
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
El deterioro de la gramilla de El Campín no es un accidente ni un problema coyuntural causado por un aguacero puntual. Es la consecuencia de la dependencia de los clubes de escenarios que no controlan y que, en muchos casos, no están pensados prioritariamente para jugar al fútbol.
En Bogotá, el debate volvió a ser tema de conversación la semana pasada por el mal estado del campo. Millonarios, Santa Fe y hasta Fortaleza se vieron obligados a aplazar partidos por pedido de la Dimayor, con la intención de proteger la integridad física de los protagonistas en la cancha.
Sencia, el operador que administra ahora el escenario, tiene sus intereses. Y por razones económicas evidentes, encuentra más rentable llenar el estadio con conciertos que cuidarlo para el deporte que le da sentido. El problema no es solo la concesión actual ni la empresa que la administra, el asunto va más allá y es estructural.
La pregunta de fondo se antoja inevitable: ¿por qué clubes con más de 70 años de historia, millones de hinchas y una presencia constante en el fútbol profesional no tienen su propio estadio?
En el caso de Millonarios y Santa Fe, la respuesta no pasa únicamente por la falta de recursos o de voluntad. Hay obstáculos de terreno conforme a las normas de la ciudad. El Plan de Ordenamiento Territorial (POT) tiene zonas catalogadas específicamente de recreación, las cuales se consideran aptas para este tipo de proyectos; sin embargo, en Bogotá no hay espacio suficiente en estas áreas para la construcción de un estadio.
Mientras tanto, El Campín sigue siendo el único escenario viable para estas dos instituciones históricas en el fútbol profesional. El monopolio funcional se mantiene y tanto cardenales como embajadores siguen dependiendo de un recinto que no les pertenece y cuyas decisiones no controlan.
Los incentivos están claros. Para el operador, un concierto deja cientos de millones de pesos en una sola noche; un partido de fútbol, apenas una fracción de eso. Ese cálculo, la matemática más básica, da cabida a más conciertos, más desgaste, menos margen de recuperación para la cancha y conflictos permanentes con el calendario deportivo.
El caso Deportivo Cali
En Colombia, solo Deportivo Cali logró romper ese esquema en el FPC. Su estadio, ubicado en Palmira, fuera del casco urbano, es el único de propiedad privada en el país. La decisión fue visionaria desde el punto de vista institucional, pero también dejó lecciones muy dolorosas.
Construir y mantener un estadio propio no es una garantía automática de estabilidad financiera. El conocido popularmente como Palmaseca implicó una inversión enorme y costos de operación que, con el tiempo, se convirtieron en una carga pesada para el club. Mantenimiento, servicios, personal, seguridad y adecuaciones constantes son gastos que no perdonan malos resultados deportivos ni crisis administrativas.
Hoy el estadio es al mismo tiempo el activo más valioso de la institución azucarera y una pieza clave para resolver su delicada situación económica. Tener casa propia da autonomía, pero exige gestión profesional, planificación de largo plazo y una estructura financiera sólida. Sin eso, el estadio puede pasar de ser solución a problema.
Los estadios en el exterior
Cuando se observa lo que ocurre en otros países, incluso con economías comparables a la colombiana, la diferencia no está solo en el dinero, sino en el modelo. En Ecuador, por ejemplo, clubes como Barcelona de Guayaquil, Liga de Quito o Independiente del Valle comprendieron hace tiempo el valor de controlar el equilibrio entre el espectáculo y el deporte.
En Argentina, River Plate es un caso ilustrativo. El renovado Más Monumental alberga conciertos, sí, pero el club decide cuándo, cómo y bajo qué condiciones. Los ingresos se quedan en la institución y se reinvierten en infraestructura, plantel y mantenimiento. Además, el desgaste es menor porque solo juega el club que es dueño.
En Europa, el ejemplo de Real Madrid lleva la lógica al extremo. El Santiago Bernabéu es una máquina de ingresos que factura más de 200 millones de euros al año solo por día de partido. Los conciertos representan una porción mínima del presupuesto, no una amenaza para el fútbol. Y aun así, cuando los eventos generan conflictos urbanos o legales, el club ajusta el modelo. La diferencia clave es el control. Cuando el estadio es del club, el fútbol manda. Cuando el estadio es un bien público concesionado, el fútbol compite con quien pague más.
En Colombia, durante años, los clubes aceptaron el modelo de estadios públicos como una solución cómoda. Evitaba grandes inversiones, trasladaba el mantenimiento al Estado y resolvía el problema inmediato. Pero el crecimiento de la industria del entretenimiento cambió las reglas del juego.
Los estadios hoy son negocios multipropósito y el fútbol ya no es necesariamente el cliente más atractivo. Sin estadios propios o modelos que protejan su actividad principal, los clubes quedaron expuestos a decisiones que, en ocasiones, afectan directamente su rendimiento deportivo.
Los clubes tienen razón en exigir canchas en buen estado, pero también deben asumir que el debate sobre los estadios propios, o al menos sobre modelos de gestión más equilibrados, no puede seguir postergándose.
El debate por la gramilla de El Campín no se resolverá con comunicados, sanciones tardías ni promesas técnicas. Mientras Millonarios y Santa Fe no controlen el lugar donde juegan, el fútbol seguirá siendo un invitado en su propia casa.

🚴🏻⚽🏀 ¿Lo último en deportes? Todo lo que debe saber del deporte mundial está en El Espectador
Manténgase al tanto de toda la información deportiva con la SEDE. Estamos en 📷 Instagram 📹 Tik Tok y 📱Facebook