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No odiaré

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La semana pasada, en un festival literario en las afueras de Edimburgo, tuve la fortuna de conocer a un magnífico ser humano. Su nombre es Izzeldin Abuelaish.

Este médico palestino, que nació y creció en el campo de refugiados de Jabalia, ha dedicado la mayor parte de su vida a defender la posibilidad de un pacto de paz entre palestinos e israelíes. Durante años, ha tratado a pacientes israelíes y palestinos en varios hospitales de Israel, convencido de que el compromiso de la medicina con la vida es el motor que llevará a unos y otros por el camino de la paz. La vida, “llena de sorpresas” dice él, como si estuviese citando una canción de Rubén Blades, le cambió en cuatro meses.


El 16 de septiembre de 2008 su esposa murió a causa de una devastadora leucemia. El 27 de diciembre de ese mismo año, el ejército israelí lanzó un ataque aéreo sobre Gaza, donde Izzeldin vivía con su familia, en respuesta al lanzamiento de misiles Qassam desde territorio palestino por parte de Hamas. El 3 de enero de 2009, las tropas israelíes invadieron Gaza.


Durante las siguientes tres semanas, la franja de Gaza fue convertida en una de las más violentas demostraciones de fuerza por un Estado en contra de una población civil desarmada. El 16 de enero de 2009, tres de las hijas de Izzeldin y una sobrina fueron asesinadas cuando un proyectil de artillería disparado por el ejército israelí hizo estallar su casa en pedazos.


“Yo estaba ahí, lo vi todo”, ha dicho. “Mis niñas, sus cuerpos destrozados, una de ellas decapitada”. Cualquiera de nosotros, meros mortales, habría enloquecido de ira. Pero este titán, este Job contemporáneo, en vez de ceder a la desesperación y el deseo de venganza, optó por la sabiduría del rabino Jonathan Sacks: la peor arma de destrucción masiva es guardar odio y rabia en el corazón.


Desde entonces, Izzeldin va por el mundo con un mensaje simple: es hora de abandonar la búsqueda de alguien a quien culpar y optar por la esperanza. En su libro, No odiaré, afirma que seguir adelante y tocar las vidas de otros es la cura contra la ira y el odio. Y que la esperanza es lo que más importa en la vida. Por ello mismo piensa que los miembros más fuertes y sabios de cualquier sociedad son sus mujeres, pues mantienen la esperanza y el equilibrio de este mundo. El odio y la ira son una enfermedad, dice, el verdadero enemigo de la paz.


Ojalá los colombianos acostumbrados a confundir la ira y el odio con lo justo prestaran atención a este mensaje: cierto expresidente, quienes celebraron con las vísceras la partida de Piedad Córdoba, los que buscaron atentar contra Iván Cepeda. Quizá entonces entenderían una de las razones por las cuales aún estamos tan lejos de alcanzar la paz en Colombia.


Analista y profesor del Birkbeck College de la U. de Londres

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