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Diógenes Hernández, detective de la oficina La Universal, sospechaba de su esposa. Después de intentar calmar la ansiedad diciendose que era paranoico, que no, que ella no podía estar con nadie diferente a él, se le terminaron las excusas. Dejó de ignorar la cercanía entre su sobrino y ella, se secó el sudor de las manos y se abrió a la realidad de su matrimonio, el que creía perfecto y ya estaba fracturado. Llamó a su propia casa y preguntó por Pepe, su sobrino. Sabía que contestaría su mujer, así que le pidió el favor a una señora de preguntar por él. Accedió. Cuando escuchó la voz de un hombre, le pasó el teléfono al detective. Hernández escuchó a Pepe, apretó la mandíbula con fuerza y estrelló el teléfono contra el cubículo. La señora era de aquellas que no desaprovechan la oportunidad de sumar puntos para la hora defnitiva en la que se decidiera si su desenlace sería entre nubes o calderos y, a pesar del miedo que le produjo semejante reacción, le dijo:
—Señor, por favor ¿Qué le pasa? Yo creo que le puedo ayudar. ¿Sabe qué? Yo creo que necesita como acercarse a Dios. Mire, le voy a dar un escapulario. Eso no es suficiente, pero la Virgen lo puede ayudar, ella es el camino. Dios lo ama, piense en eso.
La escena es de la película La gente de La Universal, dirigida por Felipe Aljure, y la mujer que interpretó el papel de la señora de corazón solidario y actitud salvadora es Ivette Salame, o “Ivettica”, su tía.
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En los años en los que se rodó el filme, Colombia veía a la industria del cine como una rareza, así que se grabó con búlgaros y españoles. Se suponía que cuando los extranjeros aterrizaran en Bogotá, los recursos con los que contaba el equipo de producción ya habrían llegado. Sin embargo, llegaron ellos, pero el dinero no. Aljure no tenía un peso, pero sí debía hospedarlos y conseguir los permisos para comenzar a rodar. Era la primera vez que hacía una película y estaba en un país que tenía que ocuparse de otras cosas más importantes que el cine, como sobrevivir. Sin alternativas, recordó las intenciones de la tía Ivette, hermana de su madre, Juliette Salame, que siempre se tomaba en serio la posibilidad de sacar del apuro a quien lo necesitara. Necesitaban plata y ella tenía.
Aljure y su gente le dijeron a “Ivettica” que querían hacer una película. Ella solo repetía: «¿película?» Y ellos reaccionaban con rodeos y arandelas que, creían, suavizarían el golpe. Le pidieron dos millones de pesos, tal vez previendo que redujera el monto o les dijera que no, lo cual era sensato, ya que nadie se hubiese metido en semejante disparate. Ella se volteó, los miro y les dijo: “Ay, no, ¿pero dos millones? Ay, no, Pipecito, eso no les alcanza. Vea mijo, coja cuatro”, y así fue como se comenzó a grabar La gente de La Universal, considerada por muchos como una de las películas emblemáticas del cine colombiano. “Ivettica” se involucró tanto en el proyecto, que terminó interpretando un papel al que le prestó una frase que repetía con frecuencia: “Dios lo ama, piense en eso”.
Aljure nació en Girardot. Creció en medio del calor y el sonido del piano de su madre, que tuvo un coro que se llamó Coro Polifónico de Girardot. Sus seis hermanos y él crecieron escuchando el Ave María de Schubert y suspendiendo la piscina por las clases de piano que les dictaban doña Lolita y Yolanda Garcés.
Primero nació su hermana, Rida Mariette, la “nena”, que fue la adoración de los papás desde el primer día. Luego llegó José Alejandro y se formó la deseada “parejita”. Después nació Toño, que se convirtió en el amigo de José Alejandro. El nacimiento de Aljure fue inoportuno. Sus dos hermanos mayores eran amigos y su hermana ya estaba muy grande. Cuando se suponía que nacería su partner, como él dice, llegó Marie Juliette, que hubiese podido ocupar ese lugar, pero jugaba a otras cosas que no tenían que ver con los intereses de Felipe, un niño selectivo. Los últimos fueron Manuel y Luis Carlos, que ya estaban muy pequeños para la sed de alguien a quien no le quedó otra opción que convertirse en el rebelde en busca de causa. Dice que seguramente esa energía la habría invertido en la música si no se hubiese atravesado en su adolescencia la rigidez de la partitura o la afirmación de que “el rock no era culto”.
Cerró esa puerta y se le abrió la de las imágenes. Por esos días se topó con los juguetes visuales que su papá, José Aljure, tenía en la casa. El Pathé Baby, el proyector y la filmadora Sankyo se le revelaron como la forma para no tener que adoctrinarse en el sonido clásico, para que no pudiesen forzarlo. Su banda favorita es Pink Floyd y se la reforzaron cuando le dijeron que su madre era una gran pianista y él no podía escuchar “esa música”. Se lo repetía Lolita, que lo mareaba con las repeticiones de lo que decía el pentagrama. Se alejó del piano, se acercó a la fotografía y de ahí al cine no pasó mucho tiempo.
