Publicidad

El país de Dilma Rousseff

Su mayor reto será desmarcarse de su mentor político, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

La gran pregunta que se hacen los brasileños, ante la perspectiva de la victoria de Dilma Rousseff en las elecciones de este domingo, es hasta dónde irá su autonomía en la presidencia de la nación. O sea: ¿quién será el presidente de hecho, Dilma Rousseff o Luiz Inácio Lula da Silva, quien fue su jefe, mentor e inventor de su candidatura?

Esa pregunta es pertinente porque, a pesar de tener una personalidad fuerte y de haber sido la ministra-coordinadora del gobierno de Lula, Dilma Rousseff nunca ejerció un cargo de elección popular. Al contrario de su adversario, José Serra, ella nunca fue diputada, senadora, alcaldesa o gobernadora.

En cualquier país, pero sobre todo en el grande, complejo y emergente Brasil, gobernar no es sólo administrar. Es también tener la habilidad política de contorsionarse para equilibrar intereses, presiones, contratiempos. Además de disposición, que le sobra a la candidata del Partido de los Trabajadores (PT), también es necesario tener talento y experiencia. Esa será su primera gran prueba, en caso de que venza.

Lula no solo inventó la candidatura de Rousseff después de que los ministros José Dirceu y Antonio Palocci cayeran por denuncias de abuso de poder y/o corrupción. Él también creó todas las condiciones: abdicó a gobernar en la recta final, hizo más campaña que la propia candidata y reunió una serie de alianzas partidarias, récord en la democracia brasileña. Así le garantizó a su sucesora, en caso de resultar electa hoy, las mayorías en el Congreso, algo solamente visto durante la dictadura militar (1964-1985).

Eso puede ser una gran ventaja o desventaja. O las dos cosas al tiempo. Las mayorías son siempre positivas para los gobernantes, claro, pero ellas forzarán a Dilma Rousseff a una constante y extenuante negociación política, sobre todo con su propio partido, el PT, y con la colectividad de su fórmula, Michel Temer, el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB).

Con el PT, ella enfrentará dos problemas: el primero, que no pertenece a ese partido que sólo la acogió por orden de Lula; y el segundo, que los “petistas” tienen un fuerte origen sindical y llevaron al gobierno una cultura basada en el usufructo de la administración pública, asumiendo, por ejemplo, el control de las principales empresas estatales: Banco de Brasil, Petrobrás, Correos y el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES).

Con el PMDB, los problemas serán, digamos, más diseminados. Heredero del principal símbolo de la resistencia de la dictadura militar, es hoy el partido más grande de Brasil, con el mayor número de diputados, senadores y alcaldes de las capitales. Pero no tiene ni ideología, ni programa, ni propuestas. Sin embargo, tiene sed de poder. Así pues, Rousseff va a necesitar mucho del PMDB pero va a sufrir mucho con éste, principalmente por las luchas entre el PMDB y el PT por espacio en la administración.

En América del Sur hay dos ejemplos del éxito de las mujeres al ocupar la Presidencia de la República. En Chile, Michelle Bachelet fue sensata y eficiente en Chile y salió del gobierno con cerca del 70% de aprobación, a pesar de no lograr catapultar a su sucesor. Y en Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, incisiva y guerrera en Argentina, donde enfrenta conflictos con el agro y la prensa, por ejemplo.

La posible primera mujer presidenta de Brasil tiene características particulares. Bachelet fue presidenta por sus propios méritos. Y, aunque Cristina hizo un juego de alternancia con su marido, Néstor Kirchner, ella ya era una senadora respetada antes de continuar siendo una política competitiva.

En cambio Rousseff depende de Lula en todo: de su popularidad, fuerza política, carisma y capacidad de negociación. Así como necesitó de la maquinaria estatal del gobierno, del uso de las empresas estatales y del control de las centrales sindicales y de los movimientos sociales para acorralar a la oposición durante la campaña presidencial.

En su horizonte está la estabilidad de la economía y los avances sociales, acompañados de muchos obstáculos y tensión con casi la mitad del país y sobre todo con la prensa, responsable, por ejemplo, de revelarle al país el “caso Erenice”. A pesar de la fama de buena gerente, Dilma Rousseff no se dio cuenta de que su brazo derecho, Erenice Guerra, montó una central de tráfico de influencias en la Casa Civil (Ministerio de Gobierno). Y la nombró como su sucesora en el principal cargo de la República después de la Presidencia. La campaña acaba, pero el fantasma de Erenice continuará ensombreciendo a Dilma.

Sin embargo, el mayor reto para el gobierno de Rousseff, que puede convertirse en la primera presidenta de la mayor economía del continente, será desmarcarse de Lula. De lo contrario, todos sus aciertos serán acreditados a él, mientras que todos los errores le serán achacados.

Dependiendo de los resultados en las urnas, Brasil amanecerá mañana con más preguntas que respuestas y con la atención dividida entre Lula y Rousseff. Así como fue durante toda la campaña y, posiblemente, será también durante todo su eventual gobierno.

 * Periodista y columnista de ‘Folha de São Paulo’

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido