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Noche de paz

El árbol de Navidad vive acomplejado. Es feo y se siente gordo todo el tiempo.

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Empezó el año pasado: sus dueños lo compraron y lo mantuvieron en el centro de la sala por todo un mes, mientras entonaban cánticos y lo acompañaban; él estaba dichoso, se sentía afortunado de su vida. Pero después de eso todo fue oscuridad para él.

Sus dueños lo mantienen encerrado todo el tiempo —probablemente les da vergüenza que me vean en este estado—, piensa con desesperación. En la oscuridad del armario, cubierto con bolsas y metido en una caja, el árbol de Navidad se resiente de su obvia fealdad, mientras oye murmurar a las figuras del pesebre (que parecen vivir del chisme), y siente al polvo acumularse encima suyo, muy a pesar de las capas de plástico y cartón.

Como sabe que es inarbóreo y está encerrado todo el tiempo (por no decir inhumano), espera con resignación algún instante en que sus dueños le obliguen a aparecer. De repente, un día, hay mucho revuelo y siente su caja moverse: ha llegado el momento. Son verdaderamente crueles: los niños gritan y saltan, saboreando mientras abren las cajas y sacan cada rama, cada pedazo de tronco, disfrutando de la tortura. Los padres sonríen con gusto, viendo consumado el acto desalmado de la vergüenza. 
 
El pobre árbol sabe que verá la luz durante 30 lunas (tal vez más), y ¡vaya luz! Brilla por todos lados. Sus dueños lo adornan de arriba abajo; lo tocan cada vez rebuscando defectos y adornando imperfecciones. Luces, bolas de colores y cintas festivas tratan de ocultar el cuerpo enfermizo.
 
Entonces, la magia pasa. Una vez termina el ritual de adorno y se encienden las extensiones, el árbol brilla como nunca. Imponente y vigoroso, mira a sus dueños desde arriba y les saluda con agradecimiento, sintiéndose bello al fin. Coronado con una aureola dorada, a veces de estrella, a veces de ángel, el árbol se siente en el paraíso de los árboles —que debe existir, y debe ser mucho más bonito que el nuestro—, y disfruta maravillado del maquillaje.
 
La historia es la misma: cánticos y risas, comida y bebida. El árbol está dichoso y sabe su felicidad completa. Pero a medida que el tiempo pasa, desde ese día en que los padres se deslizaron a dejar regalos bajo el árbol sin que los niños lo notaran, ve aumentar la festividad, pero disminuir la atención que atrae. Sabe que ya pronto llegará el momento en que lo oculten del mundo otra vez, pero ahora lo tiene todo claro. No es feo, en realidad es hermoso. Es el símbolo de esa época en que todos son amigos y en que la vida es buena y bella. Es sólo que su majestuosidad es tan vibrante y abrumadora, que no hay quién la merezca todo el año.
 
La verdad es que es muy presumido y nadie se aguantaría semejante grado de vanidad doce meses… Pero es mejor no decirle.

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