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El profesor Arocha escribió en su columna titulada «Pazífico Patrimoniable» (ago/09/2011) que la Fundación Color está «entre otras entidades que militan contra la titulación colectiva y a favor de la propiedad individual».
En primer lugar, la Fundación Color de Colombia no milita contra nada. Ofrece una narrativa nueva, aunque tributaria del proyecto que nació con la Independencia, que invita a construir unos sueños posibles. No canaliza energías “en contra de”, sino “en busca de”. Hay una diferencia apreciable. No pensar igual o no ocuparse de los mismos temas no es militar “en contra”.
La única vez que la Fundación Color de Colombia se ha referido a los territorios colectivos fue para valorarlos como un activo de la población negra, en el marco de un apoyo condicionado al Tratado de Libre Comercio con EE.UU. Un activo para generar bienestar con responsabilidad ambiental y que los hijos de los semianalfabetas lleguen a la universidad, tal vez gracias a negocios con inversionistas afroamericanos. Sí hemos promovido esta idea, pero es difícil verla como “contra la titulación colectiva”.
En segundo lugar, si la base de la acusación de Arocha es la descripción crítica que yo hice de la decisión del tema en la Asamblea Constituyente de 1991, peor. Olvida que propongo otorgarles las dos curules de negritudes a los consejos comunitarios, lo que fortalecería a los territorios colectivos. La evidencia no le cuadra. Pero él se refirió a la Fundación, y no es fácil saber si lo hizo de mala fe o si de verdad así se entrelazan las cosas en su cabeza. Camilo Flórez, desde Canadá, me pide que le cuente que en Color de Colombia no nos importa tanto “el color del gato”.
Daniel Mera Villamizar, directivo de la Fundación Color de Colombia. Bogotá.
El arte de “blackberriar”
Blackberry es una línea de teléfonos inteligentes que integran el servicio de correo electrónico móvil. La línea puede ser muy inteligente, pero la forma como se utiliza el sistema por millones de personas adictas, ya muestra las secuelas del mal hábito. Nuestros jóvenes ya no hablan ni en las reuniones de cumpleaños, casi que ni en las discotecas, parecen seres de otro planeta pendientes de los “maravillosos mensajes” que les llegan por Blackberry.
Gustavo Idárraga Celada. Medellín.