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Un recodo singular

Fernando Toledo
09 de agosto de 2011 – 06:00 p. m.

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La huella del Libertador ha conseguido una significativa longevidad en un rincón lleno de vibraciones.

Pocos jardines más evocadores que aquel de la quinta de San Pedro Alejandrino, a menos de una legua de Santa Marta la vieja, donde hace 181 años murió Bolívar. El señorío de las ceibas henchidas de tiempo, el soniquete de los samanes acariciados por la brisa, la timidez de los tamarindos y algún mango furtivo conviven con las heliconias, la apostura de las banderas de los países americanos, el bosque de secano que se deja ver en las colinas de la vecindad, la melancolía de lo agreste en lontananza, el altar de la patria con sus relieves de mármol y unos enjalbegados edificios que, con la cautela de su única planta, abrazan el paisaje y simbolizan el vigor de una contemporaneidad que se sustenta en el tesón.

Mientras muchos de los museos del país, y en particular de la provincia, parecen afrontar los efectos de un “diminuendo” de yerros y devastaciones, el Museo Bolivariano de Arte Contemporáneo se nutre de un “crescendo” que lo mantiene más vigente que nunca. De hecho, acaba de cumplir 25 años de un trayecto colmado de propuestas y de beneficios para la legión de peregrinos que, al acercarse al ámbito de la hacienda para visitar un paradigma, son subyugados por el contenido de esos salones donde se hace evidente que la historia y el heroísmo, por encima incluso de la devoción, se topan en una atmósfera de cultura con la profundidad de un homenaje que a medida que se va descubriendo se transforma en orgullo de pertenencia.

Como todos los milagros, el museo Bolivariano tiene un singular patrón. Es el tesón de una mujer, su directora, que ha conseguido consolidar la iniciativa del Maestro Armando Villegas secundada por el entonces presiente Betancur, y proyectar hacia toda Colombia, y desde luego, hacia la comunidad bolivariana un brillo poco común. Zarita Abelló, al frente de un equipo de entusiastas, ha convertido lo que en otras circunstancias no pasaría de ser un monumento con aires de mausoleo en un lugar vivo, que palpita y que posee la singularidad de prolongar en forma de arte lo asombroso de un jardín donde los íconos se entrelazan con la botánica y con los vestigios.

Por estos días de aniversario, se lleva a cabo una exposición con obra reciente de 25 maestros de la plástica que contribuyeron a forjar el museo. A propósito de una muestra excepcional, como todo lo que emprende Zarita, ojalá que, además de los samarios, los visitantes a esa ciudad de deslumbres y de mar abandonen por un rato la caricia de la arena y se sumerjan en la magia de un vergel, en los rastros del heroísmo, en la emotividad trágica de la brevedad existencial y, por supuesto, en la finura de uno de los centros culturales más reveladores de la nación…

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