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Ave de corto vuelo

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Los tartufos de la derecha de caricatura (esa que se expresa en pulida prosa grecocaldense) suelen llamar “caguaneros” a quienes, en medio de la infinita arrogancia de las armas, creen en que la apuesta real es la paz negociada con la guerrilla.

Ahora, estos pichones de halcón están alborotados, tachan a ciertas “élites” de cobardes y flojas, al preferir el posible diálogo con “el enemigo”, a la bala ventiada y el permanente estado de crispación, dos elementos que ya demostraron sus poderosas limitaciones, pues la meta final -la derrota absoluta del “terrorismo”-no se logró, así la propaganda diga otra cosa: que estamos en el principio del fin de los bandidos, antesala de la rendición sin atenuantes.

Todo lo contrario. Por más contorsiones linguísticas que se hagan, lo concreto es que las Farc siguen en lo suyo: la emboscada, el asalto, el ataque contra la población civil. Se dice que están acabadas en lo militar y en lo político, pero la secuencia de acciones armadas, en varios departamentos, su reacomodamiento estratégico, indican que su capacidad de fuego sigue ahí, haciendo daño como siempre, produciendo bajas en las filas de las Fuerzas Armadas, dejando soldados liciados de por vida,  generando terror y desplazamiento en las comunidades.

Afirma el presidente Santos que las condiciones están dadas para un posible escenario de diálogos con las huestes de Alfonso Cano, pero, a la luz de lo que ha sido la historia de los tumultuosos intentos de paz de los últimos 25 años, uno podría pensar que es todo lo contrario: lejos estamos de un proceso en el que la sociedad civil sea la punta de lanza de las  transformaciones que, por una parte, completen la tarea iniciada en la constituyente de 1991, y por otra, permitan la desmovilización efectiva de la guerrilla. 

A pesar del gran anhelo nacional que había en 1982 de acabar con la confrontación armada, esa voluntad no se tradujo en liderazgos políticos que fueran el motor fundamental de todo el proceso. El presidente de la época, Belisario Betancur, firmó unos acuerdos, a nombre del estado colombiano, en los que se condicionaba el desmonte de los aparatos armados insurgentes a la existencia de un proceso de reformas sociales y de medidas que garantizaran la participación de los amnistiados en la vida civil del país, sin la amenaza de ser asesinados en las primeras de cambio. La guerrilla, por lo tanto, adquiría un perfil de vanguardia al convertirse en impulsora de las transformaciones,  al tiempo que la izquierda civil, y la ciudadanía en general, se limitaban a apoyar lo establecido por las partes y a pintar palomas en las paredes.

En 1991, con la Asamblea Constituyente, en la que participaron guerrilleros desmovilizados, se amplió el alcance del proceso: ya no eran negociaciones entre delegados del presidente y los líderes de la subversión, sino  deliberaciones políticas en un espacio de participación, distinto al Congreso, en el que se encontraron diversos movimientos, partidos y sectores sociales. Este gran logro ciudadano, fue empañado por la toma militar de Casa Verde, que abortó la posibilidad de que delegados de las Farc hicieran parte de dicha Asamblea.

Todas estas experiencias de enormes fracasos y frustraciones, han hecho que la  paz sea un ave de corto vuelo. Incluso durante el experimento del Caguán, no logró pelechar, a pesar de que había, de nuevo, dos circunstancias históricas decisivas: el mandato ciudadano por la paz y el rompimiento del equilibrio estratégico, en el terreno militar, a favor de las Farc, después de las  sucesivas derrotas sufridas por el Ejército durante el gobierno de Ernesto Samper.

¿Qué hace pensar que en esta ocasión haya, una vez más, condiciones propicias para retomar el hilo perdido? ¿La supuesta debacle militar y política de las Farc? ¿La Ley de Victimas y su componente de recuperación de tierras usurpadas? ¿El clima internacional?

El único escenario posible sería que Santos, su bancada en el Congreso y un poderoso movimiento ciudadano en favor de la solución negociada al conflicto armado, aportaran las condiciones para la desmovilización  de la guerrilla y la construcción de acuerdos duraderos de paz que no sean letra muerta.

La verdad: no creo que la unidad nacional de para tanto. Y es incierto un posible liderazgo del presidente en la construcción de un gran clima de reconciliación nacional. La frase pronunciada por él, en la Escuela Superior de Guerra, es, por lo menos, inquietante: “el objetivo último de cualquier guerra es la paz.” Perfecto: ¿Cuánto plomo hace falta para cambiar el libreto de siempre?

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