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Fue hace apenas dos semanas en Nossa Senhora de Aparecida, una basílica localizada a 180 kilómetros de São Paulo. Después de muchos años de no frecuentar los cultos católicos, la candidata declaró: “Enfrenté un proceso malo en mi vida que me hizo reflexionar”.
Asociando la Iglesia con su vida, no resultó complicado deducir que se refería al cáncer linfático que se le detectó y trató el año pasado. Sin embargo, asociando también, como lo hicieron sus contrincantes, la inminencia de las elecciones de este domingo con su repentino retorno a la Iglesia, no parecía más que un intento por captar nuevos votantes.
Los medios de comunicación habían hablado de una supuesta preocupación del Partido de los Trabajadores, el partido de Rousseff, por los señalamientos de los que fue centro su aspirante presidencial después de haberse mostrado a favor de la despenalización del aborto. En los últimos dos días la polémica ha girado en torno al papa Benedicto XVI, quien en una reunión con obispos brasileños criticó esta postura y aseguró que es obligación del Episcopado emitir juicios morales sobre los asuntos políticos.
El fraile dominico brasileño Frei Betto y el ex franciscano Leonardo Boff, simpatizantes de Rousseff y figuras religiosas muy queridas en el país, reaccionaron y criticaron la actitud del Sumo Pontífice a través de sus cuentas en Twitter. Se refirieron al Vaticano como un militante de las fuerzas conservadoras y a la pérdida de autoridad de la Iglesia después de los innumerables escándalos de pederastia.
Por su parte, José Serra, el adversario de Rousseff para las elecciones y a quien no favorecen las encuestas, pidió respeto: “Se trata del líder espiritual mundial y tiene pleno derecho de emitir sus orientaciones a los católicos del mundo”.