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Volvió la familia

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Qué bueno ha sido ver nuevamente la familia colombiana en los estadios disfrutando del espectáculo del fútbol en paz y con alegría.

Qué refrescante ha sido para todos saber que la gente disfruta del juego, que la pasión por el fútbol no se ha perdido, que este deporte sigue siendo el rey para los occidentales. Qué alegría deja en el espíritu conocer que definitivamente el público colombiano se ha alejado de las canchas por factores externos y no porque se haya terminado el sentimiento hacia el balompié.

El Mundial Sub-20 ha dejado claro que son esos delincuentes vestidos de blanco, rojo, amarillo, verde o azul, no importa el color, que son esos que se dicen “hinchas” los que han sacado a la familia de los estadios y han convertido las tribunas en refugio de maleantes y criminales que son capaces de todo por una camiseta o por defender su “negocio”: la reventa, la venta de drogas en el microtráfico, los viajes y las coimas que algunos comparten con dirigentes tanto o más sinvergüenzas que los propios sujetos de las barras. El comportamiento durante este Mundial, de público y autoridades, ha sido meritorio y digno de aplauso como para gritar que ¡sí se puede!

Se llega fácil al estadio (hablo de Bogotá, que es el sitio donde hemos trabajado hasta ahora en este mundial, pero el reporte es bueno en todos las ciudades) y se ingresa fácil a las tribunas. Afuera no hay esos deleznables individuos que cuchillito o navajita en mano te piden dinero para entrar. Los ojos rojos, la mirada turbia, el aliento mortecino y el hedor a droga te asustan de entrada y peor si no accedes a darles dinero. No tenerlos afuera merodeando limosnas ya es una ganancia. Después, te acomodan fácil en tu puesto, que se está respetando, y a disfrutar del espectáculo por el cual se pagó. Las escaleras están libres, como tendría que ser siempre, y la cultura en el trato hace pensar que se trata de un partido en otro país. No se escucha la procacidad de los insultos y las amenazas, el lenguaje vulgar, ofensivo y desafiante de los malandrines con camiseta que desde que entran al estadio ya se están citando para matarse a palo, piedra, cuchillo y otras armas, a la salida.

Volvió la familia al estadio y el Mundial deja una gran ganancia al entender todos, absolutamente todos, que sí se puede hacer mucho por mejorar las condiciones del espectáculo. Y al aceptar todos que erradicar la plaga con camiseta, esos que no soportan ver gente que piensa diferente, que siente distinto, que ama otro color, tiene que ser una lección inmediata: mano dura contra los criminales de las ‘barras’ que están acabando con el fútbol y con la presencia de la familia en los estadios.

Ese sería el primer paso. Después, a mejorar la calidad del juego, pero eso se logra con público que asista y con respeto en el espectáculo. Pero es urgente dar la primera zancada hacia un fútbol decente y libre de criminales, en los despachos y en las canchas.

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