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UNA RECIENTE INVESTIGACIÓN DE la Universidad Externado de Colombia hace evidente el deterioro físico del centro histórico de Bogotá.
Con base en fichas individuales elaboradas por el Observatorio Inmobiliario Catastral en 2010, los investigadores concluyen que 81% de las estructuras está en mal estado de conservación, esto es, prácticamente inhabitables. La exploración en la zona confirma que ni Catastro ni el Externado se equivocan.
En el sector oriental del área, llama la atención la proliferación de hostales, con habitaciones, baños y cocinas compartidas, a la manera de los tradicionales inquilinatos; éstos, ahora, ofrecidos a población extranjera. Una actividad tan extendida solicita prontas regulaciones. Si en el mismo sector se ha consolidado la actividad educativa, un posible uso de los lotes baldíos son las residencias universitarias, que bien podrían contribuir a la calidad urbana. Los estudiantes aprovecharían la oferta cultural existente y otorgarían vitalidad nocturna.
Por supuesto, no son éstas las únicas intervenciones que reclama el área. La Candelaria exige un ordenamiento urbanístico que tenga como horizonte la rehabilitación del patrimonio edificado. Y esto quiere decir una iniciativa de recuperación y revitalización del tejido urbano consolidado. Se trata de una actuación compleja sobre la ciudad consolidada, que supere los clásicos enfoques simplistas basados en el ‘fachadismo’ y la reposición de pavimentos. Las directrices del ordenamiento justo pueden priorizar la intervención en lotes vacíos, mejorar el transporte y la circulación, combinar soluciones habitacionales con iniciativas de generación de renta, buscar la diversidad social, entre otros, pero no pueden perder de vista que estos intereses más públicos y de responsabilidad del Estado chocan con frecuencia con los intereses del capital privado y aun de las agencias internacionales de financiamiento.
La Candelaria se enmarca en el Plan Zonal del Centro, aprobado al final de la administración Garzón. A diferencia de otros planes de similar naturaleza en América Latina, el de Bogotá abarca un centro urbano ampliado y no solamente el centro histórico. La considerable extensión del área proyectual y desemejanza de las piezas urbanas es a la vez su principal talón de Aquiles. La mayor parte de la inversión necesaria proviene de los privados y no del sector público, cuestión que dificulta prever acciones físicas con decididos impactos sociales. El Plan Zonal de Bogotá se orienta a la renovación urbana y no a la rehabilitación. Esto hace suponer que le apunta a la ‘boutiquización’ (elitización) del centro, sin duda más rentable para el sector privado que aporta la plata y pone las condiciones. Por fortuna, este todavía está en discusión.
No obstante, cualquiera que sea la tendencia que predomine —rehabilitación pública o renovación privada—, por asuntos prácticos hay que deslindar La Candelaria del resto del Plan Zonal. Y un ordenamiento para ésta no se materializará sin devolver a una entidad específica la gestión física y social de la zona. ¿Se trata, entonces, de recobrar la Corporación La Candelaria? Es probable. O también de crear una entidad nueva con objetivos más ambiciosos, a la manera de aquellas que existen en Ciudad de México, La Habana, Quito, Lima, San Pablo, Montevideo, Santiago o Buenos Aires.
María Eugenia Martínez