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El retorno de los espartanos

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El deterioro de la condición económica de varios países de la Unión Europea puede ser un nuevo capítulo del proceso de colapso de los Estados, que terminaría por regresar al fortalecimiento de ciudades y regiones.

Las extravagantes exigencias de los acreedores, la ineptitud de los gobiernos para cumplirlas y el descontento de los ciudadanos por las decisiones que sus representantes adoptan, a la manera de suicidas políticos, juegan en contra de la vigencia de los Estados tradicionales. Al mismo tiempo invitan al advenimiento, tarde o temprano, de unidades políticas más pequeñas, más fáciles para el ejercicio democrático y no manipulables por poderes centrales, debido a la inmediatez entre los ciudadanos y aquellos a quienes encargan de ejercer el poder.


La crisis griega, que ahora se revela como un mal extendido y pone a varios países en la lista de los deudores de acreencias imposibles de pagar, ha dado lugar a reflexiones populares que cuestionan las actuaciones de los gobernantes, obligados a satisfacer exigencias casi imposibles, determinadas por la lógica más implacable de un modelo económico que no se ha dado cuenta de que, en medio de la euforia, engendró unos cuantos monstruos incontenibles que amenazan con destruirlo. Esta es la cadena tremenda que muchos esperan se rompa por lo más delgado, es decir por el lado de ajustes asfixiantes para ciudadanos inermes que nada tuvieron que ver con los riesgos de los inversionistas ni con las políticas económicas de los gobiernos que decidieron vivir al debe.


Los gobernantes de lo que hasta ahora se ha llamado izquierda o derecha, no importa, se parecen más hoy a los capitanes de un barco a la deriva que a los conductores de una nave que sabe cuál será su destino. Están atrapados por las exigencias de la Unión Europea. También por las condiciones que a cada país imponen con criterios de dudosa neutralidad las agencias calificadoras. Y encima de todo tienen que soportar la dura reacción popular de quienes no quieren una vez más salir al rescate de los ricos. Además todo hace prever que, hacia el futuro, y sin perjuicio de que los factores exteriores cambien en uno u otro sentido, cada vez será más difícil la aceptación ciudadana de medidas que golpean el bienestar cotidiano al ritmo de las órdenes de gobernantes lejanos, encerrados en las capitales de cada país, que obran impulsados por los veredictos de oráculos que mantienen la potestad universal de decir quién va bien y quién va mal.


Pocos se detienen a pensar que Standard & Poor´s, Moody´s y Fitch, las tres grandes calificadoras de riesgo de la economía mundial han obrado tradicionalmente bajo las reglas de los Estados Unidos, que a la vez es uno de los actores en el escenario. Casi nadie repara en el hecho de que las señaladas agencias obran conforme a los más puros parámetros de la ortodoxia de un modelo que poco se interesa por las consideraciones sociales y que, además, cree pagano a todo aquel que esté en contra de sus dogmas. Y así todos siguen muy campantes, como si dichas empresas fuesen la encarnación misma de la justicia y del bien colectivo, y como si fuesen neutrales, es decir incapaces de desatar por su cuenta fenómenos de amplio espectro, a punta de sus supuestos dones de adivinación.


Ahora mismo, a propósito de la crisis griega, una vez más, como en los muy viejos tiempos, los espartanos han despertado para protestar por el hecho de que Atenas toma, según le parece, decisiones que afectan a todo lo que allí se denomina el mundo helénico, es decir a todas las Grecias, sin tener en cuenta las condiciones y la voluntad particular de los habitantes del Peloponeso, o de otras regiones, alejadas y desconocedoras de las lógicas propias de los altos círculos del sistema económico, es decir de las figuras y piruetas del mundo financiero. Frente a ello, reclaman entonces autonomía, en términos que no serían otra cosa que una evocación de las antiguas polis, entes aparte que mantenían relaciones internacionales con quien querían y en los términos que podían, sin permiso ni interferencia  de autoridades lejanas.


Los ejemplos se pueden repetir en casi todos los países, porque el sentimiento de pertenencia a la ciudad sigue siendo mucho más fuerte que otros, cuando de solidaridad humana y defensa de causas comunes se trate. Lo que  hace pensar que a estas alturas de la historia, con posibilidades enormes de comunicación y de control de los actos de legisladores y gobernantes, siga creciendo ese clamor por actuaciones que consulten de verdad el bien colectivo. Grecia no está en venta, dicen los espartanos de hoy. Y Atenas no la puede vender. Lo mismo que puede pasar en tantas otras partes, donde parece que los gobernantes hubieran ido a la misma fiesta de despilfarro e irresponsabilidad. Por lo cual muchos preferirían tener unos líderes más a la mano, que se ocupasen de temas inmediatos, para manejarlos mejor. Lo que obliga a refinar las opciones de buen gobierno para las ciudades y a comprender la trascendencia del proceso que vivimos, que seguramente desembocará en la coexistencia amigable de unas cuantas ciudades en torno a las cuales puede llegar a girar el mundo.

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