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Las refrescantes crónicas de García Márquez

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Excelente idea de El Espectador reproducir las crónicas de Gabriel García Márquez escritas en 1955 con motivo de la Vuelta a Colombia.

Su lectura nos lleva a la nostalgia, no necesariamente para ponerse a llorar, pero sí permite mirar el espejo retrovisor de la vida para rescatar situaciones y valorarlas en su verdadera dimensión. Generalmente limpian el alma según como se manejen esas nostalgias. Es lo que me ha pasado al leerlas. Por ejemplo, recordar que Ramón Hoyos Vallejo era el ídolo de mi mamá por el que decía haber ido muchas veces a misa para que ganara la Vuelta a Colombia; por eso su nombre lo escuchamos desde la más temprana edad y formaba parte de nuestra fantasías infantiles.

Pero esas crónicas tienen mucho más que esos recuerdos personales. Están llenas de elementos para las generaciones de hoy, especialmente para aquellos que se preparan para ser deportistas, sociólogos, periodistas, escritores. De una forma sencilla y particularmente graciosa, porque le arranca a uno la sonrisa, García Márquez nos muestra la vida de un niño humilde que creció con valores para defenderse en la vida, un niño que quiso a sus padres y hermanos, que percibió desde siempre la importancia de trabajar con honradez, un adolescente que añoraba su entorno familiar como nadie, pero que deseaba aportar a los suyos, ahorrar para él y a quien el ciclismo se le aparece con la misma naturalidad de sus sueños, es todo un ejemplo para los niños y adolescentes de estos tiempos.

Estas crónicas nos dejan entrever a un Ramón Hoyos que no soñó con ser ciclista, sino que convirtió el ciclismo en un sueño. A lo largo de su proyecto de vida se identifica una vida cargada de ilusiones más que de metas a largo plazo, preocupado a toda hora por aprender todo bien para luego hacer bien las cosas por modestas que fueran las tareas, porque para él siempre significaron la posibilidad de crecer como persona. Esta prioridad seguramente la percibió en el centro de su hogar, una ética de vida que le permitió ser campeón de campeones en el ciclismo colombiano. Y sin embargo, ni la fama, ni el dinero que luego le llegó lo obnubilaron.

Pero también las crónicas nos muestran la claridad, la precisión y la dulzura de un lenguaje bien manejado para todos… No hay morbo, amarillismo o vulgaridades, ni tampoco lugares comunes. Las crónicas transcurren con delicia porque es mirar la vida desde los ojos de un niño que siempre tuvo su alma cristalina, no dejó que nadie se la contaminara.

Ha pasado más de medio siglo y las crónicas de García Márquez siguen tan campantes. El país entero tiene tanto que aprender de esa crónica de vida tan sencilla con aroma de pueblo y con toda la riqueza de lo que significa la ética.

Ana María Córdoba. Pasto.

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