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Roberto Colavini tenía un trabajo que lo complacía. Era profesor y aunque no ganaba mucho, se sentía satisfecho con lo que hacía. Su madre, Rosina C, opinaba lo contrario. Ella creía que los días de su hijo se desperdiciaban. Estaba convencida de que él tenía las capacidades para dirigir algo, lo que fuera, pero anhelaba verlo como el mandamás. Lo que más le dolía era ver cómo su hijo, además de haberse conformado con un puesto que para ella era tan corriente, la había condenado también a ser la madre del perdedor, del que no quiso escalar, del que no brillaba. Se ofuscaba con las páginas de los periódicos en los que salían los hijos de sus amigas. Se irritaba escuchándolas, las veía como pavos reales hablando de sus retoños y se frustraba. Sentía que su hijo la castigaba y ella, una madre y una viuda tan sacrificada, no merecía castigos, así que se dedicó a torturarlo. Le recalcó todos los días su fracaso y le reprochó su desprestigio. Le insistió, lo culpó, lo fastidió. Le repitió tantas veces lo mediocre que era su presente, que logró que él se convenciera de su supuesta mala fortuna. Lo condujo hacia los reflectores. Lo convenció de que su lugar era al lado de los corruptos que sí brillaban con el éxito y lo empujó hacia las apariencias de los hipócritas bien vestidos. Solo cuando por fin tuvo el recorte del periódico con la cara y el nombre de su hijo, se sintió realizada y satisfecha como madre: sus apellidos con el estatus merecido.
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El libro Jardín de moras es un espejo. Uno muy incómodo. Esas páginas van hablando de una historia que, con otros personajes y otros acentos, parecen contar los propios pecados, dolores y vergüenzas. Todo se inicia con la relación cotidiana de dos familiares que, por momentos, parecen enemigos. Se dicen que se aman y con la excusa del amor se hieren, se traicionan, se ensucian. Llegan a límites en donde solo pueden odiarse y con la excusa del odio se hieren, se traicionan, se ensucian. Todo muy cotidiano, pero muy cercano, luctuosamente cercano. Esta novela, escrita por Alba Pérez del Río, además de hablar sobre la corrupción que termina por colarse en cada institución, despacho o ministerio colombiano, se mete con el origen, que resulta siendo la causa de todo. Se mete con la familia, con los lazos más fuertes, y, por lo tanto con los daños irreparables. Se mete con la conciencia de los que siguen pensando que los corruptos solo son los políticos y, frontalmente, les dice que no, que también están sucios y que son participes de esos grandes desfalcos, que también han sido canallas, que tienen rabo de paja.
Alba Pérez del Río habló para este diario sobre temas que en su novela se entrelazan y proponen al lector una reflexión sobre las formas en las que podría convertirse en cómplice de la enquistada corrupción que padece el país.
Los lazos familiares, en este caso el de la madre y su hijo, llegan a ser muy nocivos. Se convierten en el origen del declive que sufre el protagonista…
Soy una persona que se ha psicoanalizado durante muchísimos años, por lo tanto mi primera novela la hice con una aproximación también a saber cómo nos movemos con base en esa experiencia. Pienso que los pilares que marcan nuestros comportamientos a lo largo de la vida, están muy vinculados a las relaciones familiares, a nuestro entorno social y a nuestro carácter. El del personaje de esta novela es de un muchacho débil, manipulable, y de una madre totalitaria, muy manipuladora y, claro, quién mejor que una madre para saber cómo es el psiquismo de un hijo, entonces logra manipularlo para llevarlo a que cambie su destino o lo que podría llegar a ser su destino, por el destino que ella considera que es el que él se merece.
El amor de la madre y el hijo termina excusando la manipulación. Ella necesitaba del prestigio que creía merecer y le delegó a su hijo esa tarea. ¿Cómo llegó a poner esto en palabras?
