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Uno hace su vida económica entre América Latina y Europa, intentando reunir algunos ahorros para sobrevivir en esa categoría psicológico-temporal que llamamos futuro, y de pronto zas, salta el dólar y todo se devalúa, y lo que antes alcanzaba para cinco años de tranquilidad de pronto queda reducido a tres. Y todo por culpa de ese nuevo monstruo universal que, en día pasados, el caricaturista italiano Bocchi bautizó con el nombre de Mao Tse Trump, la hidra de dos cabezas que hoy domina el planisferio y nos tiene en un carrusel económico por sus litigios comerciales. ¿Por qué mi tranquilidad y la de mi familia debe depender de ellos? Los que nacimos en el mundo bipolar de la Guerra Fría de algún modo lo entendemos. Se acabó el neoliberalismo, se acabó Fukuyama y el entusiasmo por la sociedad perfecta, así que regresamos a la casilla de salida, solo que hoy el binomio no es entre Washington y Moscú, con un carácter sobre todo político y militar (y económico en su base), sino entre Washington y Pekín, y es eminentemente comercial.
En medio estamos nosotros. El modo que el señor Xi Jinping elige para defender a China del acoso arancelario norteamericano es devaluar el yen para abaratar sus productos. Una jugada probablemente maestra, claro, pero su consecuencia es que en la lejana Colombia un escritor de clase media vea reducir su exiguo patrimonio, pues la devaluación del yen refuerza el dólar y lo hace volar en los mercados. Y yo, que me crié en una familia de los años 60, he sido reacio a tener cuentas en dólares, a diferencia de otros escritores que sí las tienen; incluso en Panamá, como Vargas Llosa. Pero qué remedio. Somos hijos del antiimperialismo, del sueño socialista, la píldora, el rock y la Revolución cubana. Señor Xi Jinping, ¿ninguno de sus analistas pensó en todo esto? En la China los escritores son protegidos por el Estado, pero aquí no. Aquí la mayoría estamos en la lista negra del Gobierno. Una vez charlé con Mo Yan en Bogotá, que viajaba con usted, primer ministro, de visita oficial. Hoy quisiera decirle a Mo Yan —para que se lo transmita a usted— que si la China sigue haciendo esos juegos, los escritores latinoamericanos que aún resisten acabarán como Vargas Llosa, con sus dólares en Panamá. ¿Es ese el mundo deseable desde la indiferente mirada azul de Mao?
En cuanto a Trump, no tengo la más mínima esperanza. Un político tan mediocre es un peligro para la cultura y, en general, para la humanidad; si pudiera dirigir su discurso contra los intelectuales, lo haría con el mismo odio y denuedo con el que insulta a los inmigrantes hispanos, incitando a uno de esos locos patriotas que votan por él a entrar disparando al próximo Brooklyn Book Festival. Porque para Trump, el comercio y el dinero son sinónimo de patria. Su patria son los buenos negocios y estos son superiores a la cultura e incluso a la naturaleza, y un comerciante rico es moralmente superior a un inmigrante pobre. Es el nuevo darwinismo: el enfermo muere, el débil y el lento sucumben. No hay nada qué lamentar, dirá él, porque no hay nada dentro de lo humano que pueda ser superior a ese principio. Y así, entre Washington y Pekín, acabaremos devorados por este pernicioso Mao Tse Trump, el Saturno del siglo XXI.