El sonido y las calles bogotanas

Allí van, allí van esos amantes, esos desempleados, esos huérfanos de nadie y de todo, allí van con esa lucha miserable salarial, caminando, allí están los desinteresados, los pisa débil,  los chismosos, los elocuentes, el cantante, el trabajador, allí van pasando por al lado de ellos, de los niños sentados en la calle, de la madre sentada en la calle, del padre sentado en la calle, del hermano sentado en la calle, de sus rostros agobiados en la calle.

El desplazamiento en Bogotá, un doloroso fenómeno que se ha vuelto natural.  / María Acosta
El desplazamiento en Bogotá, un doloroso fenómeno que se ha vuelto natural. / María Acosta

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Me di cuenta de que el afán que tenía de llegar a mi casa, eran solo ganas de venir a llorar.

Cuando voy para el trabajo, hacia la casa, o al algún lugar de destino,  prefiero caminar, siempre y cuando no esté de afán. El panorama casi siempre es el mismo, si me fijo con precisión.

Comienzan esos ruidos que no logro distinguir y más aún, cuando estoy utilizando audífonos para escuchar, todo, absolutamente todo, lo escucho como si se tuviera un micrófono en cada objeto de la calle, pero esto no es importante en este texto, aquí lo importante es lo que estoy viendo.

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Se ven en los andenes, por los puentes peatonales, en las esquinas de algunas casas, de algunos locales, se ven acompañados, más que todo junto a niños y niñas, una madre, o un padre, un tío, un hermano, un primo, la prima, una hermana quizás. Los distingo siendo espectadora, por sus rasgos faciales y su vestimenta también. Simulo que estoy esperando que cambie el semáforo para pasar al otro andén, pero no, no necesito pasar, me quedo allí “esperando” no se qué, me autoengaño para no ser testigo de estas desgracias que se normalizan. Los bogotanos han aprendido ya a no meterse en asuntos ajenos. El semáforo da luz verde, y yo, para disimular, me agacho y me amarro los cordones, y sigo observando el panorama: La gente pasa por el lado de ellos, parece ser que es habitual, quizás si esas personas se invisibilizaran, muy seguramente la gente pasaría por encima de ellos (¿o ya pasan por encima de ellos?). Poco a poco, van dejando de producir asombro ciertos fenómenos citadinos.

El niño está jugando con una tela, se la enrolla en su pie descalzo y luego se la desenvuelve, sugiere hacer otro movimiento tratando de dar nuevas opciones al juego, coge la tela se la pone y se la quita del pie, la acción es repetitiva, parece ser que se entretiene. Los niños y sus simples cosas en tan grandes universos alrededor de ellos. Las manos del niño están sucias y sus pies descalzos también lo están, gracias al aire contaminado producido por el humo de los colectivos. La mujer por su parte, está concentrada; cose una especie de collar de varios colores y y de vez en cuando observa a los peatones que pasan por el lado de ella.

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Yo de a pocos me voy llenando de eso que estoy viendo y que no logro parar de mirar, como si ellos me salvaran de un algo, como si esas vidas ajenas me fueran a dar la pista de lo que me pase a partir de ahora, pues estoy construyendo un futuro. Pero no, solo me ofrecen una realidad, la de ellos, la mía.

Me encuentro en la carrera trece con calle cincuenta y seis. Después de haber pasado ese semáforo, dejo atrás la familia del niño con la tela, para observar, a pocas cuadras, otra familia en la calle que está produciendo un sonido que me saca siempre de contexto. Es un sonido que me obliga a mirar al lado de donde ellos están, no puedo evitarlo. Esta vez, es una mujer con una niña, de unos tres años, la mujer la lleva en sus brazos. Esta mujer tiene un rostro ausente, no logro descifrar su estado de ánimo, soy complicada para especular frente a las emociones de las personas, sería un error descifrarlos si aún no me han dado esa oportunidad aunque encuentre esa fascinación y la curiosidad de las vidas ajenas en general.

El sonido que les digo, proviene de una especie de chicharra: “Chu-chu-chú, chu-chu-chú, chu-chu-chú…” una y otra vez, ¿lo han escuchando?, seguramente sí, quizás yendo para el trabajo o llegando de él, el sonido suena, y sigue sonando, mientras la multitud transeúnte, entre sus afanes, solo quiere escapar de esas calles para encontrarse en sus destinos. Allí van, allí van esos amantes, esos desempleados, esos huérfanos de nadie y de todo, allí van con esa lucha miserable salarial, caminando, allí están los desinteresados, los pisa débil,  los chismosos, los elocuentes, el cantante, el trabajador, allí van pasando por al lado de ellos, de los niños sentados en la calle, de la madre sentada en la calle, del padre sentado en la calle, del hermano sentado en la calle, de sus rostros agobiados en la calle.  Y yo, después de pasar saliva, observar y mirar la hora, decido acelerar el paso. Me convenzo de que lo que estoy viendo no va conmigo. Debo advertirle al lector que también he pasado por encima de ellos, también soy amante, pisa débil, cobarde, infernal.

