan cómo, en 1913, el concesionario escribió al ministro de Obras Públicas: “Si el Gbno. (sic) quisiera prestarnos su apoyo (…) no pasáramos por la pena, por no decir vergüenza, de tener a tres leguas del río Magdalena, artería principal de la República, tribus Salvages y Canivales, (sic) que tan mal hablan de nuestro Estado como nación Civilizada”.

Hay también testimonios sobre cómo, en el camino de la nación soñada, el Estado y la Tropical Oil ordenaron la limpieza de toda resistencia en el Magdalena Medio. “Los capataces estaban autorizados por los gerentes gringos de la Troco y apoyados por la fuerza pública (…) para capturar a los indígenas que se oponían a la apertura de las trochas que facilitaran la exploración y explotación del petróleo”.

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