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La horrorosa salsa rosada (I)

Doña Gula
10 de junio de 2011 – 06:00 p. m.

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Estoy convencida de que mis eventuales lectores que hoy poseen sombras de bigote, o aún aquellos que frisan máximo los 30 años, no estarán muy de acuerdo con la denominación que hago de su salsa preferida.

Es un hecho que las nuevas generaciones, aquellas que en otras ocasiones he denominado generación Milo o generación Nestlé (criadas con toda la gama de productos deshidratados, congelados e instantáneos), hacen hoy de la comida rápida una de sus más importantes alternativas , y, por consiguiente, de la salsa rosada, su salsa madre.

Lo que ha pasado con esta salsa corresponde a una auténtica “perrateada” de su versión original, pues restaurantes vienen considerando la salsa rosada como la máxima expresión de la culinaria internacional, y por lo tanto, cada vez que tienen un langostino, un camarón o un huevo de codorniz, inevitablemente los “embadurnan” en aquello que considero un remedo de la auténtica salsa.

Hoy, donde mayor presencia hace esta caricaturesca salsa es en las plazoletas de comidas, siendo tal su acogida que dichos comercios no deberían anunciar venta de pasteles, perros, pizzas, sino más bien cambiar el aviso de su oferta por algo así como: “Se vende salsa rosada con todo”.

La verdad sea dicha: la salsa rosada no pertenece a la gran cocina francesa y se encuentra más emparentada con la cocina norteamericana, respondiendo al auge que en Nueva York, Los Ángeles, San Francisco y Nueva Orleans tuvo la salsa de tomate a principios del siglo XX, proveniente de la sabiduría del chef francés Augusto Escoffier, a quien se le atribuye la invención de la hoy famosa ketchup. En efecto, en los inicios de los años 20, los mejores restaurantes de estas ciudades mencionadas establecieron en sus cartas aquella receta que gozó durante décadas del más alto prestigio, tanto por la belleza de su presentación, como por la calidad de sabor en la categoría de cocina fría: me refiero al coctel de langostinos con salsa golf.

Pertenezco a la generación de comensales (finales de los 60) que fuimos asiduos consumidores del coctel de langostinos. Famosas presentaciones en copas exclusivas para la receta (de doble fondo para ubicar una cama de hielo) con guarnición de lechuga y cuartos de limón, amen de galletas de queso, constituían una verdadera sensación. Actualmente el coctel de langostinos sigue vigente, pero la utilización de la salsa rosada convertida en simple combinación de salsa de tomate y mayonesa con algunas “invenciones” ha contribuido a su desprestigio. Quede claro: en asuntos de cocina la auténtica, la verdadera salsa rosada se llama salsa golf y desde ya me comprometo a escribir sobre ella en mi próxima columna.

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