Publicidad

Lecciones del perdón para la paz

El relato de Immaculée Ilibagiza, quien sobrevivió al genocidio de Ruanda, es una muestra de que la construcción de paz y el camino a la reconciliación pasan por el perdón y la verdad. Un mensaje de Ruanda para Colombia.

Immaculée Ilibagiza, sobreviviente del genocidio de Ruanda. / Óscar Pérez
Immaculée Ilibagiza, sobreviviente del genocidio de Ruanda. / Óscar Pérez

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

“Si yo pude perdonar, cualquiera puede hacerlo”. Fue el mensaje que Immaculée Ilibagiza entregó a los asistentes al foro “Construyendo un futuro de reconciliación”, realizado por Caracol Televisión en el club El Nogal de Bogotá. Y sus palabras no son de protocolo. Duró 91 días encerrada en un baño de 1,80 metros junto a otras siete mujeres, mientras toda su familia y su tribu eran asesinadas. El episodio se conoce como el genocidio de Ruanda, en el que 800 mil personas fueron masacradas en 100 días a machete, palo y patadas.

El testimonio de esta mujer, de la etnia Hutu, es suficiente para creer en que Colombia puede tener un mejor mañana, y esa precisamente fue la reflexión que dejó en El Nogal. El mismo club social que en 2003 sufrió un atentado terrorista perpetrado por las Farc, en el que murieron 36 personas, y ayer recibió las palabras de la reconciliación. Más cuando el proceso de paz con esta guerrilla ha entrado en su recta final y que, de alcanzar un acuerdo de fin del conflicto, dejará al país de cara al verdadero reto: construir la reconciliación.

“El genocidio fue espantoso, terrible, y fue una experiencia que me permite hablar no del horror, sino de las lecciones aprendidas: del perdón”, explica Ilibagiza, y agrega: “Antes sólo tenía pensamientos de rabia, dolor, venganza. Mataron a mis papás, a mis abuelos, a mis hermanos y primos. Quería ser soldado. Entrenarme. Matar. Me sudaban las manos de la ira. Y ahí empecé a pensar en cómo sonreía antes de que todo ocurriera. Entonces lo consideré un regalo de Dios. El perdón es una de las principales lecciones que aprendí. Ahora soy mejor persona”.

Immaculée tenía 23 años cuando ocurrió el genocidio. Cuenta que estaba en la universidad y que había ido a pasar vacaciones a la casa de sus padres. Allí la sorprendió la noticia de que el avión en que viajaba el presidente Juvenal Habyarimana había sido derribado. El hecho marcó el inicio de la masacre. Su padre, que era profundamente creyente, le pidió que se fuera a la casa del pastor vecino, de la etnia Tutsi, quien seguramente la podría salvar, y así lo hizo.

“La última imagen que tengo de mi padre es hablando a cientos de personas que habían llegado a refugiarse a mi casa. Caminaba y hablaba con el rosario en la mano. Y dijo: no teman. El temor es nuestro peor enemigo. Nos van a matar, pero no temamos. Es una oportunidad para arrepentirnos de nuestros pecados para ir al cielo. Era una persona dispuesta a morir ”, recuerda.

Los días de horror en el pequeño baño, sin poder hablar, ni siquiera llorar, los narra apretando los dientes. Se ve que aún duele el recuerdo. Pero también que no hay odio en sus palabras. Durante los tres meses que estuvo encerrada siguió el desarrollo de la barbarie por radio. El pastor lo había puesto cerca de la puerta donde se refugiaba para que oyeran lo que ocurría. “Recuerdo a un ministro que dijo no olviden a los niños. Los hijos de las culebras son culebras. Dijo que había que matarlos para vivir en el paraíso”, refiere.

Con poca comida y agua, las siete mujeres encerradas en el pequeño baño sólo podían rezar en silencio. “Un día llegaron a la casa en que nos escondíamos. Estaban muy armados. Entraron y empezaron a requisar todo. Yo sentía miedo y una voz me decía: abre la puerta y que todo se acabe. Pero otra vocecita me decía que no. Sólo pídele a Dios que te ayude. Perdí la fe por unos minutos, pero la voz me insistió en que confiara y que le pidiera a Dios una señal. Lo hice diciendo: no permitas que abran la puerta. Ellos buscaban por todas partes, en todo los cuartos, y cuando llegaron al baño movieron la chapa, pero tenía seguro. Entonces el pastor les dijo que hace tiempo que estaba cerrado porque se le perdieron las llaves. Uno de los asesinos le contestó: le creemos. Usted es uno de los nuestros, y se fueron”.

A partir de ese momento se consagró a la fe y al mensaje más profundo de la religión: el perdón. Con los años fue abandonando el deseo de venganza, los sentimientos de odio y el rencor. Después, incluso, visitó en la cárcel a uno de los asesinos de su familia. Lo perdonó por el sufrimiento que le había causado y volvió a las palabras de la Biblia: “Perdonar a los que nos ofenden. Mi mensaje para los colombianos es que no importa lo difícil que hayan sido las cosas, confíen en el amor, en la paz, en Dios. Hoy es un nuevo inicio. Si yo pude perdonar, cualquiera puede hacerlo”.

Las palabras de Immaculée Ilibagiza fueron correspondidas por los aplausos de todo el auditorio, en el que estaba el presidente Juan Manuel Santos. El mandatario hizo, a su vez, una breve reflexión sobre la guerra. “En Colombia la guerra ha sido una tortura china. Nos hemos matado gota a gota por 50 años, pero en el fondo todas las guerras terminan pareciéndose, son sólo destrucción y muerte”, dijo.

Y continuó su reflexión: “Para acabar esta guerra necesitamos cicatrizar las heridas. Las heridas del alma, del corazón. Es por esto que las víctimas están en el centro de la solución del conflicto, pues son ellas las que nos deben enseñar a perdonar, a reconciliarnos. Son las que tienen autoridad moral para el perdón y en Colombia tenemos registradas 8 millones de víctimas”.

Al final Santos señaló que los diálogos con las guerrilla no significan la paz, sino el fin del conflicto. “El país tiene una oportunidad de oro para construir la paz. No se construye de un día para otro y empieza en nuestros corazones. Cuando uno está en paz con uno mismo puede hacer la paz con otros. Pero la verdadera paz sólo se alcanza cuando uno aprende a perdonar. El problema nuestro es que ha sido tan larga la guerra que se nos olvidó perdonar”, refirió.

Y concluyó el jefe de Estado: “Un profesor me dio un consejo recién me posesioné como presidente: escuche a las víctimas, ese es el alimento que le permitirá continuar en su tarea. Y así ha sido, porque en ellas he encontrado a personas generosas, dispuestas a reconciliarse con sus victimarios. Es por esto que decirle no a la paz sería cerrar la puerta del futuro. Sería un acto de falta de solidaridad con quienes han puesto el pecho a la guerra. Sería enterrar la esperanza de nuestros hijos y nietos”.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido