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Crecimiento económico e inequidad social

Rodolfo Arango
17 de agosto de 2011 – 06:00 p. m.

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El fantasma de la recesión económica se pasea por el mundo. Standard & Poors decidió la semana pasada bajar la calificación a la confiabilidad económica de Estados Unidos.

 

Los norteamericanos viven al debe y los chinos compran su deuda pública. La amenaza amarilla, como llamaba el canciller Bismarck al gigante dormido, desplaza a la otrora potencia mundial. El desenlace es aún imprevisible, pero la caída en picada del dólar y el refugio de los capitales en el oro y obras de arte reflejan el nerviosismo generalizado.

Al otro lado del mar los ingleses viven y sufren revueltas, incendios y saqueos a comercios. La inconformidad social crece al unísono del endurecimiento de las medidas de orden público. El primer ministro, David Cameron, atribuye la situación a la crisis de valores y promete mano dura. Su contradictor laborista, Ed Milibard, responsabiliza a bancos y al propio gobierno de la crisis. La herencia de la tercera vía parece tocar a su fin. El abismo entre pocos privilegiados y emigrantes o jóvenes extranjeros sin futuro se profundiza, exacerbando la estabilidad política de la isla. Ya advertía Isaiah Berlin que el liberalismo político pelecha en sociedades prósperas y homogéneas, lo que no vale necesariamente para sociedades pluralistas abiertas a la competencia internacional.

De vuelta en América Latina, el presidente Sebastián Piñera llega al nivel más bajo de su popularidad en pleno crecimiento económico y un índice de pobreza reducido al 12% de la población. Chile enfrenta semanas de protestas y paros estudiantiles que se oponen a la privatización de la educación pública y exigen calidad y equidad. Camila Vallejo, líder estudiantil de 24 años, pone en jaque al gobierno del país de la economía de mercado soñada por los “Chicos de Chicago”.

Mucho nos serviría para precaver tristezas futuras mirar atentamente los sucesos actuales en Estados Unidos, Inglaterra y Chile. Allí la violencia o la indignación campean mientras sus funcionarios prometen revisar el desmonte de las prestaciones sociales del Estado. Los países adalides del libre mercado, la acumulación de capital y la especulación financiera enfrentan una peligrosa enfermedad: el crecimiento de la inconformidad de sus pobladores, que amenaza con devorar la pax social emanada del único orden mundial luego de la caída del Muro de Berlín.

El capital financiero, gasolina necesaria para mover el pesado e ineficiente aparato capitalista, chupa la sangre del tejido social. Los derechos a la salud, a las pensiones, a la vivienda o a la tierra, ven esfumarse los dineros necesarios para hacer posible su disfrute efectivo. Los fondos públicos (como el Fosyga) son la caja menor de gobiernos. El efectivo fluye para alimentar la creciente demanda pública y privada por recursos financieros para mantener la burocracia y el capital. El Estado “vampiro” se alimenta de la savia social; traslada recursos tributarios de pobres a ricos; permite la especulación en bolsa de fondos pensionales; y apadrina a la empresa privada que va ahora en pos de la educación pública, principal medio para generar equidad social. No en vano se dice que el siglo XXI será el siglo de los derechos sociales, económicos y culturales. Ya se avizora su masiva y sistemática violación. Tierra fértil para la indignación, la movilización y la radical democratización de la sociedad.

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