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Angelino vs. Vargas

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CON TU PERDÓN, ADMIRADO VICEpresidente, no hay sinónimos de la palabra «indulto».

Una cosa es el lenguaje natural, en el cual hay espacio para laxitudes retóricas. Pero desde el punto de vista técnico, con el rigor que exige la ciencia jurídica, el indulto tiene una configuración precisa. Además, en un tema tan delicado como éste, con mayor razón no debe haber espacio para el equívoco.

Por tal razón, tiene razón Vargas Lleras cuando sale rápidamente a aclarar que no es posible dictar un decreto de indulto para los miembros de grupos paramilitares que no hayan cometido delitos de lesa humanidad y otras infracciones graves. La Corte negó el carácter de sedición a estas conductas, lo que imposibilita el indulto. Proponerlo, así sea a guisa de ejercicios gramaticales en el extenso mar de la sinonimia, equivale a un anuncio de desacato a decisiones judiciales, lo que obligaba al ministro a aclarar el asunto de manera pública y rápida.

El indulto está circunscrito a la delincuencia política. Y no a toda ella. Quedan excluidos de esa posibilidad actos cuya extrema gravedad imposibilita un tratamiento menos severo.

Cosa distinta es que la solución para los millares de miembros de esos grupos que no hayan incurrido en los delitos excluidos es muy poco práctica. Eso de tener que adelantar, uno a uno, miles de procesos judiciales, para resolver la situación jurídica individual de cada quien, equivale a un desvelo monumental que, de paso, distrae el esfuerzo de la justicia en relación con los cabecillas, algo que sería preferible como lo dicta el sentido común. Aplicar el sistema tradicional a situaciones de justicia transicional, en vez de ser plausible, más bien constituye un grave entorpecimiento de los propósitos de paz y reinserción. Es deseable una solución rápida y colectiva para quienes sólo obraron como soldados rasos. La suspensión de la pena permite la libertad de estas personas, pero es una solución incompleta y engorrosa.

Es muy posible que para vencer las dificultades que surgen de la aplicación de la ley, hubiese sido necesario un capítulo transitorio en la Constitución sobre justicia transicional que permitiera soluciones más eficaces, como las que se han aplicado en otros lugares. Y como el conflicto sigue, todavía no es tarde para hacerlo. La idea debería dirigirse a buscar soluciones rápidas y colectivas, a través de tribunales ad hoc, preservando los derechos de las víctimas y buscando el esclarecimiento de la verdad.

En un mundo hipotético, pues, Angelino debería tener razón. Pero en el mundo real, no la tiene. Ni siquiera sus nueve millones de votos le permiten anunciar decretos en violación evidente de normas y jurisprudencias.

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Adiós Augusto Ramírez Ocampo. Un líder sustantivo. En medio de tanto prestigio artificial, Augusto forjó su preeminencia en la vida pública con fundamento en la independencia, la coherencia y el apego a los principios. Buscó la paz sin caer en el populismo y sin dejarse atraer por concesiones innecesarias. Sin desmayo, mantuvo una línea congruente en la Constituyente. Fue un dirigente continental respetado aquí y afuera. Un gran hombre. Un saludo a su familia.

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