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El animal social

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¿POR QUÉ UNA BUENA CONSTITUCIÓN como la que tenemos no ha influido más el comportamiento de los colombianos?

¿Por qué los recientes escándalos no parecen afectar la opinión favorable de las mayorías con respecto a Álvaro Uribe? ¿Por qué el sufrimiento de las víctimas de la violencia en Colombia no conmueve verdaderamente a las mayorías, y el entusiasmo de ciertos sectores políticos e intelectuales con la Ley de Víctimas no parece tener mucho eco entre los ciudadanos? ¿Por qué la guerra contra las drogas no sólo fracasa sino que el remedio parece producir males peores que la enfermedad?

Estas inquietudes de la última semana de la agenda pública colombiana encierran preguntas eternas sobre la capacidad de las políticas públicas, de las leyes, de los valores, para moldear el comportamiento social de los ciudadanos. Repreguntan ¿por qué políticas bien pensadas no consiguen sus objetivos, por qué a ciertas culturas les cuesta tanto trabajo superar sus traumas? ¿Por qué, si la civilización occidental sostiene que los ciudadanos somos seres racionales, movidos por el sentido común?

Los estudios sobre psicología política, soportados por los de opinión pública, vienen desde hace años apuntando en la dirección de una explicación. Pero ha sido la neurociencia la que en los últimos años ha encontrado la explicación, un descubrimiento histórico que no ha sido reconocido suficientemente hasta ahora.

La explicación ha sido intuida desde siempre, pero negada por la concepción racionalista occidental sobre la que se basa la educación, la economía, la acción del Estado. Freud la planteó hace un siglo pero de manera diferente: que en los seres humanos influye más el inconsciente que el pensamiento racional. Daniel Goleman viene explicándolo magníficamente en sus libros Inteligencia Emocional, e Inteligencia Social. Recientemente se publicó otro libro que sostiene que la neurociencia le da la razón a la Ilustración Inglesa por encima de la Ilustración Francesa, escrito por un gran columnista del New York Times, a quien admiro mucho a pesar de que está a la derecha de mi pensamiento político, porque hace en sus columnas profundas reflexiones sobre el alma norteamericana: David Brooks.

El libro se llama Animal Social: las fuentes escondidas del amor, el carácter y el éxito. En él, Brooks plantea que “primero, las partes inconscientes de la mente son la mayor parte de la mente, en donde muchos de las más impresionantes maravillas del pensamiento suceden. Segundo, la emoción no se opone a la razón; nuestras emociones le asignan valor a cosas que son la base de la razón. Finalmente, no somos individuos que formamos relaciones. Somos animales sociales, profundamente ‘interpenetrados’ entre nosotros, que emergemos de relaciones”.

Según Brooks “al crear políticas basadas en la idea de que los humanos son seres racionales, la gente ignora sus necesidades irracionales e inconscientes a su propio costo”. Sostiene que muchos de nuestros fracasos provienen de una concepción simplista de la naturaleza humana, de “que somos creaturas divididas entre razón, que merece confianza, separada de las emociones, que son sospechosas. La sociedad progresa en la medida en que la razón suprime las pasiones”. Los populistas latinoamericanos lo han sabido desde siempre.

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