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A inicios del mes las autoridades de salud en Sucre se enfrascaron en un debate. Ante los más de 2.200 casos de dengue registrados en el departamento (de los que la mayoría son en Sincelejo), hay quienes insisten en que se trata de una epidemia y quienes declaran que “la cifra es normal”. Las secretarías de salud coincidieron, sin embargo, en afirmar que “la gente aún continúa almacenando agua sin tapar los recipientes”, y que es (en general) la “falta de conciencia ciudadana” la que ha disparado la reproducción del zancudo transmisor. Entre las afirmaciones de las secretarías de salud hubo también campo para un comentario chistoso. “El problema que hay es que el mosquito es elitista”, ironizó un funcionario, “porque se reproduce en aguas limpias”.
Lo normal, en todo caso, es que a lo largo de décadas de campañas contra el dengue se culpe siempre a los habitantes de los barrios afectados de ocasionar la proliferación de zancudos. Esto, a pesar de que la mentada “falta de conciencia” es debatible, pues las comunidades acumulan distintos conocimientos sobre el virus y sus relaciones con el agua. A cada familia le resultan conocidas tácticas varias para combatir al zancudo, incluyendo evitar la acumulación de agua estancada. Pese a conocer de sobra las dinámicas del dengue, la falta de continuidad en el servicio y la ausencia total de infraestructura de agua en barrios a lo largo del país urbano y periurbano obligan al almacenamiento.
Almacenar agua de la llave que llega a horas inesperadas y en ritmos aleatorios requiere no sólo improvisación y tiempo, sino espacio. Lo mismo sucede con la cosecha de aguas de lluvia. Familias con cargas laborales y educativas pesadas tienen que buscar dónde y cuándo agarrar el agua. Esto se traduce muchas veces en cantidades de tinajas, baldes, tambores y ollas, guardados en la cocina, el patio, el baño y la sala-comedor. La frase “tapar los recipientes” cobra un sentido distinto cuando se piensa en la intermitencia cotidiana en los servicios en barrios informales. Familias en que, por ejemplo, los niños dejan de ir a la escuela la mañana en que “llega el agua” por la llave, para ayudar a almacenarla.
Así, las implicaciones del chiste sobre el elitismo del zancudo son igualmente falsas. De acuerdo con el funcionario, el zancudo es “elitista” porque prefiere el agua limpia de los barrios ricos. Pero es todo lo contrario. Es en los hogares de menores ingresos (que son los mismos en donde la calidad de servicio es deficiente) en los que el Aedes aegypti encuentra el agua limpia, que las familias almacenan para poder hacer su vida cotidiana. Adicionalmente, la profesora Claudia Romero-Vivas de la Universidad del Norte nos ha explicado cómo hay ciertos recipientes y ciertas aguas almacenadas que son más atractivas que otras para el Aedes aegypti. Esto quiere decir que, incluso en ciudades como Sincelejo, en donde todos los estratos se ven obligados a guardar el agua pues la intermitencia del servicio es generalizada, algunas familias con mayor modo pueden guardar el agua de maneras más seguras, en tanques instalados en los últimos pisos de edificios y casas que casi siempre permanecen sellados.
La última campaña ministerial contra el dengue se titula “Córtale las alas al dengue”, y está basada en los mismos remedios de siempre: fumigar y echarles la culpa a las poblaciones en riesgo. Con reportes alarmantes, no sólo en Sincelejo, sino también en ciudades como La Dorada, Cartagena y Bucaramanga (y con advertencias de que el cambio climático podría aumentar la proliferación del mosquito debido al aumento de las temperaturas), cabría quizá abrir una discusión en la que se hable del papel que en esta historia juega y jugará la desigualdad.