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Queremos precisar algunos asuntos del editorial de El Espectador del 20 de junio, en torno a la restauración del Teatro Colón de Bogotá:
La silletería no es la fabricada entre 1889 y 1891, y, por lo tanto, no es la original del Teatro Colón. La original fue completamente restaurada para ser ubicada en los palcos. Las butacas que estaban en la luneta se instalaron entre los años 1947 y 1949, y sus condiciones eran poco adecuadas desde los aspectos ergonómico, de seguridad y acústico. Tanto esa decisión, como la de restituir, esa sí, la lámpara original, responden a criterios eminentemente técnicos, acordes con los principios universalmente aceptados en temas de restauración. La decisión se tomó de manera colegiada por un equipo interdisciplinario y está ampliamente documentada. Resulta complejo que las intervenciones especializadas puedan ser sometidas a consulta popular; respetamos esa posición, pero no la compartimos. Es preciso puntualizar que la obra de restauración de la primera fase se comenzó en 2008 y las decisiones en torno a la lámpara y las sillas se tomaron antes del inicio del actual Gobierno.
El Teatro de Cristóbal Colón es considerado el teatro nacional de Colombia, declarado como un bien de interés cultural del ámbito nacional y no patrimonio exclusivo de los capitalinos. El Teatro Colón no tiene cúpula; tiene un plafón o cielo raso plano de platea, del cual pendía la araña, ocultando la mayor parte de una pintura del siglo XIX que se concibió como un todo en la concepción y construcción del teatro. Tampoco cuenta con “unos tradicionales y sobredimensionados arcos de madera”; es probable que el editorial se esté refiriendo a las cerchas. Éstas forman parte fundamental de la estructura de la cubierta y, considerando su perfecto estado de conservación y que las mismas se constituyen en un importante testimonio constructivo de la época, se tomó la decisión de dejarlas. La araña, cuyo peso es superior a los 400 kilos, estaba generando fisuras en el plafón de platea y oscurecimiento de la pintura por causa del calor de sus bombillas.
Este Ministerio invitó a la empresa alemana Walter Kottke Ingenieure, que es experta en restauración e intervención de teatros patrimoniales, para que emitiera un concepto técnico. Son reconocidos expertos internacionales en este ámbito y no, como lo expresa el editorial, en tramoyas y adecuaciones de la caja escénica. A ellos se enviaron los planos y toda la documentación de la obra y se tomaron dos meses revisando cada detalle. Su concepto ratifica que las intervenciones adelantadas en el Teatro Colón de Bogotá por los expertos vinculados a esa obra por la ministra Paula Marcela Moreno son adecuadas y pertinentes.
La adjudicación de la obra de la primera fase del Teatro Colón se llevó a cabo a través de una licitación pública en 2007, cumpliendo cada uno de los requisitos establecidos en la Ley 80 de 1993 y sus decretos reglamentarios. Se evaluaron jurídica, financiera y técnicamente cada una de las condiciones exigidas y el respectivo contrato ha sido analizado por los organismos de control competentes.
Mariana Garcés C. Ministra de Cultura. Juan Luis Isaza L. Director de Patrimonio. Guiomar Acevedo G. Directora de Artes. Enzo Rafael Ariza A. Secretario General.
De la Universidad Manuela Beltrán
Me permito señalar diversas inexactitudes e información contraria a la realidad, contenidas en el artículo publicado el 19 de junio con el título “La universidad y el club”:
i. Ningún representante de la Universidad Manuela Beltrán (UMB) intervino en la decisión —por lo demás lícita y justa— de excluir a los socios de la Corporación Club Campestre Los Andes que incumplieron las obligaciones sociales previstas en los reglamentos, y quienes hoy se presentan como presuntas víctimas.
ii. Jamás se ha acusado a ninguno de los procesados de haber falsificado estados financieros o empleado sociedades ficticias para llevar a cabo el presunto fraude por el que se les acusa.
iii. El señor Gilberto Rodríguez Orejuela no formó parte de la junta directiva ni fue fundador de la Fundación para el Desarrollo de las Ciencias de la Comunicación Social (Fundemos) ni de la Fundación Educativa de Estudios Superiores (FES), ni mucho menos de la UMB. Su firma en un documento obedece exclusivamente a su calidad de presidente y delegado del extinto Banco de los Trabajadores, entidad bancaria que, antes de su adquisición por el señor Rodríguez, había sido socio honorario de Fundemos.
iv. Es contrario a la realidad lo manifestado en la nota en el sentido que sólo hasta ahora las autoridades judiciales conocen acerca de los hechos “denunciados” por El Espectador en enero de 2008. Por el contrario, tales señalamientos ya fueron valorados y desestimados por diversos despachos judiciales.
v. En la investigación median conceptos de reconocidos juristasm en los que se señala que los hechos objeto de investigación no constituyen delito alguno. El equipo de la defensa es liderado por el doctor Jorge Aníbal Gómez, exmagistrado de la Sala de Casación Penal, quien ha señalado que ninguna responsabilidad penal asiste a quienes hoy son injustamente procesados.
vi. La UMB jamás adelantó ninguna gestión ante el doctor Guillermo Mendoza para influir en el desarrollo del proceso al que se hace mención; así tampoco su designación como decano de nuestra facultad de Derecho obedece a ese propósito.
vii. Constituye una imprecisión señalar que el fiscal que actualmente conoce de la actuación compulsó copias contra su predecesora en razón de la decisión de preclusión extraordinaria de la investigación adoptada en este mismo proceso.
viii. El doctor Alfonso Beltrán Ballesteros, antiguo rector de la UMB, no representó ante ninguna empresa ni en ninguna actuación al señor Gilberto Rodríguez Orejuela, como de manera inexacta e injuriosa se señaló en el artículo publicado en el año 2008, al que nuevamente se hace referencia.
Guido Echeverri Piedrahíta. Rector U. Manuela Beltrán. Bogotá.
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