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Cientos de miles de madrileños salieron este sábado a las 10 de la noche a los balcones y las terrazas de sus casas para aplaudir el trabajo de los profesionales de la salud que desde hace semanas están tratando de controlar la expansión del coronavirus. Las palmas, los cantos y los gritos de “¡Viva la sanidad pública!” rompieron el silencio de una ciudad en la que desde hace tres días solo se escuchan los ladridos de los perros y las sirenas de las ambulancias.
María Díaz, estudiante española de 19 años, dice que en medio de la angustia de la cuarentena fue muy emocionante sentir los aplausos y los vítores de ánimo de toda la ciudad para las personas que, según ella, están “dejando la piel por nosotros en este momento tan difícil”. María, igual que muchos jóvenes que estudian en Madrid, decidió no regresar a su ciudad de origen para evitar expandir un virus que en solo tres meses ha llegado a 148 países, ha contagiado a más de 170.000 personas, ha matado a casi 6.500 y aún no tiene cura, según datos del Center for Systems Science and Engineering (CSSE) de la Universidad Johns Hopkins.VÍDEO | Centro de Madrid, 22:00h y toda la calle rompe a aplaudir desde sus ventanas en señal de apoyo y agradecimiento a las miles de personas que en toda España están luchando contra el #CoronavirusESP
G R A C I A S pic.twitter.com/GCDTj79cwm — Cadena SER (@La_SER) March 14, 2020
Desde su casa en el barrio Conde Duque, en el centro de Madrid, María reconoce que se sintió bien hace una semana cuando cancelaron las clases porque iba a tener dos semanas de vacaciones, pero ahora tiene miedo de no saber qué va a pasar y de no poder afrontarlo emocionlmente. “Ya llevamos cinco días en casa, saliendo solo para cubrir necesidades básicas, y el bienestar que suponían esas vacaciones se ha transformado poco a poco en una preocupación constante por lo que está pasando en Madrid y en el mundo”.
Los pensamientos de María son similares a los de miles de jóvenes que por distintas circunstancias están atrapados en Madrid y en solo unos pocos días pasaron de las cervezas y las tapas en las terrazas de los bares a la desesperación del encierro obligado.
El domingo anterior, 8 de marzo, la ciudad celebraba el día de la mujer con marchas multitudinarias y el coronavirus parecía un problema ajeno, lejano y controlado por las autoridades. En España había cerca de 500 afectados y solo 10 fallecidos. Hoy, una semana después, la cifra se ha multiplicado por 17, con casi 9.000 contagiados y 300 fallecidos. Madrid es el principal foco de la enfermedad con más de 4.600 casos. Las muertes en la ciudad de La Puerta de Alcalá y el parque El Retiro se multiplicaron por 2,5 en las últimas 24 horas, al pasar de 86 fallecidos el sábado a 213 el domingo.
¿Cuáles son las medidas del estado de alarma que decretó el gobierno español por 15 días para tratar de detener los contagios?, ¿Hay suficientes camas en los hospitales de Madrid?, ¿Cómo es la vida cotidiana en una ciudad cerrada y vacía?, ¿Qué hace y qué siente la gente que no puede salir de casa?
Minutos antes de la ovación de aplausos de la noche del sábado, el presidente Pedro Sánchez había anunciado los puntos más importantes del estado de alarma, que empezó a regir en ese momento y durará al menos 15 días. “Las medidas que vamos a adoptar son drásticas; implican sacrificios y tendrán un gran impacto económico y social”, reconoció Sánchez, y pidió “unidad para vencer al verdadero enemigo, que es el virus”.
El decreto limita el desplazamiento de los ciudadanos y ordena el cierre de la mayoría de los comercios. Durante la cuarentena solo se puede salir a la calle para ir a los supermercados, las farmacias, los hospitales, los bancos; o los lugares de trabajo, si es absolutamente necesario. Los bares, restaurantes, museos, cines, teatros, gimnasios, parques, casinos y el resto de sitios donde pueda haber aglomeraciones de personas permanecerán cerrados. También se prohibieron los funerales masivos y las celebraciones religiosas.
Estas medidas, radicales pero para muchos tardías, esperan detener la propagación exponencial del virus y evitar así una crisis como la que ahora vive Italia, donde el colapso de los sistemas sanitarios por los más de 24.000 contagiados y 1.800 fallecidos ha obligado a los médicos a dejar morir a unos pacientes, para salvar a otros.
Según los últimos datos del Ministerio de Sanidad Español, de las 641 camas de Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) que hay en Madrid, más del 30% están ocupadas por pacientes con coronavirus. Sin embargo, si la curva de contagiados continúa creciendo exponencialmente como ha pasado en los últimos días no solo harán falta camas, sino implementos y recursos humanos, afirman profesionales sanitarios.
