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Sorprenden algunas reacciones relacionadas con la extradición de Andrés Felipe Arias. Preguntas sobre el avión que lo transportó, voces alzadas de indignación porque no le tomaron fotos esposado, porque no lo pudieron ver vestido de preso. No creo que esto obedezca a un sentido real de justicia, y se trata más bien de un tema donde la confrontación política, probablemente acompañada de odio, es protagonista.
Desde el momento de su juicio, hace unos años, el caso de Arias ha personificado la politización de la justicia en Colombia. Seguramente no es el primero, pero sí probablemente uno de los más reconocidos. Ha sido uno de los fallos —tanto su injusta condena penal como la desproporcionada sentencia de 17 años de cárcel— más debatidos en la historia reciente del país.
Algunos de los magistrados involucrados han sido cuestionados por abusar de su poder, por cometer actos que, en caso de probarse ciertos, pondrían en tela de juicio no solamente el fallo contra Arias, sino otros que también conocieron y juzgaron.
Pero por ahora parece ser que ese no es el tema. Lo que importa, aparentemente, es de quién era el avión que lo trajo a Colombia, si llegó esposado o si hay o no foto.
El escarmiento público a condenados sin duda es una herramienta para tratar de disuadir a futuros potenciales criminales. Conocer la identidad, por ejemplo, de violadores o asesinos es importante, y mostrarlos camino a cumplir una pena carcelaria puede que logre ese objetivo.
¿Pero en el caso de Arias realmente eso es lo que importa? ¿El avión, su sitio de reclusión? Su situación es ampliamente conocida y ha sido cubierta por los medios hasta la saciedad. Ya lo extraditaron y va a pagar su condena en Colombia, cosa que reclamaban las barras bravas; pero parece que eso no es suficiente. Realmente lo quieren ver, literalmente, pudriéndose en la cárcel.
Tanta confrontación, tanta sed de venganza, tanto deseo de ver al otro eliminado de la faz de la tierra. Nada de empatía, de ponerse en sus zapatos. Muchos juzgan de manera implacable, con la moral y la verdad absoluta en sus manos. Debe ser agotador andar juzgando a todo el mundo todo el tiempo.
Tampoco parece importar el drama familiar alrededor del tema, que es profundamente doloroso. Para ellos, también la guillotina. Y la reclusión en la Escuela de Caballería no es suficiente, hay que mandarlo al calabozo mas recóndito de las cárceles. No se puede dejar títere con cabeza.
Estos discursos virulentos y sanguinarios son en extremo peligrosos. La historia de Colombia del siglo pasado está plagada de incidentes de violencia incitados por esta actitud. Las palabras son la gasolina que alimenta el fuego de la intolerancia. Y la intolerancia es una de las grandes promotoras de la violencia.
Claramente Andrés Felipe Arias tiene sus detractores, y el hecho de que se haya ido a Estados Unidos seguramente no ayudó. Hoy es una persona condenada, justa o injustamente, por la justicia colombiana, así haya enormes dudas sobe el actuar de la Corte. Pero llega un momento en que el debate deja de ser sobre cosas fundamentales y se vuelve uno de odio personal. Algo que en un país como Colombia, como lo ha demostrado la historia, puede terminar muy mal. Ya es hora de pasar la página y dejar a Arias y su familia en paz.