La memoria y la música

Juan Carlos Botero
20 de septiembre de 2019 – 12:00 a. m.

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Para mí es Barry White. Basta escucharlo para que mi memoria me transporte de inmediato al pasado, con una frescura que ni siquiera tiene el presente, y me veo en una de nuestras primeras discotecas, rodeado de buenos amigos, y me doy cuenta de algo que yo no podía saber en ese momento: entonces yo era feliz.

Escucho el vozarrón tan hondo y sensual del formidable Barry White, con sus canciones medio habladas y medio cantadas, y vislumbro el ambiente en penumbra de la discoteca, lleno de nichos y rincones promisorios y oscuros, lugares idóneos para lograr lo máximo que se podía aspirar en ese tiempo, que era un beso de alguna de las niñas del colegio. Eran los primeros pasos del sexo, torpes e inseguros, y todo ese universo tan rico y complejo de la sexualidad seguía muy remoto todavía. Y la primera cumbre era, con suerte, lograr un beso en uno de esos nichos o en la penumbra de la pista de baile.

Es entendible que no supiéramos que en ese momento éramos felices, porque esos instantes estaban dominados por el pánico y el miedo al ridículo. Era un alivio contar con el apoyo de los amigos, todos vestidos con prendas que hoy nos darían risotadas de vergüenza, pero entonces nos creímos los reyes del mambo. En seguida surgía el primer dilema: ¿saco a una niña a bailar? ¿Y cuál? Entonces, espoleado por mis amigos y temblando de pavor, me lanzaba al abismo y sacaba a una de las más lindas, al tiempo que Barry White iniciaba una melodía y comenzaba ese baile lento de cuerpos cercanos, donde había licencia para arrimarse como nunca a la compañera de clase, e inhalar el perfume que surgía de su cuello, y palpar la tibieza de esa piel que latía con tanta vida, tan cercana y a la vez tan lejana. Y mientras nos movíamos despacio en la pista, rogando al cielo que no la fuera a pisar, y por favor que no se dé cuenta del sudor en mis manos, porque las manos empezaban a destilar cuando uno se atrevía a preguntar si querían bailar, pero ahora, durante el baile mismo, esto ya era otra cosa, una categoría aparte de sudor, con las manos como metidas en dos baldes de agua y la camisa bajo de la chaqueta ensopada y cambiada de color. Y el siguiente dilema, percibiendo los besos de otros alrededor: ¿debo intentar besarla? ¿Qué pasa si lo hago? ¿Se molestará u ofenderá? ¿Habrá una cachetada delante de todo el colegio? ¿Y qué pasa si no lo hago? ¿Pensará que soy marica, o un imbécil, y luego podré vivir conmigo mismo pensando en la oportunidad perdida para siempre? Entonces me volvía a lanzar al abismo e intentaba el beso, temblando incontrolable, las palmas de las manos como cataratas, y yo sentía la cercanía del rostro hermoso, la proximidad de los labios gruesos y húmedos, de pronto el ligero roce de los labios con los míos, y por último el Everest del momento, que era el brevísimo toque de una lengua ajena con la mía, y sintiéndome a punto de morir. Y a pesar de todo, del terror, del sudor, de los nervios que también pertenecían a una categoría aparte de nervios, me sentía eufórico con el beso, rogando que uno de mis amigos lo hubiera visto para que después me lo creyeran. Todo eso lo revivo cada vez que escucho a Barry White, y recuerdo esos instantes mágicos y efímeros del pasado, y me siento afortunado de haberlos vivido. A pesar de los nervios. Y del sudor.

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