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Si este fuera un país serio, en el que se pusiera primero el interés colectivo, hoy tendríamos en la agenda pública como tema de primer nivel el análisis y debate de los Planes de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET). Es posible que la mayoría de colombianos ni siquiera sepan de qué se trata este concepto, aunque es el corazón de ese acuerdo de paz que nos divide. Los PDET, en el ideal escrito en el papel, podrían ayudar a quebrar el círculo vicioso de una violencia que ha encontrado la manera de reinventarse y mutar en cada región porque se alimenta de la miseria, el atraso y unas mafias que controlan las rentas ilegales.
Los PDET buscan aportar inversión social focalizada y decidida por las mismas comunidades. 200.000 personas participaron en su diseño. Es presencia del Estado más allá de la seguridad, es entender lo que ocurre en cada localidad. Son 170 municipios de las zonas más críticas del país en donde la violencia se ha ensañado. Son las regiones más pobres, las más aisladas, las que han tenido poca o ninguna presencia del Estado, pero sí mayor presencia de cultivos ilícitos. Buena parte de los muertos de nuestro conflicto los han puesto estos municipios en donde los grupos ilegales mutan y se transforman, pero no desaparecen. Preguntarse por qué seguimos en esa violencia que no cesa y qué la alimenta es la clave para buscar salidas, pero no vemos el fondo y seguimos sembrando odios y persiguiendo demonios.
Es tan compleja nuestra violencia que preferimos no entenderla y no mirar los grandes problemas que tenemos y que la alimentan. Antes que buscar sus causas y razones para desactivarla, que es justamente lo que está detrás de los PDET, nos ha resultado siempre más fácil declarar un enemigo con cara de demonio para creer que así se resuelve. En algún momento dijeron que el problema era Pablo Escobar, y después de muerto el capo el negocio del narcotráfico sigue vivito y alimentando las estructuras criminales en muchas regiones. Luego el enemigo a combatir era la guerrilla de las Farc, y ahora, desmovilizado ese grupo y con el grueso de sus estructuras desactivadas, es bueno tener a otro demonio a quien atribuirle nuestros males. Cayó como anillo al dedo el video de unos desertores del proceso de paz amenazando al país, porque con ellos se justifica cualquier regreso a la guerra.
Es más fácil alimentar el discurso del odio que entender. Veinte desertores son un problema, como lo son las otras disidencias, pero están muy lejos de los 10.500 hombres y mujeres que entregaron armas y están firmes en el proceso a pesar de los muertos que han puesto los desmovilizados y de las dificultades o retrasos en el cumplimiento. Y más lejos aún de los seis millones y medio de personas que pueden beneficiarse de estos PDET si se convierten en una realidad en el territorio.
Me sorprende que en el análisis del momento pecan por exceso los unos y los otros. Los que se niegan a reconocer las bondades de un acuerdo defectuoso pero que ha evitado muertos y que tiene proyectos valiosos como los PDET, y también los que solo critican y denuncian incumplimiento por parte de un Gobierno que sí ha tenido avances en la implementación en medio de los problemas. El concepto de los PDET se diseñó en el acuerdo de La Habana en el gobierno Santos y lo ha venido implementando el gobierno Duque. Los planes están listos y comienzan a arrojar pequeñas obras concretas; son de largo aliento. Ahora nos toca a todos empujarlos, entenderlos, exigir que se financien, hacerlos visibles para que sean una realidad. Siempre es más fácil ver el demonio que vernos como somos: un país de luces y sombras, de mezquindades y grandezas, un país en donde a veces las oportunidades de transformación se dejan pasar sin darles el espacio que merecen. Es hora de hablar de los PDET.