¿Y para qué el cine?
“Uno puede alardear siendo inteligente, pero en realidad uno no tiene ni idea”, dice Aljure. Después se eleva, suspira y retoma “Somos unos micos con ropa a la deriva cósmica”. Hablaba mientras se comía una porción de fruta, porque quiere regresar a sus años como macrobiótico. Defiende el valor de la vida y es práctico: si la fruta se digiere mejor, pues se la come. Cree que hay mucha gente que vive en negación y evita las preguntas que él se ha intentado responder haciendo cine. ¿Qué hay antes de la vida y después de la muerte? ¿Cuál es nuestro propósito en la Tierra? No las evita, las enfrenta. Las ve en la fragilidad del cuerpo. No se ha respondido, pero con el cine ha logrado mantener vivos los interrogantes. Va dejando pistas para los que vienen detrás.
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Por muchos años en Colombia el cine fue relegado. No era rentable. Durante el curso de algún gobierno, Aljure recuerda la frase que decían refiriéndose a la cultura: “La cereza que le faltaba al ponqué”. No les interesaba exaltarla y mucho menos promover un sector que no dejaba plata. Al arte lo ha salvado la pasión de los que han descubierto que es el único capaz de devolverle el valor a la vida. De entenderla desde los detalles, los placeres y dolores. De verla a través de lo que sale del centro del estómago y recorre cada parte del cuerpo para conmoverlo. El arte está para estremecer y Aljure se abrió a los mensajes que le ha enviado el universo para convertirse en uno de los colombianos que han transformado la cultura en el ponqué.
“Tres escapularios” es la tercera película de Aljure, que confirma que la colombianidad ha reclamado el papel protagónico en sus filmes. La producción narra un par de vidas con un mismo objetivo: matar. Dos víctimas de la guerra entrenados para poner el pecho cuando las cosas se complican y todo se reduce a vivir o derramarse y apagarse. Lo invitaron a un festival de cine y visitó lugares como la Laguna de la Cocha. Con la película quiso narrar la invisibilidad y la irónica sensación de lejanía que se experimenta estando en el mismo país, pero, sobre todo, la que se evidencia con los actores, que le prestan su cara a los que nunca la han tenido: la de los que se convierten en cifras y son “dados de baja”. “La guerra de este país no se acaba cambiando el canal”, dice, porque para los que nacieron ahí no hay alternativa. La guerra es horror y nadie la merece.
Si Aljure tuviera que irse a vivir a una isla se llevaría una canasta de ciruelas silvestres y el álbum Wish You Where Here, de Pink Floyd. Seguiría escribiendo guiones para películas sobre lo mismo: sus orígenes, rasgos, costumbres, bondades y desgracias. En el atentado al Club El Nogal, ocurrido en 2003, perdió a su primo Sergio, o Checho, como le decía. La experiencia le permitió ver de cerca qué era poner de su sangre la cuota para la absurda guerra colombiana. Se recuperó y su homenaje a la vida lo hace por medio de una cámara. Actualmente es director del Festival de Cine de Cartagena, al que le quitó los premios para convertirlo en una fiesta del cine.
“El cine y el deporte han sido igualados, y aunque tienen cosas similares, son distintos. En la esencia del deporte está la competencia. Si cambias los jueces de una carrera en la que un competidor corrió en siete segundos y el otro en diez, pues los resultados son los mismos, así cambies los jueces setenta veces. En el cine, no. El cine es reflexión. Lo que se necesita en el cine es que tratemos con igualdad opiniones valiosas, pero cuando al final de la fiesta dices “esta es la mejor”, dejaste de resaltar otras diez películas maravillosas”, dice el director, que para el viaje a la isla descartaría por completo la leche y el “tropipop”. Lejos de la vida que tiene, echaría de menos los momentos en los que, al salir del cine, se sienta a tomar un café con el que lo esté acompañando a comentar lo que acabaron de ver. No entiende cómo es que la gente termina de ver una película y sale corriendo porque le preocupa el parqueadero. También extrañaría echar “carreta”, porque cree que hablar de lo esencial es una de las razones por las que vivir tiene algún sentido. Hablar de la vida, el amor, la muerte. Botarle corriente a estos temas. Suspiraría por Pascale, su hija.
No habla de sus méritos porque al final “uno no hace un culo”. Cuando se le pregunta por el cómo y el por qué de sus películas, responde que no tiene idea y que lo único que se reconoce es que ha sabido escuchar. De vez en cuando mezcla un “hijueputa” en sus frases. A las formas que le impusieron desde niño las enterró. De la última película no quedó debiendo un peso, un mensaje para este país que no ha logrado descontaminarse del pesimismo y la desconfianza que produce no salir de un hoyo que parece no reducirse: hacer cine con poco es posible y vivir siendo conscientes, también.