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Una buena forma de ayudar a Grecia a salir de la crisis es sacándola de la carrera armamentista en la que tantos se solazan vendiéndole armas.
El complemento perfecto sería cobrarle intereses justos por las nuevas deudas, para no terminar sacrificando al pueblo griego. Por ahora, todo lo que han hecho los campeones del rescate en los foros europeos es plantearle medidas impracticables de ajuste y préstamos impagables, al tiempo que la están empujando a comprar armas en transacciones millonarias. La causa y excusa de la carrera armamentista es la tensión permanente con Turquía, aliada de Grecia en los esquemas de la OTAN pero competidora en una especie de guerra fría que incluye simulacros frecuentes de enfrentamiento aéreo o naval sobre las aguas del Egeo. Las potencias que venden armas tienen el deber moral de aflojar un poco en sus ambiciones y originar un entendimiento que, de paso, desactive un foco de peligro en la frontera oriental de Europa, donde además el problema de Chipre yace en espera de solución. La carrera por dotarse de armas modernas, que garanticen la seguridad nacional ante los retos que implica tener un vecino con el que se mantiene una relación ambivalente, dominada por temores mutuos, resulta arriesgada para el presupuesto de cualquier gobierno. Y si ese gobierno tiene que manejar, bajo condiciones impuestas, una crisis extraordinariamente grande de gasto público, que tiene al país al borde de la quiebra, el tema de la compra de armas adquiere una importancia fundamental. Cuando el escenario es de tales características, resulta sensato pensar que surgen ciertas responsabilidades nuevas no sólo para los encargados directos de la seguridad externa e interna, sino para las potencias regionales y aún más para las que al mismo tiempo son vendedores de armas. Continuar con la carrera, fomentarla, e inclusive ignorarla, son actitudes que no corresponden a los requerimientos de un mundo que no se puede dar el lujo de sacrificar un país con tal de no perder ni un centavo. El desfile militar del 25 de marzo, día nacional de Grecia, que en otras épocas significaba la ocasión de hacer una demostración de poderío, con aviones y tanques que hacían estremecer la plaza de la Constitución en Atenas, tuvo que celebrarse este año solo con personal, acompañado de música, según se explicó porque conforme a las nuevas reglas de austeridad no era posible gastar el dinero en combustibles. Medida en todo caso de alto valor simbólico. Lo que nadie dijo es que las obligaciones de compra de armas, no obstante, siguen intactas. Lo que indica que los griegos siguen siendo la nación europea que proporcionalmente gasta más recursos en dotarse de armas lo más modernas, y costosas, que sea posible. Daniel Cohn-Bendit, el famoso líder de Mayo 68, ahora eurodiputado, ha reclamado abiertamente por la forma como los países de la Unión Europea han manejado la crisis de Grecia. Ha hecho un llamado a los gobernantes a que se pongan a pensar si, en al caso de cada uno de ellos, sería posible cambiar de manera tan súbita tantas cosas como las que se le piden hoy a Grecia que cambie, comenzando, por ejemplo, con los regímenes pensionales, con todo lo que ello implica desde el punto de vista de la violencia contra la sociedad. También les ha recriminado por cobrarle a Grecia unos intereses que exceden en mucho los que ordinariamente se estila entre los grandes. Y ha puesto el dedo en la llaga justamente respecto del tema del armamentismo, al reclamar por el hecho de que Alemania y Francia, tan interesados en la solución del problema de la posible quiebra del Estado griego, le hayan vendido recientemente fragatas, submarinos, aviones y otras armas, por cuantías millonarias que hacen profunda mella en el presupuesto de la nación deudora. Ante la contundencia de las afirmaciones de Cohn-Bendit, es difícil pensar en un reclamo distinto que el de pedir a esas potencias vendedoras, lo mismo que a los Estados Unidos, que propicien un proceso de desarme en el Egeo, si quieren frenar uno de los más peligrosos focos de conflicto al interior de la propia OTAN. Caso inédito que no convendría se llegase a producir. Lo mejor es que las condiciones parecen estar dadas, a pesar de las apariencias, para que un proceso de distensión sea posible. A juzgar por las declaraciones de los gobernantes griegos y turcos, en realidad hay mejor disposición para tratar los temas pendientes, incluido el de Chipre, que lo que se pueda imaginar. Oportunidad que es preciso y urgente aprovechar, en lugar de insistir en la más pura ortodoxia que sólo puede identificar para el gobierno de Atenas salidas por el lado de una racionalidad económica, que favorece por ahora a países que no están exentos de caer uno de estos días en desgracia, de pronto inclusive como consecuencia del mal manejo de la crisis griega. Un reto para la diplomacia de comienzos del Siglo XXI.