No tengo afán, pero camino rápido, mientras mis manos comienzan a sudar.

Por suerte, me junto con las personas de la marcha, digo suerte, para sugerirme que no soy la única viendo tanta inconformidad, tengo testigos o eso es lo que creo.

Hoy hay movilización, hoy no voy al trabajo, caminar se torna tranquilo. Se hace énfasis por los Mártires de Chicago, quienes a punta de una gran huelga lograron que se tuviera en cuenta ejercer únicamente ocho horas laborales,  para tener también el tiempo de estar en otros espacios: Familia, amigos, pasiones. No todo el tiempo se está bien en el mismo lugar, y más aún, a tantas horas condenados y condenadas a esa plusvalía miserable.

Las personas que están allí, arengan algunas frases para que los escuchen. En sus pancartas, hacen alusión a que están inconformes por el sueldo en cuestión de género, y también otras exigencias que proclaman sobre otras inconformidades dadas en el gobierno de Iván Duque, polémicas no solo laborales, sino también en contextos políticos, sociales, del presupuesto de educación también. Veo que es un conjunto de exigencias continuas. Las movilizaciones, aunque no lo crean, han dado su fruto a lo largo de la historia del mundo.

Antes de llegar a la plaza de Bolivar, que es en este caso mi destino, me senté un momento sobre las escaleras de la Plaza de la universidad del Rosario, frente a la estación Museo del Oro, estaba allí porque esperaba a un amigo con el que me había quedado de encontrar. Al cabo de unos minutos comenzó mi voz oculta a decirme dónde tendría que mirar, a buscar, de cierta manera, esas vidas ocultas, como si no tuviera con la mía.

Para sorprenderme, estaban unos indígenas con un niño, creo quizás tendría unos cuatro años, y una la mujer adulta sentada, con un instrumento, haciendo ese sonsonete con la chicharra de nuevo, es como una especie de símbolo y entrega, de implorar que evidentemente algo está pasando allí, “¡que nos escuchen, por favor!”, la madre (supongo que es su madre), coge al niño y lo sienta a su lado, el niño solo mira a las personas, y la mamá sigue tocando. Pienso que así no deberían ser las cosas: Que ese vehículo que les está pasando por el lado no les boté el humo, que esas personas que están tomándose una cerveza no los ignoren, que esa universitaria que está con sus audífonos no le sea indiferente, que el señor que está esperando a su compañera escuche ese sonido. Tal vez lo escucha, pero no lo hace parte de su realidad.

Y así me encontré yo, con lágrimas en mi rostro, entre el cielo y la tierra, donde nadie se salva, contemplando el panorama tan en frente mío; me daba rabia no saber la definitiva solución de la realidad en la que se encontraban estos niños. 

Yo pasaba saliva dejándome llevar un buen rato allí, llenándome de a pocos en lo que me partiría en dos, después vino la ira, la impotencia y la rabia. ¿A caso ya no tengo conmigo? 

Luego llegó la persona que estaba esperando, me vió y me preguntó que qué me pasaba, que quién me había hecho algo, empezó a mirar mal a todo transeúnte que pasaba por el lado y en seguida me consoló, me sentí rara con su actitud, pues él buscaba culpables y yo no quería eso. Era yo y mi conciencia que tomó lugar en esos espacios, en esos momentos de simples cosas, dejándome consumir por tantas adversidades, por tanta historias, por la costumbre de las injusticias y de las muertes, como la de Gaitán, que tuvo su rastro aquí donde estoy sentada.

Los ciudadanos nos tomamos el veneno del miedo, de la pereza y la cobardía, y parece que no saben del veneno. Y es allí mi extrañeza parcial, al estar consumiéndome en cada espacio de la capital. Estas personas con sus hijos, su familia y su rutinario sonido, generan una lucha constantemente en Bogotá, en su mismo sitio, en su misma condición. Se refleja una historia indígena no olvidada, de ese desplazamiento continuo obligado, de su trabajo artesanal no remunerado debidamente y por supuesto de la indiferencia, de muchos cómplices y poncios pilatos.

Uno llega a casa cargada de tanta mierda, se te quebranta la voz, y el cigarrillo no ayuda a amortiguar las sensaciones que están en tu memoria. A veces me pasa, solo que esta vez, no me lo preguntan, no se buscan culpables, no se juzga al primero. Simplemente se llora en silencio, se aporta en su esencia.

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