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«ESTOY QUE ME REVIENTO», DICE un bogotano. «Me flotan los dientes», dice el otro. Ambos urgidos por la expansión de la vejiga en pleno centro de la ciudad y sin esperanzas de encontrar un baño público…
“ESTOY QUE ME REVIENTO”, DICE un bogotano. “Me flotan los dientes”, dice el otro. Ambos urgidos por la expansión de la vejiga en pleno centro de la ciudad y sin esperanzas de encontrar un baño público. La urgencia aprieta y hace apretar. En la cafetería no prestan el baño. En el centro comercial están cerrados. En la notaría no está el de la llave. Figuró buscar un puente, un jardincito o una esquina pa miar —de esas tan bogotanas con relleno oblicuo de cemento para que se salpique el pantalón del infractor urgido—. Todo ello so pena de que el patrullero aplique el Código de Policía. Disuadido por la idea de pagar 50 salarios mínimos por un cambio de agua, el transeúnte entra en un restaurante, muestra un billete de mil y pide el baño. El dueño, ni corto ni perezoso, le dice: “son mil pesos”. El alivio más costoso de la vida, pero qué mas remedio.
Y si así nos va a los hombres, que tenemos facilidades estructurales para el caso, ¿qué dirán las mujeres, los niños y los ancianos de músculos cansados? Ciudad ridícula que presumiendo ser metrópolis tiene cuando más una docena de servicios sanitarios públicos para sus ocho millones de habitantes. Nos quedamos con la mentalidad de la tienda cervecera de la esquina, con su oloroso orinal benefactor, sólo para los machos.
Los taxistas y la población que trabaja en las calles también se ven a gatas. Una ciudad con cerca de 50 mil taxis legales debería haber pensado en facilitarles a los conductores baños con servicio de parqueo por razones obvias. “¿Dónde dejo el vehículo mientras encuentro ‘miarbolito’?”. Y en las mismas se ven los visitantes de los parques, o los que asisten a conciertos multitudinarios al aire libre, o los usuarios del Transmilenio, atrapados por horas entre las talanqueras “del sistema”.
Hace más de cinco años un acuerdo aprobado en el Concejo Distrital promovía y aconsejaba a la administración de la ciudad construir servicios sanitarios públicos. Pero nada ha pasado. Se quedó en el “publíquese” y no pasó al “ejecútese”. Mientras en la administración hacían, ellos sí, sus cagadas millonarias, las vejigas y vísceras del pueblo aguantan, como siempre. Algunos locales comerciales comenzaron a cobrar por los servicios, que antes eran gratuitos, repitiendo de nuevo el esquema de privatización, pero a pequeña escala, de todos los servicios que el Estado está en obligación de procurar. El acuerdo incluía buenas ideas para darle trabajo a minusválidos y población vulnerable, y presentaba planes muy razonables para aumentar la cobertura del servicio esencial de evacuación. ¡Pero no pasa nada y uno aguante!
Desde luego la carencia promueve el ingenio. Hay quienes usan de parapeto la puerta del carro o el paraguas, o los que se meten en los antejardines descuidados, o los desesperados que se aventuran en los lotes con ratas, o las coquetas que logran con dos pestañeos el baño de un gerente, o los más desesperados que se esconden con su botella vacía de gaseosa litro (nunca escoja un envase de menos de 500 ml), o los valientes clásicos que usan, a riesgo de sanciones, cualquiera de los muros de las lamentaciones.