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Una genuina cultura democrática de ciudad, potente en términos reflexivos y efectiva en lo instrumental, además de comprometer asuntos éticos y políticos, implica decantar una estética inherente al talante de lo público.
Los patrones del gusto privado, asociados por lo general a valores como la originalidad, el refinamiento o a un intangible “buen gusto”, se desplazan en la obra pública a cambio de atributos como la permanencia, la economía y la mesura en la intensidad expresiva, condiciones que facilitan su progresiva calificación por parte de la gente.
La deseable racionalidad del proyecto público no implica sin embargo sacrificar los valores estéticos derivados de una sutil comprensión del lugar, esto es, la doble vía que precisa asimilarlo justo para su enriquecimiento, tal como de manera elocuente se puede constatar en muchas obras concebidas por Rogelio Salmona.
En ellas son evidentes los esfuerzos por activar variados latidos sensoriales que evocan y emocionan, al expandir su intensidad perceptiva, posibilidades confinadas por inercia a la esfera de lo privado y a la prevalencia de lo visual.
Su indeclinable vocación por lo colectivo y por el espacio abierto, le permitió comprender que el vacío es, ante todo, una atmósfera latente; que es posible convivir con el residuo urbano o el lugar vago, ya que son ellos propiciadores del contraste y albergue de ciertos despliegues ciudadanos, pero, sobre todo, que los intersticios son vitales, si se singularizan como ámbitos de relación, confrontación y convivencia.
Intensificar la experiencia como posibilidad de calificar lo público, puede posarse sobre dos evidencias contundentes: la vocación americana por el espacio colectivo y, además, el reconocimiento sensible de la portentosa geografía que nos aloja, comprobaciones ambas que han de labrar improntas indelebles en la estética del proyecto público.
Reencontrar lo público como agente civilizador y democratizador por excelencia, significa retomar el hilo de la historia al reconocer que es la única categoría capaz de construir o reconstruir verdadera ciudad y, seguramente, de proveer en el presente señales alentadoras de futuro.
Vislumbrar, pensar y sentir todo ello, es una alternativa posible cuando se comparte la convicción de que sólo con una actitud poética, generosa e imaginativa, seremos capaces como colectividad de vencer la miseria actual de nuestros espacios urbanos…