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Cúcuta está colmada de propaganda política, pero la gente es indiferente al proceso electoral. De cada diez vallas en la capital de Norte de Santander seis o siete son publicidad de algún candidato al Congreso; pero la repercusión ha sido mínima, porque el grueso de la población cucuteña poco o nada quiere saber de los políticos. En las calles de la ciudad es evidente la informalidad, la pobreza, la confusión entre placas vehiculares colombianas y venezolanas, pero no se siente que en exactamente un mes se vaya a elegir un nuevo Congreso. Para algunos habitantes es algo nuevo, pues otrora, por esta misma época, el clima político en la región era sofocante: volanteo en las plazas, candidatos recorriendo los barrios, megaeventos con artistas y todo tipo de estrategias para conquistar votos.
En la visita que hizo El Espectador a la ciudad no se vio nada de esto. Por ejemplo, hablar con las personas que pasean por el céntrico Parque Santander luego de una jornada laboral o que se rebuscan la vida vendiendo helados, lustrando zapatos o pidiendo limosna, era como hablar con alguien de otro país. Algunos sabían que había elecciones pronto, pero manifestaban mucho desconocimiento sobre los candidatos que aspiran a representarlos en el Capitolio. Sobre las presidenciales también se constató mucha desidia, pues de la amplia baraja de aspirantes solo reconocían a Rodolfo Hernández, por su gestión en Bucaramanga, la capital del departamento vecino, y a Sergio Fajardo y Gustavo Petro, repitentes en la contienda. Otros, la gran mayoría, ni siquiera sabían que estamos en año electoral.
El clima político en Norte de Santander se ha visto empañado por lo ocurrido en el último cuatrienio. Muchos nortesantandereanos confiaron su futuro al gobierno Duque; pero, ad portas de finalizar su mandato, sienten que hay un retroceso con respecto a cómo estaban en 2018. Duque venció en el departamento, tanto en primera vuelta (378.192 votos) como en segunda (486.897), en parte por sus promesas para enfrentar la crisis migratoria y su discurso férreo contra Nicolás Maduro. De esta forma, consolidó la tendencia del voto de derecha que hay en Norte de Santander, a excepción de la región del Catatumbo. No obstante, temas como el cierre de la frontera y lo poco que tenía para ofrecerles Cúcuta a los migrantes detonaron una problemática social que hoy se evidencia, por ejemplo, en los cientos de personas que habitan las calles.
Las cifras sobre el mercado laboral que reveló hace una semana el DANE indican lo preocupante que son la informalidad y el desempleo en Cúcuta. Si bien hay una reducción, es con 70,5 % la ciudad con la tasa de informalidad más alta de Colombia. También es, después de Quibdó (20,6 %), la capital con la mayor tasa de desempleo (19,4 %). Eso, en palabras de Jairo Oviedo, vocero de la Misión de Observación Electoral (MOE) en el departamento, derivó en que la gente crea que este Gobierno no solucionó absolutamente nada. “Sienten desencanto. No hay una mejoría en las condiciones de vida. Por otro lado, están con ganas de cobrarle cuentas a la clase política, porque sienten que durante la pandemia los abandonaron”.
Esa es otra de las razones para la alta apatía que hay entre los cucuteños respecto a los comicios de este año. Según comentaron algunos, en medio de los confinamientos hubo muchas comunidades vulnerables que quedaron a merced de las ayudas de los vecinos. Y en los barrios donde los políticos solían hacer proselitismo, estos brillaron por su ausencia y les dieron más motivos a los ciudadanos para renegar de todos ellos. La consecuencia de esto, señala Oviedo, es que habrá mucha abstención o una votación alta por candidatos distintos a quienes han ostentando el poder en Norte de Santander.
Y aunque la campaña se siente fría en Cúcuta, en otros municipios del departamento el tema es mucho más vehemente. Para la MOE, más allá de la trashumancia y la compra de votos, los principales riesgos de esta campaña electoral son la violencia y el conflicto armado. “Hasta el momento no es un tema a favor o en contra de candidatos específicos, sino de hacer presencia y decir ‘acá estamos en el territorio y nos hacemos sentir’, y por otro lado es un tema de control territorial para fortalecer las economías de uso ilícito”, explicó Oviedo, quien recordó que en la elecciones regionales de 2019 hubo amenazas a candidatos en el municipio de San Calixto y asesinaron a un candidato a la Alcaldía de Tibú, por lo que se mantienen las alertas, pues donde hay gente armada todo puede pasar.
Estrategias para retener el poder
Luego de esperar por casi veinte minutos en la sede de uno de los candidatos al Congreso, viendo cómo entraban y salían personas de su oficina, por fin hubo atención. “Siéntese, sea candidato por unos minutos”, me dijo, y me cedió su escritorio. Acto seguido, dejó pasar a uno de los líderes que aguardaba su turno y le pidió que contara qué necesitaba. Algo contrariado, el líder de una de las zonas más complejas del departamento procedió a decir: “Usted sabe, vengo por la ayuda”. “¿Qué tipo de ayuda?”, repliqué. Me habló entonces de una inscripción a un torneo de fútbol y aseguró que “todos” se habían comprometido con el voto.
