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En las elecciones, la línea ética siempre ha estado corrida. No se ofenda usted, ni se enfurezca conmigo: así siempre han sido las cosas. Lo sé porque hay un manual de la antigua Roma, redactado por Quinto, hermano de Cicerón, en el que da una serie de consejos prácticos e inmorales para que su pariente se hiciese con uno de los más altos cargos: el de cónsul.
“La política está llena de engaños y traiciones. No confíes en la gente con facilidad”, decía Quinto. Hace falta estar despierto: saber que a uno lo van a engañar y saber también cuándo debe uno engañar. Pero para el triunfo también son esenciales los amigos. Uno debe cultivar la amistad de la gente poderosa en los barrios y altos cargos. Ambas cosas se hacen por medio de favores y promesas. ¿Pero qué pasa si usted no puede cumplir todo lo que promete? No es tan grave. Romper algunas promesas tras llegar al poder es mucho peor que no hacerlas. Al no cumplir, uno afecta a un número pequeño de personas; pero al no prometer, uno espanta a los votantes. Es mejor decepcionar a unos que ganarse la indiferencia de muchos. Además, como diría Maquiavelo siglos más adelante, siempre hay gente dispuesta a dejarse engañar. Si uno es muy hábil hablando, uno puede compensar las promesas rotas con más promesas.
“Nada impresiona más al votante promedio que un candidato que lo recuerda”, dice Quinto. Eso es útil, pero no basta: debe usarse para adular. El hermano de Cicerón señala que, en circunstancias normales, el arte de la adulación es de mal gusto, pero cuando se trata de la política es esencial. Deje claro no solo que usted recuerda a sus votantes, sino que los votantes suyos son los mejores, los más morales, los más importantes.
Uno también debe hacer un buen espectáculo, pues nada les gusta más a las masas. Por ejemplo, se debe usar toda oportunidad para difamar a los contrincantes políticos con acusaciones de crímenes, escándalos sexuales y corrupción.
Uno ni siquiera debe llegar a los estrados con las acusaciones. La mala reputación que causa la difamación es suficiente, y más rápida que el litigio. Añadamos que usted también debe aprender a defenderse de la difamación. Lo importante es que usted salga bien librado del show que montó. Tenga cuidado, eso sí, porque el tiro le puede salir por la culata, como a cierto expresidente.
Con esto uno entiende por qué algunos políticos están empezando su campaña a la presidencia con difamaciones en redes sociales. Es una forma de crear un espectáculo, de darse a conocer y de disminuir la credibilidad de sus oponentes políticos directos. No importa que la difamación desafíe la verosimilitud, pues la gente siempre está dispuesta a pensar mal de quienes considera sus enemigos.
Para finalizar, el hermano de Cicerón ya había pensado el lema de la campaña de Obama: “hope”. Hay que darle esperanza a la gente. Una campaña que no promete un mundo mejor nació muerta. Añadamos nosotros que para lograr eso, a pesar de la difamación y las tácticas sucias, los políticos prometen la unión de la comunidad política.
Unión en torno suyo, claro. Pues aquí se trata de ganar elecciones. Y tanto Quinto como Cicerón las ganaron.