Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
David Foster Wallace escribió antes de morir un corto y bello ensayo acerca de su deporte favorito, el tenis. Se titulaba Federer como experiencia religiosa.
Confieso que me aburre el tenis casi tanto como el golf. Si de experiencias religiosas se trata me quedo con el fútbol, la “mano divina” de Maradona por ejemplo. O con Muhammad Ali. “Ligero como una mariposa, agudo como una abeja”, decía el boxeador, y no sabemos si se refería a su derecha o a sus puntiagudas palabras.
Pero reconozco en el relato que hace Wallace del famoso golpe cruzado de Roger Federer en la final de Wimbledon en 2006 algo sublime: “No sé qué ruido hice. Mi esposa vino corriendo. Yo estaba de rodillas en el suelo con los ojos salidos, como un niño en una tienda de juguetes”.
Los grandes deportistas, dice Wallace, nos recuerdan cuán glorioso es tocar, percibir, moverse con gracia e interactuar con la materia. Cierto, lo que ellos logran con sus cuerpos los demás sólo podemos soñarlo, pero todos participamos de ese sueño. Se trata de una experiencia religiosa, pero en un sentido muy distinto al de nuestra fe dominante. Para esta última, que opera en la sombra del mundo financiero, se trata de abandonar el cuerpo y ascender al ideal.
En una de sus novelas Wallace utiliza el personaje de un contador, una suerte de gurú financiero que entra en éxtasis y levita frente a una perfecta declaración de impuestos, para representar esa concepción de lo sagrado. Si el capitalismo es una religión, como lo sugiere con elegancia Wallace, su idea de la salvación es abandonar este viejo modelo, nuestros cuerpos limitados por el tiempo y la escasez, por uno nuevo y más cercano al ideal.
La bancarrota de tal idea fue declarada esta semana por el máximo jerarca de la Iglesia anglicana. Criticando con toda firmeza la austeridad impuesta por políticos y banqueros en Europa, el arzobispo Williams las llamó “medidas por las que nadie ha votado”, asociadas a una teología errónea vaciada en paternalismo.
En contraste, ahí está esa otra forma de lo sagrado que nos recuerdan los grandes atletas y escritores. También quienes trascienden juntos en el acto de protesta. El punto es fallar de nuevo y hacerlo mejor la próxima vez. Necesitamos esta, una nueva política y una nueva religión de reconciliación, en vez de aquella otra que busca la purificación.
La están vislumbrando los jóvenes que ocuparon Plaza Catalunya y Plaza del Sol en España. “Sigues Sol?”, me preguntaba en estos días desde allí la blogger colombiana Andree Viana. En Sol se ha iniciado una nueva etapa. Es inconsecuencial; quizá gane el PP. Pero ha generado ya una experiencia colectiva sublime, y en el mediano plazo generará una conflictividad moral y política nueva. Con los ojos bien abiertos, Wallace se sumaría a esa ola.
* Analista y profesor del Birkbeck College de la U. de Londres.