“El blues de la parranda”: sonidos del Otún y el Misisipi

La Fundación Albor lanza su primer álbum, en el que fusiona estos dos géneros por primera vez en la historia musical colombiana.

El proyecto se grabó en un estudio pereirano llamado Artis Pro. / Jess Ar
El proyecto se grabó en un estudio pereirano llamado Artis Pro. / Jess Ar

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Los ríos suenan, no solo por el rumor de su corriente sino también por el paisaje sonoro que los acompaña. Basta seguir el trayecto del río Otún desde Pereira hasta su nacimiento en el Parque Nacional de los Nevados para percibir toda la vida del territorio, el zumbido ronco de una chiva tricolor, que sube y baja del bosque a la ciudad, como el único trasporte público de gentes de sonrisa amplia y saludo a flor de boca, los paseos de olla de bañistas que sin miedo a pescar una gripa se sumergen en sus aguas glaciales que bajan del páramo, una hilera interminable de ciclistas y caminantes esporádicos que trepan las lomas en busca de un aire más liviano.

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Después de 20 minutos de recorrido se llega al punto conocido como la Y, que es el centro del corregimiento de la Florida, una bifurcación de calles sencillas donde se entrecruzan casas de chambranas y elegantes chalets y donde además convergen los disímiles destinos de 4.000 personas, entre campesinos, artistas, artesanos, tenderos, biólogos, chamanes, pastores, deportistas o personas sin nada más que hacer que sentarse a contemplar las inmensas montañas azules que los circundan, con una cerveza en la mano.

Este asentamiento es famoso por su Concurso del Gallo Ornamental en agosto, sus cultivos de cebolla, su vocación actual por el turismo ecológico, y el ambiente festivo y rumbero de los domingos en la tarde en las cantinas, tabernas y cafés que están recogidas en la Y. Allí, por capricho de la vida o paradoja de la suerte, se han encontrado más de una vez, para tomar unos tragos anisados o añejados, que calientan el cuerpo para el baile y la voz para animar la fiesta, Rubiel Pinillo, oriundo cantante de música parrandera de la zona, y el bluesman Carlos Elliot Jr., quien se mudó hace dos años, huyendo precisamente del ruido de la urbe.

Estos dos músicos han tenido vidas muy diferentes, pues mientras Rubiel Pinillo es un juglar de la vereda que nació en cercanías de la laguna de Otún y nunca abandonó su terruño, Carlos Elliot Jr. es un cantante que creció en un barrio de Dosquebradas, compone en inglés, ama la música gringa y se va de gira cada año por todo el mundo. Mientras el uno es ruralidad, el otro es globalización, y así se contrastan, entre lo propio y lo forastero, la picaresca del español paisa y la melancolía del inglés. Sin embargo, no deja de sorprender que ambos en apariencia sean tan parecidos, dos hombres silvestres de sombreros de ala ancha, botas texanas, jeans vaqueros y bigotes montaraces.

Tan semejantes como contrarios, ellos son las dos caras del primer álbum con el que la Fundación Músicas en Albor pretende recuperar las músicas de territorios colombianos y fusionarlas con ritmos extranjeros, desde una contextualización antropológica, social e histórica. En esta apuesta, Carlos Elliot Jr., reconocido como un pionero del blues en Latinoamérica, trae las vibración de delta del Misisipi para mezclarla con el traqueteo de la música bailable de la cuenca del Otún que interpreta Rubiel Pinillo.

Pero ¿qué pueden tener en común las melodías en inglés de los negros algodoneros esclavizados en plantaciones del Sur de los Estados Unidos y las composiciones de los campesinos antioqueños que se abrieron camino entre la agreste topografía del Gran Caldas?

Estos dos géneros, al igual que sus intérpretes, de contextos diferentes y ubicaciones geográficas tan lejanas, el Misisipi y el Otún, son dos corrientes con sus aguas en tensión pero también en equilibrio, pues en el fondo son músicas campesinas y rebeldes para la celebración y el encuentro, que tienen la misma esencia y raíz, un espíritu que suena aquí y allá, entre sembrados y montañas, de viejas guitarras tocadas por manos rudas de las que salen acordes cadenciosos y prolongados inspirados en los frutos de la tierra y los lamentos de la vida. El mundo antes de la modernización, en el que la existencia no tenía mayores preocupaciones que las misiones elementales del ser humano, amar, ganarse la vida y no morir muy rápido.

Todo esto tal vez explique por qué en El blues de la parranda, título con el que bautizaron el disco-libro de 90 páginas y 10 canciones —que ya está a la venta en todo el país—, no se siente forzada esa unión de estos dos universos y culturas. Aquí, aseguran sus creadores, no hubo resistencias, ni renuncias personales, sino que todo surgió de un intercambio respetuoso y natural, como dos ríos que se funden. Se trata de un trabajo de alta calidad desde lo periodístico, literario, visual (fotografía y diagramación) y, por su puesto, lo musical, en cabeza del productor estadounidense Bobby Gentilo y acompañado en los coros y vocales por el grupo Los Parranderos de La Florida.

Jaime Andrés Monsalve, jefe musical de la Radio Nacional de Colombia, aseguró que, aunque en los últimos años hay una efervescencia musical en el país por las fusiones, este álbum es un proyecto sin precedentes en la historia de la industria discográfica reciente, pues nunca se había concebido esta posibilidad de mezclar el blues con la parranda. “Está llamado a ser el disco pionero por cualquiera de sus dos caras, sea cual sea el río que el oyente acostumbre a nadar”, señaló.

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Un proyecto realizado desde las dos orillas, pues se grabó en un estudio pereirano, Artis Pro, el primer estudio de grabación profesional que pisó Rubiel en su vida, y la posproducción se realizó en Pensilvania (EE. UU.), en el Right Coast Recording Studio. Sin embargo, todas las letras y sonidos son en realidad un gran homenaje al territorio y a la cultura de La Florida. Se habla de los personajes típicos, como el curandero Miguelito, que tiene la contra para todos los males, o Jesús Abel, el trasportador también conocido como “Chuma” o “Chumacera”, o del baile del ratón, que es pa’lante y es pa’trás. Se habla de la riqueza de la fauna, con la canción sobre los monos aulladores, El llamado de los Monkeys, o Katrina, la mula, como distinción a ese animal con el que se abrieron caminos, o momentos históricos como Las chicas del camuflado, melodía que rememora el episodio del traslado de unos soldados a la vereda, que generó el alboroto de sus mujeres.

Carlos Elliot reconoce haber aprendido mucho de Rubiel Pinillo, pues solo tenía dos canciones en español y para este proyecto se atrevió a escribir cuatro más, gracias a que Rubiel le enseñó su manera natural de componer. Esta confluencia de corrientes apenas comienza, pues ahora vienen la grabación de los videos del álbum, los conciertos de promoción y una gira que aspiran hacer por Europa para llevar las historias que se viven en el borde y a bordo de un río.

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