María Jesús Plaza, supervisora de enfermeras de un hospital de Talavera de la Reina, una ciudad cercana a Madrid a la que ya han comenzado a llegar los primeros contagiados de coronavirus, reconoce que a pesar de estar acostumbradas a vivir con el sufrimiento de los demás, esta crisis es muy grande y supera cualquier límite. “Tenemos mucha incertidumbre al ver lo que nuestros compañeros de China e Italia ya han vivido. Tenemos miedo de contagio, no por nosotros, sino por nuestros familiares mayores. Tenemos miedo de no dar abasto”. Incluso, una médica pediatra que trabajó durante el fin de semana recorriendo Madrid en una ambulancia y que prefirió no dar su nombre, reconoció que había tenido que firmar muchas más actas de defunción de las que firma normalmente porque “no pudieron trasladar a varias personas a las Unidades de Cuidados Intensivos”.
Para contener estas circunstancias, el domingo en la tarde el ministro de sanidad, Salvador Illa, tomó tres medidas inéditas en la historia de la democracia española. La primera, la intervención de la sanidad privada para ponerla al servicio del sistema nacional de salud. La segunda, permitir a los hospitales habilitar cualquier espacio público para construir habitaciones ambulantes y salas de cirugía. La tercera, ordenar la contratación masiva de médicos residentes para afrontar los picos de la crisis. Al final de su intervención, Illa informó que para implementar estas medidas se invertirán mil millones de euros y agradeció el apoyo de los madrileños. “Nos sumamos a ese homenaje espontáneo que se ha hecho desde las ventanas y balcones de España».
La vida en Madrid se detiene, pero el virus sigue creciendo a toda velocidad y no distingue raza, religión ni clase social. Horas después de la última intervención pública del presidente Sánchez, los medios de comunicación locales confirmaron que su esposa, Begoña Gómez, había dado positivo por coronavirus. La enfermedad también ha contagiado a la ministra de igualdad, Irene Montero; a la ministra de política territorial, Carolina Darias; a las dos figuras más representativas del partido de extrema derecha Vox, Santiago Abascal y Javier Ortega Smith, a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz-Ayuso, y al presidente de la Generalidad de Cataluña, Quim Torra.
A la emergencia sanitaria, se suman las pequeñas crisis que viven día a día los ciudadanos confinados en sus casas. Simón Santa, estudiante colombiano de publicidad en la Universidad Complutense de Madrid, recuerda el ambiente del primer día de cuarentena: “Ya había colas en los supermercados, y la gente iba a comprar con guantes y mascarillas. La escasez de papel higiénico me ha generado inquietud. Antier los estantes de verduras estaban desocupados, ayer los de la carne, hoy los de la leche, pero siempre está vacío el lugar del papel higiénico”, dice Simón. Íñigo Domínguez, periodista de EL PAÍS, escribió en el artículo Diario de cómo un virus paró un país que la obsesión por el papel higiénico “es nacional, no conoce diferencias, va de norte a sur y es interclasista porque los supermercados del barrio de Salamanca, los más ricos de Madrid, y los de Vallecas, los más pobres, están igual: no tienen papel higiénico”.
Los estantes vacíos de los supermercados de Madrid son solo una de las imágenes que confirman la extrañeza de las circunstancias que vive una ciudad acostumbrada a la abundancia y al derroche. «Lo que más me ha sorprendido y lo que menos me ha gustado de estos días de cuarentena, es el egoísmo y falta de solidaridad de las personas que hacen compras compulsivas en los supermercados”, dice Mercedes Serrano, alumna de la Escuela de Periodismo de EL PAÍS, por un chat grupal de Whatsapp. Óscar Estaire, uno de sus compañeros, continúa: “Esta situación es un poco como de película apocalíptica, todo vacío, todo callado, nadie en la calle”.
José González, venezolano residente en la ciudad desde hace seis meses, cuenta que lo último que hizo antes de que comenzara la cuarentena fue visitar el museo de El Prado: “Recordé lo que una amiga italiana me había dicho sobre el cierre de museos e instituciones en su país, y pensé que al menos podía ver algo hermoso antes de que la vida cambiara para siempre. Tuve suerte: un día después de ir, decretaron el cierre. Es la primera vez que lo hacen desde la Guerra Civil”.
Pero en medio del caos y el miedo que ha generado una pandemia mundial sin precedentes en la historia reciente de la humanidad, también hay lugar para pequeños actos de resistencia y solidaridad, como los aplausos colectivos en los balcones, que hacen más llevaderos o menos insoportables los días de la cuarentena. Caridad Bermeo, estudiante ecuatoriana en Madrid, cree que pese a todo estos son buenos tiempos para vivir el encierro. “Podemos conectarnos y desconectarnos a nuestro antojo. He visto iniciativas maravillosas, como festivales musicales, charlas y reuniones en línea. Pero creo que lo más bello sigue siendo el contacto humano real, por eso los balcones y ventanas se han vuelto escenarios donde resurge la solidaridad de barrio, ideando formas para entretenernos y acompañarnos”.
Idoia Ugarte, trabajadora del centro cultural “La casa encendida” de Madrid, siente que el tiempo se ha detenido. “Parece que hubiera un vacío flotando en el aire. Me llegan las conversaciones de los vecinos con sus familiares. La señora de enfrente me saluda mientras me asomo a la ventana y me inunda un sentimiento de pertenencia y cercanía con el de al lado, como si todos nos preocupásemos por los demás de una manera sincera, como si todos estuviésemos remando en la misma dirección. A veces me entra la tristeza al sentir lo frágil que es la vida”.