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La ciencia y el cartero

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Los autores de ensayos científicos nos miran con recelo a los que hacemos divulgación; dicen que especulamos, que nos pierde nuestra debilidad por la metáfora, que somos capaces de cuadrar el círculo para pulir un verso.

Nosotros decimos que ellos son prolijos y aburridos. Es una discusión tonta, por supuesto. El texto duro es el lenguaje natural del científico, cuyos escritos deben ser precisos y, por lo mismo, un tanto crípticos. Es un lenguaje que lucha contra la polisemia natural de las palabras, contra los arabescos de la pluma y los prejuicios del corazón. El ensayista científico es un hombre que juega a ser máquina, un ojo que pretende ser diafragma.

El papel del autor de divulgación es más humilde: traduce al cristiano el lenguaje del científico. Es el cartero que lleva al hombre de la calle las cartas del brujo, pero se toma en el camino la libertad de iluminar ciertos pasajes, los alivia de su aparato erudito, de sus rigores y ecuaciones. Gracias al divulgador el hombre de la calle puede asomarse a los “palacios de precisos cristales”, a esos laboratorios de donde salen armas terribles, discos mínimos que alivian en segundos el dolor, naves que vuelan más allá del sol, robots que caben en la punta de un alfiler, artefactos virtuales, teorías, vastos frescos del pensamiento… O una línea, el pie de página capaz de cambiar el curso de la historia.

Bueno, y para qué saber tanta cosa, dirá usted. La gente, querido señor, quiere saberlo todo por tres razones: primero, porque sí, porque está en su naturaleza la curiosidad. Porque no le basta admirar el arco iris. También quiere saber cómo diablos hace Dios para que no le tiemble nunca el pulso.

Segundo, porque el señor de la calle es un filósofo. A diario debe tomar decisiones prácticas que involucran dilemas morales. Algún día debe decidir, digamos, si paga o no el aborto de su hija. Tiene deseos inconfesables, ambiciones mezquinas y raptos filantrópicos. A ratos quiere cambiar el mundo. Todos los días quiere embolsillárselo, pero teme que Dios, su cónyuge o la policía lo sorprendan. La conciencia es esa vocecita interior que nos advierte que alguien puede estar mirándonos, como dijo un cínico, es decir, un moralista de choque. Además, sabe que un día morirá. Sabe que “hasta el más cobarde atravesará esa puerta” (la sentencia es de William Ospina) y ante la tumba, quién lo duda, hasta el más macho filosofa.

La tercera razón es social: el ciudadano debe estar bien informado porque tiene voz y voto en la comunidad. Para ser digno de este derecho debe conocer algo de la historia reciente; por ejemplo de parapolítica, esa vasta y tétrica revolución; y algo de historia mediata, para entender la reciente; y algo de derechos humanos, “esa religión laica”, como la definió un delicado; y algo de la geopolítica del mundo porque, para bien y para mal, ya no hay ruedas sueltas en estos tiempos; y debe conocer la historia del tráfico de drogas; y sobre el genoma, sus límites éticos y sus doradas posibilidades; debe saber si los fertilizantes químicos son una peste o una bendición, si alimentos transgénicos son venenos o bálsamos, si los biocombustibles son la luz al final del túnel, o si es verdad el rumor que corre: ¡que ni siquiera hay túnel!

Debemos conocer aunque sea el trazo grueso de la historia para participar de manera activa en los debates, para discutir en las reuniones, para opinar con criterio en las encuestas, para replicar la información en nuestras casas y círculos de influencia, para elegir buenos candidatos. Mientras no tengamos una masa crítica bien informada, la democracia seguirá siendo un alto espejismo, apenas una bella palabra.

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