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La periodista Carolina Calle, sobre quien El Espectador publicó el 11 de enero, escribe las cartas que le dictan mujeres que no saben leer ni escribir y que están internas en una cárcel de Medellín. Quien redactó la noticia habla de mujeres presidiarias, pero entiendo que la denominación correcta es “internas en establecimiento carcelario”.
Carolina Calle es periodista al servicio del amor. En el fondo es una poetisa que sabe transformar en amor el dolor de “mujeres analfabetas que no tienen visitas ni llamadas y que llevan mucho tiempo sin saber de sus seres queridos”. Son en el fondo vendedoras de rosas y soñadoras. La nota sobre Carolina no puede pasar inadvertida. ¿En pleno siglo XXI mujeres que no saben leer ni escribir? Seguramente con heridas de padres kafkianos y núcleos sociales que las han tratado como indeseables y hasta las habrán señalado como indignas del derecho a vivir. ¿Cómo es posible que una sociedad que las ha maltratado, que les ha negado los más elementales derechos humanos, porque actuaron como les enseñaron a actuar, tenga autoridad moral para decretar que deben vivir privadas de su libertad física en una cárcel? Cuando una persona actúa como su medio le enseñó a actuar, le enseñó que ese comportamiento era el normal, no se le puede imputar dolo porque su capacidad de distinguir entre el obrar bien y el obrar mal, como lo cree la civilización, solo le permite elegir el obrar mal porque es lo que ella cree que está bien. Seguramente me dirán que no conozco la ley penal y para este caso la he omitido para fundarme en la condición humana de personas que la ley considera que actúan mal, conclusión a la que llega de manera objetiva, sin consideración de las circunstancias de vida de esas personas a quienes se les ha negado el conocer lo que debe ser un entorno vital para un ser humano.
Carolina Calle, con las cartas que le han dictado, está haciendo un llamado al Gobierno y a la sociedad, para que revisen los parámetros de juzgamiento y, por sobre todo, que implementen ya todos los mecanismos para que cese el analfabetismo en sus diferentes expresiones y para rescatar la dignidad humana que se les ha negado a muchos colombianos y colombianas. ¡Que Carolina siga enviando cartas y que sus destinatarios, el Gobierno y la sociedad las respondan con hechos!
Carlos Fradique-Méndez. Abogado y profesor.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com