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Recientemente entró en cir-culación la revista Escenarios, una interesante iniciativa que dirige el expresidente Ernesto Samper. En su último número, la revista aboga por la introducción al país del régimen parlamentario.
Los argumentos a favor de este régimen son teóricamente muy sólidos. Permite estabilidad y continuidad de los gobiernos, cooperación y fluidez entre el Ejecutivo y el Legislativo, limitaciones al Ejecutivo en el manejo de la función pública e incentivos para la organización de los partidos políticos.
Sin embargo, el costo a pagar para construir gobiernos estables en el parlamentarismo es alto. En el bipartidismo británico la regla general lleva a que el partido que gana las elecciones rige en un esquema gobierno-oposición sin acudir a coaliciones. No es propiamente porque así lo decidan los electores, sino porque el sistema electoral mayoritario hace que el partido que obtiene la votación más alta en un distrito electoral se lleva toda la representación en el Parlamento. Es un esquema de todo o nada, porque el que gana se queda con todo. En otras palabras, la estabilidad de los gobiernos británicos no deriva del parlamentarismo sino de su sistema electoral mayoritario que desconoce expresiones políticas minoritarias.
En Europa continental la situación es diferente pero el costo sigue siendo alto. Por ejemplo, en España el sistema electoral es representativo para garantizar la existencia de partidos minoritarios en el Parlamento. Esto lleva a la necesidad de construir coaliciones de gobierno. Desde la llegada al poder de los socialistas en 1982, sólo tres de nueve gobiernos han surgido de una mayoría absoluta en las elecciones generales. Los restantes han sido el fruto de coaliciones que demandan la anuencia (o el chantaje) de pequeños partidos nacionalistas, que no dan tregua a la hora de exigir crecientes concesiones sin duda peligrosas para la indivisibilidad de esa nación.
La tiranía de pequeños partidos de diez o cuatro escaños también es una lógica del parlamentarismo israelí. La Knesset cuenta con un mosaico de micropartidos, a veces ultra ortodoxos, sin los cuales los partidos mayoritarios no logran armar gobiernos. El resultado a veces son concesiones involuntarias a la continuación de asentamientos de colonos en territorios palestinos o increíbles subvenciones a escuelas rabínicas.
No me imagino a nuestro país con un régimen parlamentario basado en un sistema electoral mayoritario. Sería el regreso de un férreo bipartidismo y el perecimiento de las demás expresiones políticas. Tampoco me imagino un parlamentarismo criollo sustentado en gobiernos de coalición, en particular cuando no hemos logrado separar la carrera administrativa de la política. Estaríamos ante coaliciones de gobierno tejidas en una muy estricta repartición de los puestos del Ejecutivo. En últimas, el debate sobre el parlamentarismo es interesante, pero necesita ambientarse más allá de la teoría para entenderlo a la luz de los problemas de la política del país, que posiblemente terminen agravados en un régimen parlamentario.