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La fiesta se terminó, el Mundial ya es historia y en el recuerdo del público colombiano quedarán esos lindos días en que pudieron asistir con sus familias al espectáculo del fútbol y disfrutarlo con toda comodidad y seguridad, sin ser acosados por los malandrines que se han tomado las canchas a nombre de tal o cual equipo y los habían alejado de los estadios.
La Policía lució una cara amable y servicial, colaborando en el ingreso de la gente, ayudándole a ubicarse, haciéndole todo más fácil al aficionado. La Policía fue un factor vital para que el hincha sintiera ese ambiente protegido y seguro. También colaboró mucho el que al estadio haya ido otro tipo de gente diferente a la que normalmente asiste al campeonato profesional. Una sola bandera y unos colores diferentes, la camiseta tricolor, no generan protestas ni encienden rivalidades.
Ahora el tema es qué sigue y cómo se va a hacer para que se preserven y se acentúen los cambios en la forma de ir al estadio y disfrutar el fútbol. Las autoridades de Bogotá están pensando en no volver a ponerle mallas al estadio El Campín. Quieren dar el salto de calidad y derribar el Muro de Berlín en una decisión que tiene tanto de ancho como de largo, de ilusa, ingenua y de peligrosa.
Partir de la premisa que en un mes se cambiaron las costumbres, se culturizó al público y se aprendieron las lecciones suena a irreal y utópico. Una cosa es la selección de Colombia y un ejército de 3 mil policías vigilando, y otra un Millonarios-Nacional, Millonarios-Santa Fe, Santa Fe-América —los partidos de más alto riesgo en Bogotá— como para pensar que se pueden abolir las medidas extremas de seguridad, entre ellas las mallas que protegen a jugadores y árbitros de la invasión al campo de estos delincuentes drogados o borrachos.
El Mundial es un punto de partida como toma de conciencia, aprendizaje, pero no se puede pensar que la lección está asimilada integralmente. El fanático de la camiseta parcial sigue allí, en las mismas condiciones, esperando el momento para reeditar la violencia enfermiza que lo caracteriza. Es tan torpe y tan iluso pensar en que están dadas las condiciones culturales y de seguridad para no tener mallas, como creer que mañana se puede sacar la Fuerza Pública de las zonas violentas porque no pasó nada durante el Mundial.
Las autoridades se hacen responsables de lo que pueda pasar por quitar las mallas. Que no vayan mañana a decir que no se les advirtió cuando estén haciendo declaraciones, en el entierro de algún hincha por cuenta de la violencia de las barras… Están avisados, esto no es Alicia en el país de las maravillas.