Yo trabajo mucho con símbolos y esta novela no es la excepción. En el libro, la madre es un símbolo, así como otros personajes que humanicé. La madre no es más que la propia sociedad: tienes que hacer cada vez más y vales en la medida en que tienes más. Siempre hablamos de hacer compartimentos: por qué la sociedad, por qué tal cosa. Lo que quise hacer, y no sé si lo logré, es mostrar que no es externo, todo está entrelazado.
Las razones con las que el personaje principal defendía su estilo de vida inicial parecían convincentes. Después termina rendido ante los atractivos que le ofrecía el delito, ¿todos estamos igual de expuestos a ceder ante los brillos de la viveza?
Si convives tanto tiempo con el delito, puedes llegar a trivializarlo y hasta a enamorarte de el. «Es que para que yo pueda llegar a ser alguien necesito tener un apartamento de tales dimensiones, o necesito llevar a mi hijo a tal colegio porque si no entonces no es nadie”, y en fin. Para lograrlo van robando, y todas esas razones terminan haciéndolos sentir que eso que hacen está bien. Terminan trivializando.
¿No cree que haya un blindaje para no ceder ante la corrupción tan presente y tentadora que convive con la sociedad?
Si ese ciudadano está tocado y ha trivializado esa corrupción, ya no es consciente y funcionará para esas trampas de una manera fácil. No logrará ver cuál es esa franja entre lo que hemos convenido como sociedad que está bien y que está mal, y si la ve, la justificará. Nadie quiere sentir que es corrupto, entonces irá acomodando cualquier manifestación para no reconocer que lo es. Para justificarnos tenemos todas las armas del mundo. La sociedad está perdida, totalmente extraviada. Hay que parar y no siempre señalando hacia afuera.
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Los habitantes de El Bojuato sobreviven entre la miseria, la apatía del resto de la ciudad y los abusos de la autoridad, ¿cómo llegó a narrarlos con tanta crudeza?
Quise hacer una confrontación muy cruda del lugar en el que vivimos porque este país tiene unos índices de pobreza alarmantes. Los demás estamos queriendo sobresalir con nuestros puestos y escalamos hacia el éxito, pero también ignorando ese mundo tan frágil. No queriendo mirarlo. Colavini es un hombre torturado. Llevarlo ahí era una forma de mostrarle a él y, por lo tanto al lector, una realidad. ¿Cómo podemos seguir sentados tan tranquilos siendo cómplices de toda esta miseria? Es un lugar que podemos ubicar en cualquier parte de la geografía del país. Con esta esta novela quise acercar ese nivel de vida hasta la mesa de noche del lector. Es necesario que todos nos acerquemos.
Esta zona termina siendo un personaje más de la novela ¿Cómo construyó a El Bojuato?
Cuando yo era adolescente, iba con un grupo de muchachos a estos barrios en una época en la que todavía se podía ir. Este primer acercamiento a estas zonas tan deprimidas, lo tuve cuando era muy joven. Luego, cuando fui periodista en Barranquilla, me tocaba entrar a estas zonas y claro, es muy difícil describir lugares que no has visitado. Estuve ahí.
Su novela es sobre la corrupción, un tema que parece acrecentarse con el tiempo y al que aún no se le encuentra una solución efectiva ni cercana…
Hice un libro para que a través de mis reflexiones personales, lleguemos a una reflexión colectiva. Creo que hay que reeducarnos. Desde la casa debe partir todo. Necesitamos seres con otra mirada. Este es un problema colectivo.
¿Confía en la institucionalidad?
Creo que el ser humano tiene una ínfima porción de libertad. Estamos muy condicionados por múltiples causas desde la genética, pero ese pequeño porcentaje que tenemos de libertad, es el que nos permitirá hacer cambios. Entiendo que ya no confiemos. Yo abro el periódico y me dan ganas de cerrarlo porque claro, casi todo nubla las esperanzas. Yo sí quiero creer en que la sociedad puede usar ese porcentaje de libertad para transformar o enfocar este lugar que habitamos en un sitio más amable. Por fortuna no tengo todas las respuestas y este libro es un montón de preguntas.