Tras la breve conversación, el candidato, que pidió omitir su nombre por su revelación, describió cómo funcionaba la compraventa de votos en esta época. Ya no se hace tan evidente como antes, con tejas, tamales o maletas cargadas de dinero. Los corruptos han sofisticado sus tácticas y ahora hacen que el tema parezca más natural. También afirmó que no hay candidato que no acuda a esas prácticas, pues a su juicio “la gente no sale a votar si no se le da algo. Todo el mundo vende su voto. Le recibe dinero a muchos candidatos y al final no vota por ninguno. Es un tema de corrupción tremendo”.
De acuerdo con el aspirante al Congreso, quien reconoce que llegó a la política con ganas de hacer cambios, pero “el sistema absorbe”, el ciclo de la corrupción nace en el proceso electoral. “Un congresista se prepara cuatro años para robar al Estado y después para darle al pueblo algo en el proceso electoral. El político mira qué roba, ve qué le queda y les lanza algo a los demás, porque lo que le vienen a robar en campaña es grande. Todos los que vinieron piden mínimo $1 millón”.
De igual forma, con increíble desparpajo, me preguntó si no eran igual de corruptos los ciudadanos. “Usted paga 3.000 votos y le salen 300. A todos los políticos les piden cosas y la gente señala solo a los políticos, pero no a la gente. Son aves de rapiña. Es una cadena y el proceso electoral en Colombia es una alcantarilla. Uno quiere cambiar el país, hace leyes para transformarlo, pero cuando llega el proceso electoral, se da cuenta de que eso es un mierdero que no va a cambiar nunca”.
No obstante, otros candidatos con los que hablamos durante el recorrido rechazaron las afirmaciones y señalaron que no es un tema de todas las campañas. Eso sí, algunos coincidieron en que hay sectores sociales con un bajo nivel de desarrollo que ven la época electoral como la única forma de lograr un ingreso generoso para sus comunidades, pero que eso no implica que todos accedan a esos “chantajes” para conseguir votos en las comunidades. Congresistas y aspirantes a repetir curul, como Ciro Rodríguez (Partido Conservador) y Milla Patricia Romero (Centro Democrático), manifestaron que la pelea contra esas estructuras hay que darla con propuestas sobre los grandes problemas del departamento, en especial la migración.
Y es que, sin importar la tendencia, el tema migratorio ha sido una de las bases de la campaña. Para todos los candidatos es clara la necesidad de abrir la frontera y que exista una binacionalidad, esté quien esté al mando de Venezuela, para temas como comercio y turismo. En este aspecto, han dedicado buena parte de sus propuestas, mientras los grandes electores del departamento (las casas Suárez, Villamizar o Díaz) buscan, según expertos en la política nortesantandereana y arrastrar votos para unas listas que definen de “flojas”.
Uribismo: a paliar el golpe; Pacto Histórico, a beneficiarse de la indignación
En el Centro Democrático son conscientes de que la bancada en el Congreso disminuirá, no solo porque ya no está Álvaro Uribe encabezándola, sino también porque saben que la imagen del Gobierno no es la mejor. Y mucho menos en Cúcuta, donde los grafitis y comentarios de la gente hacen pensar que el uribismo está perdiendo mucho del terreno que abonaron hace cuatro años. No obstante, no hay temor a un voto de castigo, pues afirman que saben cómo revertir la situación.
Para Milla Patricia Romero, única mujer candidata al Senado en todo el departamento y quien tuvo la tarea de reemplazar a Uribe cuando renunció a su curul para atender temas judiciales, la clave está en “la coherencia”. “Siempre he sido coherente en todas mis posturas. La gente no me ve en politiquería y mientras los demás se enorgullecen de tener concejales o diputados, mi campaña ha sido directa con el pueblo”, afirmó la senadora, quien considera que el gran reto que tienen todos los candidatos es tratar de convencer a esas personas que están hastiadas de lo mismo. “Hay que romper esa indiferencia y creo que lo hemos ido logrando”.
En la otra orilla, el Pacto Histórico confía en que habrá un giro. El movimiento, que en el departamento es sustentado en su mayoría por jóvenes, asegura que el gobierno Duque “hizo trizas el destino de la ciudadanía fronteriza, afectando no solo a colombianos sino también a venezolanos”. Así las cosas, gran parte de los mensajes que envían en sus vallas tiene que ver con que, a pesar de lo ocurrido, el escepticismo no es la solución.
El candidato más visible del petrismo en Cúcuta es Rubén Zamora, excombatiente de las Farc y exnegociador del Acuerdo de Paz. A pesar de que está en el puesto 67 de una lista cerrada y, por tanto, es consciente de que no será senador, hace campaña como si estuviera entre los primeros puestos, pues asegura que es la única oportunidad de tener un buen gobierno. “Nosotros hemos venido enviando mensajes de que hay solución a este atolladero en el que nos metieron todos los gobiernos, no solo el de Duque. Nosotros somos capaces de resolver estos problemas”, dijo confiado Zamora.
El ambiente electoral en Cúcuta está enrarecido y todo apunta a que, con el paso de los días, la campaña irá tomando forma. No obstante, es innegable que hay mucha indiferencia e incredulidad por causa de los años de promesas incumplidas y porque la ciudadanía ya no sabe qué esperar de la clase política de la región.
