Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
LA DISTINCIÓN CARTESIANA ENTRE res cogitans y res extensa anticipó la primacía de la razón sobre la materia, la cual se tornó analizable, contable, medible, divisible y apropiable.
Los teóricos críticos de la sociedad advirtieron luego de Auschwitz sobre los peligros de la razón, dispuesta a comerciar con los bienes (incluso los cuerpos) de millones de judíos. Hoy en día la economía sigue el curso de la razón furiosa, dispuesta a devorarlo todo, incluso las artes y la política. Algunos se han referido al fenómeno con el duro calificativo de “fascismo económico”.
Augusto Comte, padre de la sociología, describía la evolución del pensamiento en tres estados: de la teología a la metafísica y de ahí a la ciencia positiva. La hegemonía de las ciencias de la naturaleza anunció en el siglo XX la muerte de la filosofía. Hoy el triunfo del mercado anuncia la muerte de la política. Los sociólogos incluso otorgan el sitial de privilegio al pensamiento sistémico y hablan de la desaparición del sujeto. La voluntad individual se extingue tras la omnipresencia del pensamiento único.
Asistimos a principios del siglo XXI a la paranoia del fin del mundo. La explosión demográfica y la destrucción del medio ambiente avivan la angustia de millones y aceleran la competencia económica para asegurar recursos escasos. En este apocalíptico panorama no parece haber lugar para las ficciones y los sueños de sociedades mejores. Algunos observadores de las nuevas realidades sociales hablan incluso de la muerte de la democracia. El biopoder sustituye a los sueños de emancipación humana. La razón estratégica triunfa sobre la razón práctica.
Tan grande es el miedo a perder el tren del progreso que muchos ciudadanos de naciones emergentes no se atreven a disentir del modelo económico. Temen que la riqueza les pase ante sus ojos y siga de largo. La presión psicológica les hace trocar sus ideales de justicia por estimativos de ganancia, así éstos se construyan sobre la iniquidad. Los sufrimientos, se piensa, con pan, son menos duros. Tal parece ser el mensaje del Gobierno a las víctimas del conflicto armado. Por eso la reparación más que humana es patrimonial. Lejos de reconstruir formas alternativas de producción, las víctimas del conflicto reciben bienes, dinero y subsidios. La ceguera económica no percibe que a punta de dinero no reconstruye identidad cultural ni la pertenencia política a una comunidad de destino.
Años de guerra y persecución de la oposición política son complementados ahora con el discurso de la unidad nacional. En el campo yace tendida la alta política. Aquella que debiera discutir sobre el modelo económico, sobre la recuperación de lo público, sobre la protección del ambiente, sobre el rescate de la diversidad étnica y cultural, sobre la abolición de las discriminaciones de clase, sexo, edad, pertenencia étnica, orientación sexual y origen nacional. Tal parece ser la maldición que pesa sobre los gobernantes de países culturalmente inmaduros y económicamente dominados: confundir la realización humana con la acumulación material. A muchos consuela la promesa de que en el año 2050 el país tendrá, gracias a su riqueza minera y petrolera, ¡un ingreso per cápita superior al de Suecia y Suiza!
En las décadas venideras, dominadas por el espejismo del progreso, si queremos recuperar la política deberíamos volver a leer literatura universal. Así lo recomienda Martha Nussbaum en Sin fines de lucro: por qué la democracia necesita de las humanidades. Por otra parte nos vendría bien adoptar un índice de desarrollo social que compare el número de guardaespaldas y vigilantes con el número de bibliotecarios o libreros existentes en el país.