Aprender de los errores

Santiago Montenegro
02 de septiembre de 2019 – 12:00 a. m.

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Ortega y Gasset argumentó que la diferencia entre un humano y un animal era la memoria y, en particular, la memoria de los errores cometidos, para no repetirlos. Por eso, dijo, los tigres comienzan a ser tigres todas las mañanas, como si no hubiesen existido nunca y, por esa misma razón, el tigre de hoy es exactamente igual al de hace 5.000 años. En cambio, el ser humano se diferenció de los otros animales porque comenzó a aprender de los errores cometidos y, por eso, hoy es significativamente superior al de hace cinco milenios. Por su parte, los filósofos del racionalismo crítico argumentaron que, además de ilustrarse de los hechos pasados, los humanos comenzaron a aprender de los planes futuros, no porque lo adivinaran, sino porque aprendieron a matar las malas ideas antes de ponerlas en práctica. Gracias al lenguaje, desarrollaron los instrumentos más valiosos que jamás hayan surgido en la historia de adaptación biológica de los seres vivos: primero, la crítica, y luego, la aceptación de la crítica. La crítica, de nosotros mismos pero especialmente de otros, convirtió el error de un desastre en una ventaja y, a partir de ese momento, con avances y retrocesos, la humanidad fue entrando en la era de la razón. Esa es la racionalidad que permitió a los humanos matar las malas ideas en la mente, antes de ponerlas en práctica, y así evitar una muerte prematura o reducir las consecuencias negativas de muchas acciones.

Estas nociones pueden parecer demasiado abstractas, pero creo que es menester enfatizarlas cuando el ala militarista y más activa de las Farc acaba de anunciar que retorna a la lucha armada. Por encima de consideraciones partidistas y sin afán de acusar a nadie, como país, tenemos que aprender de los errores cometidos, para no volverlos a repetir y para insistir en el logro de la paz. Creo que se cometieron tres grandes errores. Primero, el haber hecho una negociación de gobierno y no de Estado. Como lo planteé en esta columna desde 2012, las negociaciones de La Habana comenzaban mal porque no se había tenido en cuenta a los partidos de la oposición, a diferencia de los acuerdos de Viernes Santo en el Reino Unido y la lucha contra Eta, en España, que fueron exitosos porque, entre otras razones, fueron acordados por todos los partidos democráticos. El segundo error fue no haber ponderado suficientemente que las Farc se habían convertido en un cartel del narcotráfico. Según el profesor Daniel Pécaut, las Farc comenzaron sus nexos con el narcotráfico desde los años 80, lo que llevó al profesor de Oxford Paul Collier a plantear que ya en los años 90 eran el cartel más grande del mundo. Y el tercer gran error fue haber tratado al régimen de Venezuela bajo el principio de “mi nuevo mejor amigo” y, por lo tanto, haber ignorado que esa dictadura criminal tenía en las Farc un aliado para sus planes de expansión continental.

Por supuesto, hay otros hechos que merecen una explicación, como las causas de la expansión de las siembras de coca, pero, si queremos aprender de todas estas consideraciones, una política de Estado se torna imprescindible para un acuerdo de paz. Para enmendar estos errores, para enfrentar la amenaza de las disidencias y para reconducir la política de paz es menester un gran acuerdo con todos los partidos democráticos.

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