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En las cinco conferencias que Italo Calvino alcanzó a preparar para la Universidad de Harvard, antes de su muerte en 1985, se encuentran igual número de virtudes que él, un lector y escritor notable, consideraba debían ser parte del futuro de la literatura de este milenio que ya vivimos.
Una de ellas, la levedad, me hizo pensar en La delicadeza, la más reciente novela del escritor francés de origen griego, David Foenkinos.
Para Calvino, uno de los probables atributos de los relatos del porvenir sería la “rapidez de estilo y de pensamiento [que] quiere decir sobre todo agilidad, movilidad, desenvoltura, cualidades todas que se avienen con una escritura dispuesta a las divagaciones, a saltar de un argumento a otro, a perder el hilo cien veces y a encontrarlo al cabo de cien vericuetos”.
A lo mejor me equivoque, pero creo que esa es una de las muchas cualidades de esta especie de guión con anotaciones y párrafos de una belleza e intensidad que a veces casi se convierten en cursilería y que fue candidato a diez premios literarios franceses —sin conseguir ninguno—. La delicadeza es una historia de amor. Como en todas sus novelas, el autor de El potencial erótico de mi esposa y Nuestras separaciones (sin traducción al español) parece querer engañarnos con una cierta sosedad y predictibilidad en sus primeras páginas para que, una vez puestos a la lectura, no dejemos de perseguir dónde se torcerá la historia. Foenkinos tiene la gracia de poner señuelos y disparates, haciéndole honor al título de su novela: hay algo que no termina de encajar en la aventura de la hermosísima Nathalie y el galante François, una pareja que se enamora en la calle, comienza a convivir, se casa y termina por asentarse en un romance tan cálido como inverosímil. Y entonces François sale a correr una primorosa mañana de domingo, mientras Nathalie lee una estupenda novela rusa, y es atropellado por el auto de una florista. Ante la viudez, Nathalie se encerrará a trabajar como poseída por haber conocido la perfección. Con el correr de los años aparecerá Markus, un sueco desgarbado en quien nadie jamás ha puesto sus ojos, a no ser para constatar su aparente simpleza, y juntos nos regalarán un disparatado encuentro que no permitirá, por lo menos así me ocurrió a mí, que deje de aparecer una sonrisa dibujada en cada página. ¿Un pequeño cuento de hadas? Tal vez, pero también un relato capaz de ser leve y llevarnos a un territorio que creemos conocido y que se pone en duda por una forma extraña. Lo dicho: algo delicado, algo con “atención y exquisito miramiento con las personas o las cosas, en las obras o en las palabras”.
La delicadeza, David Foenkinos, Seix Barral.ojoalahoj@yahoo.com