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Fueron necesarios poco menos de 14 minutos para que Marco Rubio, la nueva estrella de la Florida, agradeciera a sus votantes por la holgada ventaja que lo convirtió en senador. Catorce minutos de discurso patriótico, un resumen de sus memorias como hijo de exiliados cubanos y la certeza de que hasta ahora, desde la independencia de los Estados Unidos, cada hijo de América había tenido la buena fortuna de recibir un país mejor que el que heredaron sus padres. “Por eso somos la nación más grandiosa en la historia de la humanidad”.
El pequeño Anthony, su tercer hijo, de vez en cuando se acercaba al atril desde el que hablaba su padre y tocaba su mano con picardía. “Él ama los micrófonos”, decía Rubio sonriendo. Sonreían igualmente Daniella y Amanda, cuando por un segundo él dejaba de ver el público, se dirigía a su familia y expresaba su más profunda preocupación: el rumbo por el que Washington está llevando a los Estados Unidos estaba poniendo en riesgo la tradición americana. De no corregir el camino a tiempo, serían justamente sus hijos quienes por primera vez en más de 200 años recibirían una nación peor que la que él había heredado.
Marco Rubio celebraba porque su nombre contaba con más del 50% de los votos para un escaño en el Senado, muy por encima de sus adversarios Charlie Crist y Kendrick Meek, y porque su contundente victoria no era más que la frustración popular en contra del gobierno de Barack Obama, el eje sobre el que giraron las campañas de los miembros del movimiento ultraconservador Tea Party, facción del Partido Republicano. Después de ser el político más popular de los Estados Unidos, el presidente se convirtió en el gran culpable de todas las desgracias que ocurrían en su suelo, la crisis económica, el alza en los impuestos, inseguridad.
Con carisma y mítines por todo el estado, Rubio de a poco se convirtió en uno de los íconos del Tea Party en la Florida y fue allanando su camino hacia el Congreso. Su reciente relevancia dentro del Partido Republicano, apoyada por el voto popular; su ascendencia extranjera y la devoción pública por su familia parecen componer una postal que en otros días era exclusiva de un demócrata llamado Barack Obama. Desde ya se escuchan voces que proponen al nuevo senador como fórmula vicepresidencial en 2012 o, por qué no, como máximo abanderado de la fuerza republicana.
Cubano de sangre
En el campo de juego, Marco Rubio era veloz, agresivo, disciplinado, corría con el cuchillo entre los dientes. La Universidad de la Florida se interesó en él y lo fichó con un trato sencillo: se graduaría de la licenciatura en Ciencias Políticas como deseaba, sin pagar ningún dólar. A cambio, Los Gators, el equipo universitario de fútbol americano, recibirían en sus filas a un buen defensor para reforzar su arsenal, a un hombre hábil interceptando pases y obstaculizando corredores.
El deporte era más que necesario para sus estudios. Con el triunfo de la Revolución de Fidel Castro y su corte, sus padres se marcharon de Cuba con destino a los Estados Unidos. Para ellos el futuro estuvo en oficios no calificados, en servicios de bar y limpieza en hoteles y cadenas comerciales. Eran trabajos difíciles que ni unidos habrían alcanzado a pagar la deuda que saldó el deporte. “Siempre seré un hijo de exiliados y me siento orgulloso de eso”, repetía constantemente durante sus discursos, “Washington no me cambiará”, y la frase por momentos evocaba la imagen de Obama durante la campaña presidencial.
Las yardas que corría en el campo de fútbol le servían para acortar las distancias con la educación, sólo así pudo llegar a la Universidad de Miami, hasta que a finales de los 90 se graduó como abogado y la política reemplazó el campo de entrenamiento. No obstante, su pasión por el fútbol perdura. Antes de revisar la prensa, muy temprano, Rubio enciende su computador para revisar las estadísticas de la NFL (National Football League) y sobre todo los números de los Miami Dolphins. Del equipo de su ciudad ha recibido más que satisfacciones y tristezas. Su actual esposa, Jeanette Dousdebes, una joven rubia de padres colombianos, lideró en otra época el grupo de porristas de los Dolphins.
Tras su paso universitario, Marco Rubio logró una silla en la Cámara de Representantes de la Florida. Desde entonces ha sabido rodearse, tal y como hacen los políticos con ambiciones. Jeb Bush, hermano de George W. Bush, hijo de George Bush y ex gobernador de la Florida, se convirtió en su mentor y lo conectó con la alta dirigencia republicana del estado.
Rubio fue ganando peso en el partido gracias a su buen discurso y carisma. Algunas mujeres, entre ellas la ex alcaldesa de Miami, Rebeca Sosa, reconocen después de tantos años que el joven, además de contagiar con su retórica se ayudaba con sus cualidades físicas, era un latino guapo. No cualquiera podía conquistar a la porrista líder de los Dolphins.
Su ideario político se fue decantando con el tiempo. Como un fuerte representante del Tea Party no duda en oponerse al aborto, al excesivo rol del Estado en la economía, a la inmigración ilegal y a todo aquello, dice, que pretenda convertir Estados Unidos en la Cuba de la huyeron sus padres. De hecho, a pesar de ser latino, en más de una aparición pública se ha mostrado a favor de la promoción del inglés como idioma único de los documentos federales y de la polémica ley de Arizona que entrega la potestad a las autoridades para registrar a cualquier persona sospechosa de ser inmigrante ilegal.
También es afín a la idea de revisar la enmienda constitucional que otorga la nacionalidad a toda persona nacida en suelo estadounidense. No está de acuerdo con que la ley se cumpla cuando los padres del bebé permanecen de forma ilegal en el país. ¿Acaso no es hijo de inmigrantes, por qué sus posiciones son tan duras?, ¿es un “hispanoarrepentido” como sugerían algunos grupos latinos? No, responde Rubio con serenidad, simplemente “soy partidario de la migración legal”.
Más allá de cualquier discusión, los votos que se pronunciaron a su favor fueron claros. Incluso, después del escrutinio, los números dirían que el 58% del voto latino en la Florida estuvo del lado de su imagen y de sus propuestas, al fin de cuentas se trata del juego electoral.
Obama ganó la Presidencia después de dos años como senador por el Estado de Illinois y en medio de un frenesí político oxigenado por lo cautivante y esperanzador de su retórica . En 2012 es posible que la situación sea similar o al menos a eso parece apuntar la estrategia republicana. Entonces, tal vez, sea la hora de Marco Rubio, el fanático de los Miami Dolphins y del fútbol americano que reemplazaría al primer presidente negro de los Estados Unidos, admirador del basquetbol y de los Chicago Bulls.