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Se trata de cuando el error se comete no por lo que se dice sino por abrir la boca con impertinencia o a destiempo, y de eso es inocultablemente culpable el ministro de defensa de este gobierno. Podría haber sido cierto lo que salió “en bombas” a decir Botero acerca del macabro crimen cometido contra Dimar Torres, como también podría haber sido cierto lo que salió a decir el ex comerciante de Fenalco cuando se apresuró a dar versiones erráticas sobre el atentado en la Escuela General Santander, habrían podido ser ciertas todas sus versiones en ambos casos, pero el problema no es lo que diga el ministro, es que lo diga sin reflexión, sin tacto, sin cautela, tal como él mismo lo justifica cuando afirma que “solamente estaba repitiendo lo que decía el cabo acusado del crimen”.
¿Es decir que un ministro del despacho presidencial es vocero de sindicados? Y entonces, podemos pensar, que si la versión que le dieron a Botero hubiera sido la de los guerrilleros, él también habría salido a vocearla como si fuera cierta sin darle el menor espacio a la investigación, reflexión o cautela? Me imagino que en la actividad comercial debe ser fortaleza eso de salir como el legendario culebrero a decir lo que sea necesario para vender los “específicos” y no dudo que a los comerciantes se les debe aplaudir la rapidez de la “sinhuesos” para aturdir al comprador y meterle en la bolsa el menjurje a la venta, pero en la majestad del gobierno de una nación esta pericia deja de ser virtud para convertirse en disparate, o si no que lo diga el otro comerciante quemado por el uribismo, Sabas Pretelt de La Vega.