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Es de noche. El humo de los edificios en llamas hace difícil respirar.
Un grupo de jóvenes camina de prisa calle abajo. Uno de ellos lleva en la mano lo que parece un bate. Se trata de un garrote al que se ha hecho tras desarmar a un policía. Más adelante, la línea de antimotines se hace evidente en el reflejo de las luces azules en los escudos. La calle está cubierta de escombros. Londres arde.
“Ver apalear polis, ser parte del grupo y todo eso, pues es divertido”, dice Alex al escritor Shiv Malik en un lugar de Peckham conocido como “el muro de la paz”. Él habla de provocación por parte de la policía y cita la muerte de Mark Duggan a manos de las autoridades como el detonador de esta explosión en las calles de la capital británica.
Alex tiene 22 años. Como miles de jóvenes aquí y en otras ciudades del llamado mundo desarrollado no tienen empleo permanente y lo más seguro es que jamás lo tengan. Él lo sabe. “Estoy ayudando con las reparaciones, al menos los saqueos dan trabajo y algo de dinero”, afirma.
Al día siguiente, mientras los edificios quemados, las barricadas en el lujoso centro comercial Westfield y los 16.000 policías convertían a Londres en el escenario de una película posapocalíptica, los expertos y los políticos obligados a regresar de sus vacaciones en el extranjero se apresuraban a dar explicaciones. “El problema es que los blancos se han convertido en negros”, dijo el historiador David Starkey en televisión. Si esa es la razón de los expertos y si puede considerarse un crimen vivir sin futuro ni esperanza, como han cacareado los políticos de derecha para quienes los jóvenes airados no son más que “bestias salvajes”, pues entonces son los expertos y los políticos quienes han perdido la razón.
Las declaraciones de Alex me hicieron recordar al protagonista de la estupenda novela de Anthony Burgess y la película de Kubrik. En una naranja mecánica, un grupo de pandilleros usan la ultraviolencia para distraerse del aburrimiento apocalíptico de una sociedad con la cual nada les identifica. El gobierno, repleto de privilegiados, usa a Alex para avanzar su agenda de ley, orden y mercado, y al tiempo esconder su incapacidad para escuchar y entender un mundo al que consideran “un país extranjero”, como dijo Starkey esta semana.
Y aunque las escenas de saqueo recuerden las películas de George Romero en las que los zombies ya sólo responden al condicionamiento consumista de su pasada vida humana en un centro comercial, sería erróneo concluir que ese es el motivo de estos jóvenes. Lo que desean, por el contrario, es una vida con esperanza, tener hijos y un futuro. Pero se están dando cuenta, aquí, en Chile y en todas partes, que nada de eso es posible en el actual estado de cosas. Quizá sea esa la causa de su descontento y su ira.