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El color del gato…

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Deng Xiaoping, el singular líder chino, solía decir: «El color del gato no es lo que importa; lo que importa es que cace ratones».

Deng logró extraer a centenares de millones de chinos del marasmo y la miseria en que Mao y la ortodoxia comunista los había colocado. El diminuto líder nunca permitió que los burócratas del Partido le dijeran que tal o cual política económica se podía o no aplicar dependiendo si reñía o no con la ortodoxia marxista. ¡Deng poca atención les ponía a los tontarrones!

A Camila Vallejo, la carismática y articulada líder de los estudiantes chilenos, contrario a Deng Xiaoping, es el color del gato lo que le importa. El francés Francois Guisot afirmaba en el siglo XVIII que no ser izquierdista a los 20 indicaba falta de corazón; pero serlo a los 30 era prueba irrefutable de falta de cerebro. Camila tiene enorme razón en exigir educación de calidad para todos los chilenos, indistintamente de género, raza o capacidad económica. Donde Camila, militante activa del Partido Comunista Chileno, se encuentra diametralmente equivocada es cuando exige que la educación debe ser un monopolio del Estado y cuando aboga por la abolición de la educación privada. La chilena deja entrever que todavía tiene más corazón que cabeza.

La excelencia en educación, como los gatos que saben cazar ratones, no tiene color. Pocos ponen en tela de juicio que, de lejos, las mejores universidades del mundo están en Estados Unidos y con contadas excepciones, buena parte de estas instituciones son privadas, no estatales. La educación primaria y secundaria gringa, por el contrario, corre por cuenta de los condados (municipios), y a todas luces es deficiente. Al otro lado de la moneda en Francia (y en parte importante de Europa) la educación primaria y secundaria, siendo pública, es excelente. Por el contrario, las universidades públicas en Europa, en especial si se comparan con las norteamericanas, dejan mucho que desear. Afirmar que sólo la educación pública, o por el contrario, sólo la educación privada es óptima, es una manifiesta y solemne estupidez.

Pero haciendo abstracción de Deng Xiaoping y de Camila, la realidad es que en el desarrollo armónico de una nación la educación es la piedra angular. Lo es por dos razones: la primera es que la mayor riqueza de un país es su capital humano. La historia reciente ha demostrado que la abundancia de recursos naturales, en ausencia de capital humano, en vez de una bendición suele ser una maldición. La segunda es que la equidad no se logra por medio de leyes, ni es mucho menos un asunto de policía. La única manera permanente y sostenible de lograr equidad social es por medio de la educación.

Dicho lo anterior, caben dos advertencias: educar mal, aparte de botar la plata, es contraproducente. Un médico deficientemente preparado es bastante más letal para la sociedad que los ungüentos de un chamán indígena de Chapinero. En educación hay una máxima irrefutable que señala que la calidad del educado está inexorablemente ligada a la excelencia del profesor. Y buenos profesores sólo se obtendrán preparándolos bien, pagándoles un salario competitivo y evaluándolos con frecuencia. Mientras que Fecode intervenga y obstaculice la evaluación de sus afiliados, la educación pública en Colombia está condenada a la mediocridad.

La segunda advertencia es que es inútil educar a la población cuando el Estado es el único empleador. La dictadura de la burocracia y la preeminencia del Estado en la economía asfixian toda iniciativa empresarial. La sentencia Ayn Rand no pierde vigencia: “Si para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes, sino favores, entonces podrá afirmar sin temor a equivocarse que la sociedad está condenada”.

 

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